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Planeta Futuro
Tribuna

España y Sudáfrica: la ciencia como eje de una alianza discreta

La cooperación científica entre los dos países ya conecta laboratorios, industrias y políticas públicas, pero aún busca consolidarse como una verdadera alianza estratégica en un mundo marcado por retos globales y crisis sistémicas

Turbinas eólicas en la planta de energía de Gouda, Provincia del Cabo Occidental, Sudáfrica, el 6 de junio de 2023.Per-Anders Pettersson (Getty Images)

Mientras en el semidesierto del Karoo sudafricano una constelación de antenas —parte del mayor radiotelescopio del mundo— rastrea el origen del universo, en España, investigadores analizan esas señales. Y también en ese semidesierto, empresas energéticas españolas desarrollan tecnologías que ya alimentan plantas solares en suelo sudafricano. Entre ambos extremos se dibuja una relación aún discreta, poco mediática, pero cada vez más relevante y permeada por la urgencia climática y la pugna por los recursos: la que une a España y Sudáfrica a través de la ciencia. Adaptando la máxima de Carl von Clausewitz, la ciencia opera como una continuación de la política por otros medios.

Sudáfrica representa una de las grandes paradojas energéticas del siglo XXI. Es la economía más industrializada del continente (más de un tercio de su valor añadido y alrededor del 40% de sus exportaciones proceden de la manufactura, según datos del Banco Mundial de 2024) y su PIB per cápita supera los 6.000 dólares (unos 5.000 euros), lo que la sitúa entre las economías de ingreso medio-alto. Sin embargo, su sistema energético sigue dependiendo en torno a un 70% del carbón, en gran medida debido a su histórico modelo minero-energético. Pese a ello, el país dispone de algunos de los mejores recursos eólicos y solares del planeta, en parte impulsados por inversión española. Una contradicción que, bien gestionada, puede convertirse en una ventaja para la transición entre ambos modelos.

De ahí la apuesta por el hidrógeno verde. El Gobierno sudafricano estima inversiones superiores a los 20.000 millones de dólares en la próxima década y decenas de miles de empleos asociados. Proyectos como el Hydrogen Valley, un corredor industrial de más de 800 kilómetros entre Johannesburgo y Durban, o el desarrollo del puerto de Boegoebaai como puerta de entrada hacia Europa, han colocado al país en el radar energético global. España observa ese desarrollo con interés —y con una mezcla de oportunidad y competencia—. Sudáfrica aspira a convertirse en uno de los principales polos de hidrógeno verde vinculados a la Unión Europea, con objetivos de producción de hasta 4 gigavatios de electrolizadores en 2030. Un win-win para ambos países si sabemos pugnar en buena lid frente a nuestros socios europeos.

Y otra de propina para seguir siendo amigos: Sudáfrica concentra alrededor del 75% de las reservas mundiales de metales del grupo del platino, esenciales para tecnologías como las pilas de combustible. Sin embargo, el país sigue centrado principalmente en la extracción, sin haber desarrollado plenamente su potencial en fases de mayor valor añadido. Un reciente estudio del Instituto de Gobernanza Pública Nelson Mandela subraya la necesidad de avanzar hacia una mayor inserción en las cadenas globales de valor del sector minero, especialmente en las etapas de transformación, donde se concentra el mayor retorno económico.

Sudáfrica concentra alrededor del 75% de las reservas mundiales de metales del grupo del platino, esenciales para tecnologías como las pilas de combustible

El contexto no es idílico. El África subsahariana arrastra importantes déficits en formación de capital humano, lo que limita su capacidad de liderazgo en I+D+i. Sin embargo, Sudáfrica vuelve a destacar dentro del continente: concentra el mayor número de investigadores de la región, lidera en patentes y publicaciones y capta una parte significativa de la inversión extranjera directa en África austral.

Sudáfrica posee la mayor proporción de trabajadores en empleos de alta cualificación en África. Mientras tanto, en las próximas décadas, el mercado laboral africano se prepara para una transformación de gran escala, con la incorporación anual de entre 15 y 20 millones de jóvenes cualificados. Las oportunidades se concentran en sectores como las tecnologías de la información, las disciplinas STEM (siglas en inglés de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) o los empleos verdes. El problema, una vez más, es la formación: la educación técnica y profesional sigue siendo el eslabón débil. Ya en 2013, los estudiantes africanos en su conjunto suponían el 10% de la movilidad estudiantil global, y hoy en día el 12% del alumnado extranjero en China es africano. España, ¿quo vadis?

Y pese a este potencial y realidades tangibles, la cooperación científica entre ambos países sigue siendo fragmentaria. Gran parte de los proyectos dependen de programas multilaterales, que meten a toda África en el mismo saco; o europeos, lo que limita su continuidad y autonomía. Además, Sudáfrica se encuentra en un momento de cambio estructural dentro de las instituciones académicas. Las políticas de integración racial enmarcadas dentro de la Broad-Based Black Economic Empowerment (B-BBEE), están confluyendo actualmente en un proceso de endogamia institucional, generando enormes dificultades de acceso a académicos extranjeros. Convertir la ciencia en un eje central de la política exterior con Sudáfrica requeriría una mayor coordinación entre administraciones, sector privado, universidades y organismos de investigación.

Aquí es donde entran los científicos. Desde 2019, la Asociación de Científicos Españoles en el Sur de África (ACESDA) —más de 150 miembros y creciendo— actúa como infantería de marina entre ambos países. Profesionales que trabajan bien desde Sudáfrica, o con afiliaciones dobles o retornados a medias —en cuerpo, pero no en proyectos. Lo hacen, además, desde una lógica clara: cooperación entre iguales, nada de limosna. ACESDA promueve movilidad investigadora, facilita financiación y conecta academia y empresa, contribuyendo a articular un ecosistema que muchas veces las estructuras oficiales no logran consolidar.

Y como carta a los Reyes Magos, desde este artículo, abogamos por propuestas estructurales. Una de las más estratégicas sería la creación de cátedras científicas dobles entre universidades españolas y sudafricanas. Este modelo permitiría a investigadores de ambos países compartir docencia, dirigir tesis conjuntas y desarrollar proyectos coordinados, con estancias periódicas y títulos compartidos. Más allá de la esporádica movilidad académica, se trata de crear comunidades científicas mixtas capaces de sostener colaboraciones duraderas. Dos de las cátedras españolas en Estados Unidos están principalmente financiadas por empresas tecnológicas. A buen, pocas. Otra iniciativa clave sería el lanzamiento de un programa puramente bilateral de financiación anual y compartida, con convocatorias específicas para proyectos conjuntos en áreas prioritarias como la energía, el cambio climático, la biodiversidad, la tan necesaria salud global o la astronomía. Experiencias similares con otros países europeos muestran en Sudáfrica que estos instrumentos multiplican la producción científica y refuerzan los vínculos institucionales.

Por otra parte, la cooperación científica se sustenta ya en el esfuerzo de diversas universidades españolas, entre las que sobresale, primus inter pares, el Consorcio Alliance4Universities con sus numerosas movilidades Erasmus+ para investigadores y estudiantes de posgrado, en ambos sentidos, activas desde 2015. Asimismo, contribuye de forma decisiva la política de diplomacia científica —diferenciada de la cultural— impulsada por el Ministerio de Asuntos Exteriores a través de nuestra Embajada en Pretoria.

El potencial de esta cooperación científico-técnica va pues mucho más allá de la energía. Un par de ejemplos: primero el ámbito del cambio climático, donde ambos países comparten desafíos como la escasez de agua, la desertificación o la degradación de ecosistemas marinos. España destina ya cerca del 40% de su financiación climática internacional a la adaptación, un ámbito especialmente relevante para África. Y, segundo, en lo referente a salud global, la pandemia de covid-19 evidenció la capacidad científica sudafricana, especialmente en vigilancia genómica. El país fue clave en la detección de variantes del virus, gracias a una red de investigación avanzada y fogueada en la lucha contra el VIH. La variante Omicron no vino de Sudáfrica, simplemente fue correctamente identificada en laboratorios sudafricanos.

En el Karoo, las antenas de la colaboración SKAO rastrean un universo de hace más de 13.000 millones de años y simbolizan la conexión tangible entre España y Sudáfrica: conocimiento compartido y alianzas duraderas.

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