El museo como lugar de tránsito: Agnes Essonti convierte el expolio colonial en memoria viva
La exposición ‘Hotel del Artefacto Expoliado’, del Museo Nacional de Antropología, repiensa la historia de los colonizadores en África de las colecciones desde el cuidado y nuevas formas de escucha
En lugar de certezas, habitaciones. En lugar de vitrinas cerradas, historias abiertas. La exposición Hotel del Artefacto Expoliado, de la artista Agnes Essonti Luque (L’Hospitalet de Llobregat, Barcelona, 29 años), propone imaginar el museo no como un destino final para los objetos, sino como un espacio provisional, un lugar de paso donde las piezas y las memorias que contienen esperan ser escuchadas. Presentada en el Museo Nacional de Antropología (MNA) en Madrid como parte del programa del 150º aniversario de la institución, la muestra convierte las salas expositivas en un territorio intermedio, casi doméstico, más cercano a la estancia temporal que al depósito definitivo. Estará abierta hasta el 24 de mayo de 2026.
La idea de hotel funciona aquí como metáfora central. Un hotel no es hogar, pero tampoco es un no-lugar: es una estación de tránsito. Se llega, se permanece un tiempo, se parte. Essonti traslada esa lógica a los artefactos desplazados de sus contextos originales: objetos rituales, espirituales o cotidianos procedentes, en muchos casos, de territorios africanos, para cuestionar la idea de que el museo sea el destino natural o permanente de las cosas.
Para ella, la conservación absoluta resulta problemática. No tanto por la intención de proteger, sino por lo que implica de congelación del sentido: “Muchos de estos objetos no estaban pensados para tener una durabilidad más allá de una vida humana. Me gustaba generar esta metáfora pensando en que están aquí por un tiempo, quizá en unas vacaciones, esperando también a regresar, y ver de qué manera se pueden activar en el presente, más allá de verlos en una vitrina”, comenta la artista antes de la inauguración de la exposición.
Activar: un verbo que aparece una y otra vez en su discurso. Más que preservar, reactivar. Más que custodiar, escuchar.
Essonti no busca impartir lecciones morales ni ofrecer un programa político cerrado. Prefiere abrir un espacio de duda, de especulación
A lo largo del recorrido, las piezas exhibidas dejan de presentarse como “ejemplos” de una cultura lejana y adquieren espesor biográfico. La exposición no las trata como reliquias mudas, sino como cuerpos cargados de historias. Y se cuestiona: ¿A quién pertenecieron? ¿Qué gestos los acompañaron? ¿Qué comunidades los activaban antes de llegar a Europa? ¿Qué silencios arrastran ahora?
Las preguntas son más importantes que las respuestas. Essonti no busca impartir lecciones morales ni ofrecer un programa político cerrado. Prefiere abrir un espacio de duda, de especulación. Su trabajo no se formula como una denuncia frontal, sino como una invitación a mirar de otra manera.
Ese tono matizado es coherente con su forma de situarse ante el debate sobre el expolio: “El expolio no es solo ir a un lugar y saquear. Es algo mucho más complejo. ¿Quién es el legítimo dueño? ¿Un Gobierno, una comunidad concreta? ¿Cómo recupera ese objeto su sentido original? Yo no ofrezco una solución”.
La artista evita los discursos grandilocuentes. Desconfía de las generalizaciones. Prefiere trabajar desde lo cercano. “Me gusta hablar desde lo específico, desde lo íntimo, lo familiar”, explica. Esa declaración de principios atraviesa toda la exposición.
El expolio no es solo ir a un lugar y saquear. Es algo mucho más complejo. ¿Quién es el legítimo dueño? ¿Un Gobierno, una comunidad concreta? ¿Cómo recupera ese objeto su sentido original?gnes Essonti Luque, artista
En lugar de abordar las colecciones del museo como un conjunto abstracto de miles de piezas, Essonti se aproxima a objetos concretos, procedentes de territorios que forman parte de su biografía: Camerún, de donde procede parte de su familia, Guinea Ecuatorial o Nigeria. No se trata de hablar “sobre África” en términos amplios, sino de establecer vínculos situados.
Ese gesto de cercanía se traduce también en su manera de investigar. El trabajo con la institución, con el MNA, ha sido menos “confrontativo” de lo que podría imaginarse en un proyecto de corte poscolonial. Más que impugnar la autoridad del museo desde fuera, ha optado por colaborar desde dentro: “Ha habido mucha apertura y facilidad para trabajar con la colección. En algunos momentos he podido casi acuerpar las piezas y los relatos, nutrirme del conocimiento del equipo del museo. Hay obras que parten de un diálogo muy claro con una pieza concreta y otras nacen de algo que he leído o escuchado”.
Esa palabra, acuerpar, resume bien su aproximación: acercarse a los objetos como si fueran cuerpos, no meros documentos.
Formada en fotografía, Essonti ha ido desplazando su práctica hacia formatos híbridos: instalación, texto, escenografía, intervenciones espaciales. En Hotel del Artefacto Expoliado conviven imágenes, materiales textiles, dispositivos museográficos y fragmentos escritos que funcionan casi como susurros.
La artista reconoce que mantiene una relación ambivalente con la fotografía, históricamente ligada a la antropología y a la construcción de una imagen estereotipada del “otro”. De ahí que busque contaminar el medio, expandirlo, cruzarlo con la palabra y el espacio.
El resultado es una exposición donde no hay una frontera clara entre obra y documento. Las cartelas, los modos de exhibición o la disposición de los objetos se convierten también en parte del discurso. El espectador no solo mira las piezas: toma conciencia de cómo se le invita a mirarlas.
Aunque la restitución material de bienes culturales forma parte del debate actual en muchos museos europeos, Essonti amplía la conversación. Devolver no es solo transportar físicamente un objeto, sino devolverle contexto, historia, agencia: “He intentado dar continuidad no solo a la materialidad del objeto, sino a las historias que alberga, infusionarles vida o aliento de nuevo, reconectar con lo que significaron cuando formaban parte de la vida de las personas”.
Esa idea de “infusionar vida” remite a una dimensión casi espiritual. Algunos de los artefactos que investiga (figuras ancestrales, piezas rituales) no eran simples utensilios, sino presencias cargadas de energía simbólica. Al entrar en el museo, esa potencia queda suspendida. La exposición intenta, de algún modo, reactivar esa carga.
Uno de los aspectos menos evidentes, pero más sugerentes del proyecto, es la incorporación de gestos cotidianos como formas de memoria. Essonti habla de la cocina, del espacio doméstico, de saberes transmitidos por mujeres. Lugares donde la historia no se escribe en vitrinas ni inventarios, sino en prácticas corporales, en recetas, en relatos familiares.
Ese interés por lo doméstico funciona como un contraarchivo: una manera de conservar desde lo vivido y lo afectivo, no solo desde la institución. “La memoria también pasa por el estómago, por las manos, por los olores”, sugiere la artista.
Reescribir el panorama cultural desde la propia historia
Essonti forma parte de una generación de creadoras afrodescendientes que reescriben el panorama cultural español desde experiencias situadas. En su caso, la biografía no es un telón de fondo, sino el punto de partida. “No entiendo mi vida personal separada de mi práctica artística. Caminan de la mano”, explica.
Algunas imágenes de la exposición remiten directamente a su propia historia: recuerdos de infancia, fantasías sobre el territorio, reflexiones sobre el legado colonial y los privilegios de haber crecido en Europa. No habla en nombre de nadie. Habla desde sí misma.
Tampoco pretende dirigir la experiencia del público: “Yo despliego mis curiosidades, mis investigaciones, algo muy honesto. A partir de ahí ya no controlo qué ocurre. La obra crece y deja de ser tuya”. La exposición, así, no busca provocar escándalo ni incomodidad programada. Funciona más como un espacio de escucha.
Curiosamente, el proyecto también ha modificado su propia mirada sobre los museos. Frente a la imagen monolítica de la institución, Essonti insiste en algo sencillo: el museo está hecho de personas. “Desde fuera a veces lo olvidamos. Hay gente que intenta hacer lo mejor que puede, con ganas de cambiar cosas”, afirma.
Ese reconocimiento explica el tono del conjunto: menos acusatorio que dialogante, menos gesto espectacular que cuidado cotidiano. Incluso si el título suena provocador, la experiencia es amable, horizontal.
Quizás ahí resida la fuerza de la propuesta: recordarnos que la memoria no es estática, que los relatos pueden reescribirse y que, si los artefactos están de paso, nosotros también lo estamos
Al final del recorrido, el visitante sale con la sensación de haber atravesado no tanto una denuncia como una conversación. Una negociación silenciosa con la historia, con el museo y con su propia forma de mirar.
Hotel del Artefacto Expoliado no ofrece soluciones rápidas ni consignas. Propone, más bien, quedarse un rato con las preguntas. Pensar los objetos como viajeros. Imaginar que tal vez el museo no sea su destino definitivo, sino una escala. Quizás ahí resida la fuerza de la propuesta: recordarnos que la memoria no es estática, que los relatos pueden reescribirse y que, si los artefactos están de paso, nosotros también lo estamos.
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