Odome Angone, ensayista: “Las personas no blancas no tenemos derecho a ser nosotros. Hablamos siempre en nombre de un colectivo”
Profesora de literatura hispanoafricana en la universidad en Dakar, ha escrito el libro ‘¿De qué color son los blancos?’, donde reflexiona sobre quién produce el conocimiento aceptado y visibiliza las voces silenciadas


Odome Angone (Gabón, 46 años) se define como madre, universitaria y africana. Tres etiquetas que “carga con mucho orgullo”. Desde hace más de 11 años, esta filóloga hispánica y doctorada por la Universidad Complutense es profesora de literatura hispanoafricana y afrodescendiente en la Universidad Cheikh Anta Diop de Dakar, desde donde reflexiona sobre quién produce el conocimiento que es aceptado.
Su último libro, ¿De qué color son los blancos? (Edicions Bellaterra, 2025), presentado recientemente en Casa África en Canarias y en Madrid, pretende visibilizar las voces históricamente eclipsadas y empujadas hacia los márgenes de la normalidad en la ciencia, la academia o el arte.
“Nos da la impresión, a las personas que no somos de esa categoría social, de que muchas veces las personas blancas han sido socializadas como si no tuvieran color. Por eso titulo el libro con esa pregunta sarcástica”, explica Angone en una entrevista con este diario. “Para que ellos también se autocritiquen y piensen qué papel desempeñan en ese sistema global, que al fin y al cabo ha sido diseñado según una perspectiva eurocéntrica y que de algún modo les beneficia”, añade.
Pregunta. ¿Es la blanquitud un privilegio del que muchos no quieren ser conscientes?
Respuesta. Es lo mismo que cuando hablamos de cuestiones heteropatriarcales. Muchas veces los hombres ni saben lo que es la carga mental, ni lo que supone ser mujer; no entienden que es una losa permanente que hemos terminado internalizando. Todo ese peso que supone ser mujer es el mismo que supone ser una persona no blanca en un sistema que no ha sido diseñado para ti.
P. ¿Podría poner algún ejemplo?
R. A veces voy a espacios en los que me esperan, pero no de esta manera. Cuando vas a un congreso y te preguntan si eres la artista [que va a actuar]. O cuando un colega te felicita por hablar bien francés y español, o se sorprenden porque hayas viajado a tantos países, cuando la movilidad internacional es algo básico en el mundo académico. Hay que reflexionar sobre ello y ponerlo sobre la mesa, para que pensemos cómo inconscientemente podemos llegar a reproducir algunos mecanismos de desigualdad.
P. En el libro menciona el concepto de “fragilidad blanca”. ¿Evita que tengamos conversaciones honestas sobre racismo?
R. La noción de fragilidad blanca es cerrarse en banda, no querer abrir el tema porque es molesto. ¿A quién le molesta? ¿Desde dónde habla quien piensa que es un tema que no está a la orden del día o quien cree que no es urgente? También porque [el racismo] no es importante hasta que no te toca. [Por ejemplo], hasta que una persona se casa con alguien no blanco y empieza a entender entonces que este mundo no es como lo había pensado. Que el mero hecho de viajar no es tan fácil o que no puedes salir a la calle si se te olvida el DNI.
Si tuviera que escribir sobre un colectivo o una parte del contexto africano, tendría que pasar los conocimientos de mi lengua materna a lenguas occidentales para que se validasen en el espacio académico
P. ¿Cómo se explica a un niño que su color de piel puede ser visto como un problema?
R. Primero piensas que no hay que hablarlo, porque sería anticipar algo que igual no va a pasar, y luego entiendes que es algo estructural. Que la sociedad en la que nos movemos, las conexiones que tenemos, cómo pensamos, los estereotipos que hemos internalizado o el cómo vemos a los demás están permeados por un discurso implícito que delimita, impacta y termina imponiendo una forma de ser. Lo que te queda es explicarle con palabras sencillas temas que son muy crudos para su edad. Porque cuando tú eres niña no entiendes por qué muchas cosas te van a pasar a ti y no a tu amiga blanca. Es importante que le des las herramientas oportunas para que tenga la posibilidad de disfrutar de la vida y de que le sea leve.
P. ¿Cuál es el impacto de esta carga en la salud mental?
R. La carga racial es esa carga invisible que tiene repercusiones a nivel psicológico en las personas no blancas [que viven] en un espacio diseñado para blancos. Cuando llegas a un sitio, entras a un ascensor y a veces no sabes si no te saludan porque son unos maleducados o sencillamente porque no quieren saber nada de ti o te invisibilizan. Esos momentos de tensión que vive una persona no blanca en un espacio donde tiene que estar autovigilándose para aparentar que va todo bien, que no está haciendo nada mal y que no tiene que andar justificándose. Y esa carga tiene mucho impacto en el día a día, en la forma de interactuar y en la intimidad. Llegas hasta a pensar si te quieren por ser un bicho exótico, el trofeo, un producto colonial o una fantasía, o por ser una persona más.
P. A eso se suma batallar contra la llamada excelencia negra.
R. Las personas no blancas no tenemos derecho a ser nosotros; hablamos siempre en nombre de un colectivo que realmente no representamos. Tenemos derecho a equivocarnos.
Quienes no pueden hablar las lenguas coloniales no podrán divulgar sus conocimientos en la academia
P. Uno de los capítulos trata sobre el conocimiento y la justicia epistémica. ¿Qué sesgos perviven en la Academia?
R. Siempre había pensado que la universidad era un espacio neutral. Pero no lo es por varios motivos, como la presencia muy anecdótica de determinados colectivos y por todos los mecanismos de validación científica, empezando por la lengua. Si tuviera que escribir sobre un colectivo o una parte del contexto africano, tendría que pasar los conocimientos de mi lengua materna a lenguas occidentales para que se validasen en el espacio académico. Y eso es un sesgo colonial que también justifica por qué hay un desequilibrio epistémico. Porque quienes no pueden hablar las lenguas coloniales no podrán divulgar sus conocimientos en la Academia. También soy consciente de que es un privilegio poder trabajar allí, porque es un espacio de poder donde se validan, se divulgan y se teorizan las narrativas que muchas veces manejamos en la sociedad.
P. ¿Cómo cuáles?
R. Las tesis históricamente pseudocientíficas que validaron mecanismos coloniales, racistas y esclavistas, también empezaron allí a pensarse, diseñarse y a ser pretextos para colonizar y asumir el racismo abiertamente. Creo que son espacios muy políticos y es importante que estemos ahí, que haya una diversidad para que se entienda también que los enfoques tienen que renovarse.
P. Da clase en la Universidad Cheikh Anta Diop de Dakar, que en las últimas semanas ha sido parte de la oleada de protestas estudiantiles que ha atravesado Senegal. ¿Cómo ha vivido este despertar?
R. Veo muchas veces la desilusión hacia los gobernantes en los que han depositado su esperanza. Siempre invito a los jóvenes a que se metan en política. La violencia gratuita que ha habido por parte de policías entrando en el espacio académico, violentando cuerpos de estudiantes que estaban reivindicando sus derechos, es algo que no tenía que haber pasado. En 2050, más de una cuarta parte de la población mundial será africana. Tenemos que trabajar para que sean nuestros mejores aliados, hacer todo lo posible para que las leyes y las decisiones que tomemos sean a su favor y no en su contra.

P. Otro de los capítulos trata la descolonización del arte y la devolución de los objetos robados. ¿Cuál es su visión?
R. Ahora los museos en determinados países africanos reproducen la narrativa dominante: llevan las piezas de vuelta a casa, las cuelgan en las paredes y ponen un mensaje contextualizando el uso inicial de esas piezas en sus culturas de origen. Descolonizar no es únicamente recuperar las piezas y luego volverlas a colocar en las paredes de museos parecidos a los de Occidente. Más allá de ser arte para Occidente, para los pueblos autóctonos son memorias colectivas, capítulos enteros de su historia común.
P. ¿Cómo sería ese proceso?
R. El proceso de descolonización tiene que pasar por devolver las piezas y volverlas a socializar con las comunidades autóctonas. Entiendo que nos enfrentamos a un desafío muy gordo, porque las fronteras africanas a veces han separado comunidades que realmente eran una. También habrá que repensar la cuestión de hacer comunidad en espacios políticos que ya están subdivididos en Estados.
P. Le dedica el libro a tu hija y menciona enseñanzas de sus abuelas. ¿Es importante reivindicar a las mujeres de su familia?
R. Con mis abuelas he tenido las herramientas antes de saber verbalizar lo que era el feminismo. La diferencia entre ellas y las pensadoras feministas era que estas últimas habían publicado libros y teorizado cosas que en el día a día ya hacían mis abuelas. Cuando digo “mi abuela”, es una metáfora para referirme a las mujeres africanas que no tuvieron la posibilidad de ser escolarizadas y divulgar sus conocimientos. Es muy importante entenderlo también como una cuestión de sororidad: saber que las mujeres producimos conocimiento hablando y verbalizando nuestro malestar.
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