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José Luis Ortega: “Si no me moviera cada día, ya estaría muerto”

Fisioterapeuta, de 101 años, viudo hace tres, trabajó hasta pasados los 80, condujo hasta los 95 y va cada día tres horas al día al gimnasio. Se considera un afortunado con una pena: “mi último amigo murió hace un mes, me he quedado solo”

Hace ya unos años que el gimnasio al que acude a diario, uno de esos espacios gigantescos en plena ciudad con infinidad de máquinas, clases colectivas, spa y piscina, le reservó una taquilla con la leyenda “El número 1” para uso exclusivo de su cliente más veterano. Por eso, en agradecimiento, propone al fotógrafo que le retrate allí, en ropa de deporte, antes de tirarse literalmente a la piscina a iniciar su rutina deportiva diaria. Para charlar, sin embargo, prefiere otro sitio. “¿Le gustan los churros? Le invito a merendar en casa”, propone. Así que aquí estamos, frente a frente, tomando café con leche con churros en una vajilla de La Cartuja, a resguardo de la lluvia de una tarde de perros, en el acomodado piso donde José Luis vive con su cuidadora, Belsy, una señora hondureña casada y con hijos que empezó cuidando de su esposa enferma y, al faltar ella, continuó cuidándole a él. Al endulzar su café con sacarina, el anfitrión confiesa: “Me sacaron diabetes hace cinco años”, como pillado en falta. Es el único marcador alterado de sus análisis.

Gracias por recibirme en su casa.

Lo que siento es el día que se ha quedado. Es que por la tarde ya no salgo. ¿A dónde voy yo? Cuando vivía mi señora, salíamos a una pastelería del barrio y tomábamos un café, aunque ella iba en silla de ruedas, pero ya no está, hoy hace justo tres años. El único amigo que tenía, en Toledo, se murió hace un mes. Mi única hermana también murió hace un mes, con 95 años. Lo peor de ser tan viejo es que se te va retirando la gente a tu alrededor. Me he quedado solo.

¿De qué murió su mujer, si puedo preguntarle?

Pues de complicaciones en el hígado de una hepatitis que cogió en una transfusión de sangre cuando tuvo un aborto, hace muchísimos años, la pobre.

¿Le pesa mucho la soledad?

No la llevo mal, porque tengo gente alrededor. Tengo cuatro hijas que me llaman todos los días, y una de ellas me recoge cada día del gimnasio en coche, me trae a casa y come conmigo. Los fines de semana, para que libre Belsy y se vaya con su marido y sus hijos, me voy con mi hija a su casa de la sierra. Y, luego, en casa, la mañana la tengo cubierta con el gimnasio y por la tarde veo las noticias en la tele y leo en la tableta. No puedo quejarme, soy un privilegiado.

¿Qué le gusta leer?

Novelas, me leo una cada cuatro o cinco días.

¿Cuál está leyendo ahora?

Pues no me acuerdo del título ahora mismo, ¿ves? Esto me pasa mucho, que busco una palabra y no la encuentro, sin embargo, la memoria retrospectiva la tengo intacta.

Tenía 12 años cuando empezó la Guerra Civil, ¿qué recuerda de esos tiempos?

Pues recuerdo ser un crío algo cafre. Vivíamos en la calle Almagro, en Madrid. Cerca había una iglesia en obras donde se metían las parejas al caer la noche y nosotros les tirábamos piedras. Recuerdo que los nacionales estaban por la Ciudad Universitaria. Y recuerdo los bombardeos, pero de lejos, porque donde yo vivía respetaron la zona porque había muchas embajadas.

¿A qué se dedicaban sus padres?

Mi padre era médico y mi madre, enfermera. Mi padre, que era izquierdoso, trabajaba en el Hospital Provincial, pero, cuando estalló la guerra, pusieron un hospital de sangre en un frontón, el de Recoletos. La cancha funcionaba como hospital de guerra, lo llevaban unas monjas, y mi padre las salvó de algún lance. Entonces, cuando acabó la guerra, el obispo le protegió y solo pasó tres meses en la cárcel. Cuando salió, se puso a trabajar y le llegaban pacientes de la buena sociedad, recomendados por el obispo. Cuando tuve edad, me mandó a estudiar Fisioterapia a París y a Inglaterra.

O sea, que habla inglés y francés.

Bueno, lo entiendo, ahora es que casi no sé ni hablar en español [ríe]. El caso es que, a la vuelta, empecé a trabajar con mi padre, del que heredé los clientes, y me pusieron alfombra roja. Después, con otros socios, abrimos primero una clínica en la calle Velázquez, y luego yo solo abrí otra muy grande, con dos empleados, en la calle Cartagena. Ahí estuve trabajando hasta pasados los 80 años.

¿Cómo vivió durante el franquismo?

La verdad es que yo viví muy bien, aunque claro que sé que otros las pasaron canutas. No me he metido nunca en política. Recuerdo una vez que hubo una votación a las Cortes franquistas en las que no fui a votar, por pura vagancia, y mi padre me riñó mucho. Ahora, cuando hay elecciones, voto a los populares. Desde los setenta tengo el DNI que no caduca [ríe].

El 24 de marzo cumple 102 años. ¿Pensaba que iba a llegar a esta edad?

Bueno, uno siempre se piensa que tiene cuerda para rato, pero no para tanto rato.

Tiene unos genes estupendos.

Eso espero.

Bueno, es un hecho. En España hay 4.000 hombres centenarios y 15.000 mujeres. ¿Cómo cree que lo ha conseguido?

Bueno, siempre he llevado una vida muy sana. He comido lo justo, no he fumado y no he bebido más que alguna copa de vino, pero nada de licores. Y, sobre todo, he hecho siempre mucho ejercicio, y sigo haciéndolo. Ahora no puedo hacer lo que hacía hace cinco años, pero me mantengo bastante bien.

¿Qué hace ahora en el gimnasio?

Pues voy en taxi, todos los días, y estoy tres horas. Me paso media hora nadando, en plan reina de los mares, pero moviéndome. En el agua no me duele nada. Y luego, ando en la cinta y hago ejercicios de fuerza, lo que puedo. Luego me ducho y me viene a recoger mi hija en coche. Para mí, el gimnasio es sagrado. No lo dejo ningún día, salvo los fines de semana. Estoy convencido de que, si no me moviera cada día, ya estaría muerto.

¿Cuántas pastillas se toma al día?

Ninguna, no tengo colesterol, ni hipertensión, ni triglicéridos, solo diabetes. Me pincho insulina desde hace cinco años, y tengo una estenosis del canal vertebral, porque los discos de la espalda se me están juntando, por eso voy tan encorvado, y voy a peor. O sea, que me duele todo. En el sofá y en la cama, no, pero esto es así: si no me moviera, no podría moverme. Ahora me han traído los Reyes una silla de esas eléctricas para ir solo por la calle: la estrené ayer. Pero, de momento, me defiendo con las muletas.

¿Cómo lo miran sus compañeros de gimnasio? Debe de ser una leyenda.

Siempre he sido el más viejo del gimnasio. Y los jóvenes dicen: “si José Luis puede, cómo no voy a poder yo”. La verdad es que me tratan con mucho cariño. Antes iba conduciendo un Volvo que tenía y que solo usaba para ir y venir al gimnasio. Pero me quitaron el carné a los noventa y tantos.

¿No pasó la revisión médica?

Sí la pasé, pero me decían que igual no tenía tantos reflejos como antes y yo mismo lo dejé estar.

Algunos ancianos se quejan de que se les infantiliza, de que la sociedad les margina. ¿Nota usted edadismo en algún aspecto de su vida?

La verdad es que no, a lo mejor porque he estado trabajando hasta pasados los 80, y luego me he dedicado solo a mi familia.

¿Qué es lo que más echa de menos?

Los tiempos en que íbamos a la sierra con mi mujer a caminar, a esquiar, a pasar el día. Subíamos en el funicular, que luego pusieron la telesilla, y teníamos un grupo muy bueno de amigos que éramos como una piña. Ya no queda ninguno. Los han ido eliminando del partido, pero no por Messi, sino por la vida.

Usted que ha vivido tanto, ¿qué cree que es lo mejor de la vida?

Tener a alguien a quien querer y que te quiera. Llegar a casa reventado y preocupado y que tu mujer te preguntara qué tal el día y que te dijera que nada era para tanto, tener a alguien que te ayude. Pero no me quejo: mis hijas están muy pendientes de mí, y mis nietos me llaman de vez en cuando. Estoy muy atendido.

¿Cuál es el mayor adelanto o invento que ha visto?

Esto [señala el móvil]. Hay que ver, que cuando acabo el gimnasio, abro una cosa que me puso mi hija, y veo por dónde va con el coche para venir a recogerme, y encima gratis. Eso todavía me parece un milagro.

¿Tiene miedo a la muerte?

Miedo, no. La muerte es una cosa natural, un corte que te hace la vida, otro paso que tienes que dar. Pero, mire, yo no soy religioso, y me pesa, porque ahora que ya me va tocando irme al otro barrio, si creyera, pues tendría ese agarradero. Aun así, cuando le veo las orejas al lobo, rezo un Padrenuestro, por si acaso. Soy un privilegiado, y no solo por tener salud y haber vivido tanto, ¿sabe por qué?

Dígamelo usted.

Mire, yo cobro unos mil euros de pensión, pero tengo unos buenos ahorros y puedo pagar a quien me cuide en casa. Estoy muy satisfecho y tranquilo, quizá por eso no sufro por la soledad: es lo que me toca. He sido muy feliz, he tenido una buena vida.

UN SIGLO A LA ESPALDA

La estenosis de canal, a causa del desgaste de los discos de la columna vertebral debido a la edad, es, según cuenta él mismo, el achaque de salud más fastidioso que padece José Luis Ortega (Madrid, 102 años el próximo 24 de marzo de 2026), más allá de una diabetes manejable con insulina y unas cataratas ya operadas que le han dejado vista de lince. Ortega, testigo de a pie de todo un siglo de la historia de España, estudió Fisioterapia en París y en Londres cuando todavía no existía la especialidad en España y trabajó durante más de 50 años antes de retirarse siendo octogenario. La alimentación sana y el ejercicio físico, además de los genes, es el único secreto que encuentra para explicar su longevidad. Por si acaso, sigue dedicando tres horas al día al deporte.

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