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CARTA DESDE ÁFRICA
Tribuna

África se cuenta a sí misma en la Rentrée Littéraire du Mali: las letras inundan Bamako y desafían a la amenaza yihadista

El encuentro reivindica la literatura como soberanía narrativa y se celebra con la amenaza terrorista y los continuos cortes de luz como telón de fondo

Los escritores Mohomodou Houssouba e Ibrahima Lanseni Coulibaly, alias Bricoul, participaron en el debate 'Salvar el pasado', el jueves 12 de febrero de 2026 en La Pirogue, en Bamako, Malí.Daouda Guindo

Al atardecer, el río Níger parece una página abierta. El viento levanta polvo rojo, alguien ajusta un micrófono precario y una voz comienza a leer. No hay tarima ni solemnidad. Durante unos días, en Bamako, la capital de Malí, la literatura se despliega por las calles, la orilla del río, la universidad, el Instituto Francés o las librerías. Es la Rentrée Littéraire du Mali, que bajo el lema “África en el mundo de mañana” ha reunido del 10 al 14 de febrero a escritores malienses y de otras partes del mundo para compartir ideas y experiencias. El evento, sin embargo, ha estado marcado por continuos cambios de localización y de horarios debido, principalmente, a la crisis de seguridad y abastecimiento a la que se encuentra sometido Bamako y sobre todo, el resto del país, a donde casi nadie viaja ya sin escolta.

Pese a la intervención militar internacional, a la inestabilidad política marcada por los golpes de Estado de 2020 y 2021 y al giro estratégico del país tras la salida de las tropas francesas y el acercamiento del Gobierno militar, presido por el Coronel Assimi Goïta, hacia Rusia -al igual que han hecho Níger y Burkina Faso-, la violencia se ha extendido por buena parte del Sahel. Se tata de una franja atravesada por fronteras porosas, desigualdad estructural, fragilidad estatal y conflictos por recursos cada vez más escasos. En ese contexto, la capital vive en una relativa calma tensa: lejos del frente, pero no ajena a una guerra que ha redefinido la vida cotidiana y el imaginario del país.

En Bamako nada es del todo estable: ni la luz, ni el combustible, ni el transporte, ni la seguridad. El resto del país vive entre tensiones políticas, amenazas y zonas a las . En la capital, los controles se han vuelto rutina. Policías y militares paran a los vehículos y revisan guanteras y maleteros. Acceder a cualquier edificio público o cultural, a un hotel o un restaurante, supone sortear enormes medidas de seguridad: revisión de mochilas, detectores de metales, dejar móviles y llaves en taquillas. Y, sin embargo, en medio de esa fragilidad cotidiana, hay un puñado de personas que decide juntarse para hablar de libros. O, más bien, para hablar del mundo a través de los libros.

No se trata exactamente de un festival. Tampoco de una feria del libro. La Rentrée Littéraire du Mali se parece más a una conversación larga, obstinada, donde la pregunta central no es qué se publica este año, sino quién tiene derecho a contar el mundo.

Ha llegado el momento de que el continente se cuente a sí mismo. No por repliegue identitario, sino por algo más simple y más político: porque nadie debería vivir dentro de una historia escrita por otros
Ibrahima Aya, director de la Rentrée Littéraire du Mali

Durante décadas, África ha sido narrada desde fuera: como crisis, como periferia, como promesa incumplida, como paisaje, pero rara vez como voz. De ahí la insistencia de su director, el escritor maliense Ibrahima Aya, en una idea que atraviesa todo el encuentro. “Ha llegado el momento de que el continente se cuente a sí mismo. No por repliegue identitario, sino por algo más simple y más político: porque nadie debería vivir dentro de una historia escrita por otros”, explica en una entrevista con EL PAÍS.

Aya habla también de un continente “extremadamente joven”. La frase, más que estadística, suena a declaración de energía. Juventud como potencia narrativa. Como capacidad de imaginar futuros, de contar relatos propios donde otros solo ven dependencia o fuga. Frente a la imagen de África como lugar del que marcharse, propone otra: “un lugar desde el que hablar”.

Eso explica la naturaleza peculiar de la Rentrée. Aquí los escritores no son invitados para posar o firmar ejemplares, sino para discutir. Para confrontar ideas incómodas. Para pensar en voz alta sobre migración, memoria, cambio climático, lenguas que desaparecen o ciudades que crecen demasiado rápido. Así, la literatura aparece como herramienta de pensamiento, no como decoración cultural.

Entre los invitados está el escritor congoleño Steve Aganze, que observa su viaje a Bamako con ironía. “He cruzado medio continente por un libro escrito en la intimidad de mi habitación”, cuenta en una entrevista con EL PAÍS. La frase condensa la paradoja de la escritura: nace en soledad y, sin embargo, busca el encuentro.

Para Aganze, la literatura funciona como un puente. “No escribimos solo para nosotros. Escribimos para conectar con el otro”, dice. Los personajes de su libro, Bahari-Bora, viajan entre países, lenguas y acentos. La República Democrática del Congo no aparece como territorio aislado, sino como cruce de caminos. La palabra clave es empatía. “Que la empatía no muera”, desea.

Esa palabra flota también en las mesas redondas celebradas en distintas facultades de la Universidad de Bamako, donde se habla de fronteras y travesías. Migrar deja de ser un concepto geopolítico para convertirse en experiencia íntima: la pérdida de una lengua, el desplazamiento de la memoria, la sensación de habitar varios lugares a la vez. La literatura aparece entonces como casa portátil, como archivo afectivo.

Y, mientras tanto, la ciudad sigue su ritmo irregular. Los continuos cortes de luz apagan los semáforos. Entonces, los largos atascos de Bamako se hacen eternos. Los cruces se bloquean: camiones, coches, furgonetas de transporte de pasajeros (conocidas popularmente como Sotrama), motocarros que mueven mercancías y cientos de motos, por no decir miles, pugnan por pasar al mismo tiempo. Los policías, resignados, se apoyan en un árbol o poste a contemplar la escena. Las decenas de soldados, fuertemente armados, que vigilan los edificios públicos, ni se inmutan.

Una marea que nunca se para llena los huecos entre los vehículos y las aceras: personas que caminan, niños talibés [estudiantes de escuelas coránicas que pasan el día pidiendo en la calle, explotados por sus maestros], mendigos, vendedores que ofrecen sus mercancías a los pasajeros atrapados en el embotellamiento y de puestos que venden todo lo necesario para el día a día. Parece que la ciudad se ha quedado pequeña para tanta gente. En los últimos años, su población ha aumentado considerablemente. No hay cifras oficiales, pero se estima que, de las más de 400.000 personas desplazadas por el conflicto en el país, alrededor de 80.000 se han asentado en la capital. La mayoría de los refugiados son mujeres, niños y ancianos que llegan en condiciones extremadamente precarias y sin pertenencias, tras huir de los ataques de los grupos terroristas, según Acnur.

La inseguridad que atraviesa hoy Malí no es reciente. La amenaza yihadista se instaló con fuerza a partir de 2012, cuando la rebelión tuareg en el norte del país fue rápidamente desbordada por grupos armados vinculados a Al Qaeda en el Magreb Islámico, que tomaron ciudades como Tombuctú o Gao e impusieron su control sobre amplias zonas del territorio.

La buena noticia es que estos días hay combustible. Desde hace meses este escasea. Los ataques terroristas contra los camiones cisterna que lo transportan desde Senegal, que han supuesto la muerte de numerosos conductores y la quema de vehículos, han mantenido a la ciudad desabastecida. Pero nadie se fía de cuánto tiempo durará esta bonanza.

En una gasolinera del barrio de Niarela surge una disputa entre los clientes. Conductores de motos y coches se pelean por ser atendidos los primeros. Nadie respeta la cola. Adou Sidibé, taxista, mientras reclama que le atiendan, explica: “No sabemos cuánto tiempo durará esta situación. Hoy hay combustible, pero puede que mañana no lo haya. Por eso todo el mundo está nervioso. Ahora, cada vez que venimos a la gasolinera, llenamos el depósito, cosa que nunca hacíamos antes. No se sabe qué puede pasar”.

Sin embargo, la llegada de combustible no alivia los cortes de luz. Los paneles solares y los generadores producen la electricidad en los hogares que pueden permitírselo. La mayoría de la población ha recurrido a electrodomésticos recargables. Cuando hay corriente, los cargan para poder utilizarlos durante los largos apagones: ventiladores, pequeñas neveras, lámparas. Objetos que también permiten la carga del móvil. La población se adapta, inventa y se resigna a la situación.

Largas colas para llenar los depósitos de los vehículos en una gasolinera en Bamako, Malí

El día siguiente de la escena en la gasolinera, el establecimiento aparece cerrado. “Ves lo que te decía, ya ha vendido todo el combustible que tenía”, asegura Sidibé. Es sábado 14, día de San Valentín, y las fiestas para celebrar el amor proliferan por todas partes alumbradas por los generadores. Son ya casi 48 horas sin electricidad e internet en muchos barrios populares de la ciudad. El domingo, aún sin luz, hace honor a la letra de una de las canciones más famosas sobre la ciudad, Beaux Dimanches (Bellos domingos), del dúo Amadou & Mariam: sigue siendo día de matrimonios. Se ven parejas de recién casados, con vestidos tradicionales o de estilo europeo, fotografiándose en parques y lugares emblemáticos de la urbe.

La vida no para, se ajusta al nuevo ritmo. Los centros de formación profesional envían a sus alumnos a casa. Sin electricidad, la maquinaria de los talleres no funciona. Sin luz no hay internet. Las oficinas se paralizan. Los funcionarios y empleados aprovechan para preparar té y beberlo tranquilamente, a la espera de que la corriente regrese. Las aceras se llenan de comerciantes que salen a la puerta y también ponen al fuego sus teteras.

Uno de los temas recurrentes de conversación en la calle es qué sucederá en los próximos meses. El calor ya ha empezado a subir, pero en marzo y abril será mucho más intenso. Aquí, se pueden alcanzar hasta 48 grados. “Sin electricidad, sin ventilación, es difícil dormir; hay que hacerlo en la calle o en las azoteas de los edificios”, comenta Keïta, vecino de Bamako. Además, el cambio climático afecta gravemente a Malí. Ahmadou Doumbia, coordinador de la ONG local Le Tonus, que trabaja en la zona de Kita, explica: “Las lluvias ya no siguen el patrón regular de antaño. Ahora llueve menos meses y más fuerte, lo que provoca inundaciones y degradación del suelo. Los campesinos ya no producen cosechas y el hambre empieza a hacerse presente en zonas donde antes no existía. Cada vez hace más calor, el desierto avanza y no somos conscientes de ello”.

Tal vez por eso, otro de los temas que atraviesa la Rentrée Littéraire de Mali es la crisis climática. Una de las mesas redondas se titula Escribir en una casa en llamas. “La imagen podría parecer hiperbólica si no fuera porque, en el Sahel, el calor es cada año más largo, los ríos están más sucios y las cosechas más inciertas”, señala durante la charla la escritora marroquí Hajar Bali, moderadora del panel, que tuvo lugar en el Instituto Francés.

El fuego es literal y simbólico. Resuenan nombres como el de Wangari Maathai, que convirtió la plantación de árboles en gesto político; el de Ken Saro-Wiwa, que pagó con su vida la denuncia del expolio petrolero. También el del poeta Nnimmo Bassey, que escribe desde los territorios contaminados del delta del Níger, o las advertencias de Véronique Tadjo sobre cómo la naturaleza se venga del hombre cuando no se la respeta. Escritores y activistas que entendieron que la ecología es también justicia social. En todas estas referencias, aportadas por los participantes, resuena la misma intuición: la naturaleza no es un decorado, es comunidad. Cuando se envenena un río, se envenena una memoria. La literatura, en este contexto, no compite con los informes científicos ni con las cumbres diplomáticas. Hace otra cosa. Nombra. Conserva. Se niega a que el desastre se vuelva normal.

Quizá por eso la Rentrée tiene algo de resistencia tranquila. No hay grandes presupuestos ni alfombras rojas. Hay conversaciones largas, desacuerdos, complicidades o lecturas al borde del agua. La literatura se encarna en su forma más básica: alguien habla, alguien escucha. Si la luz se va, el público sigue en sus sillas. La escena podría parecer menor, pero tiene algo de gesto político. En una ciudad atravesada por la incertidumbre, seguir contando historias es también una forma de decir: seguimos aquí. Aya lo formula con sencillez: “hablar del mundo desde África. No pedir permiso para existir en el relato global”.

Durante unos días, Bamako se convierte en un lugar donde la literatura deja de ser mercancía cultural y recupera su antigua función de pensar en común

Aganze prefiere otra palabra: aprender. “Siempre hay algo que aprender del otro. Aprender como gesto mínimo de hospitalidad. Tal vez esa sea la función más profunda de la literatura: obligarnos a escuchar”, razona.

Durante unos días, Bamako se convierte en un lugar donde la literatura deja de ser mercancía cultural y recupera su antigua función de pensar en común. Donde la cultura no es evasión, sino presencia. Donde la palabra no tapa la realidad, sino que la mira de frente. Donde, pese a los apagones, pese al miedo, pese a todo lo demás, alguien sigue leyendo pasajes de su obra en voz alta a orillas del majestuoso Níger. De fondo, el ruido de los atascos y de los generadores. Las luces de los coches y motos que iluminan la noche. Nada espectacular. Nada heroico. Solo historias compartidas.

A veces, ese solo gesto es suficiente porque quien controla el relato controla también el futuro. Y aquí, en Bamako, al menos por unos días, África escribe el suyo.

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