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Los enfermos de riñón de Sudán luchan por sobrevivir en un país arrasado por la guerra: “Necesitamos urgentemente ayuda internacional”

El conflicto armado asfixia la atención a miles de enfermos renales que se enfrentan a una escasez extrema para recibir las sesiones de diálisis y la medicación que llega con cuentagotas. En las zonas de conflicto, el 80% de los centros de salud han dejado de funcionar

Enfermos Sudan

Las mañanas de Sarah Mohamed solían comenzar con el afectuoso caos que era criar a sus hijos en Kordofán del Norte, al oeste de Sudán. Barría la casa, preparaba el desayuno y cuidaba de su marido y sus hijos. Era una vida dura, pero era suya y ella era feliz. Hace cinco años, después de varia semanas de sentir cada vez más fatiga e hinchazón, el médico le dio a Mohamed una mala noticia: sus dos riñones habían dejado de funcionar. El ritmo diario de esta madre de familia de Kordofán del Norte, al oeste de Sudán, quedó sustituido de repente por visitas al hospital, agotamiento y una lucha constante por sobrevivir.

Tras el diagnóstico, Mohamed, de 55 años, empezó a recibir en el Centro de Diálisis Jumaih, en Kordofán del Norte, tres sesiones semanales de diálisis que le ayudaban a recuperar la energía que necesitaba.

“Cuando estalló la guerra, pasó a ser difícil incluso acudir a dos sesiones, pero luego se quedaron reducidas a una sola, por la escasez de líquidos y tubos de diálisis”, ha declarado a EL PAÍS en una entrevista telefónica. “Estoy agotada todo el tiempo y siento el cuerpo más débil cada día. A veces me despierto con el miedo de no llegar a vivir lo suficiente para ver crecer a mis hijos”.

Los problemas de Mohamed no son un caso aislado. La guerra que estalló en abril de 2023 entre el ejército sudanés y las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, por sus siglas en inglés) ha destruido el sistema sanitario del país y ha hecho que miles de enfermos de riñón tengan verdaderas dificultades para sobrevivir. En las zonas de conflicto, el 80% de los centros de salud han dejado de funcionar, y los que siguen activos sufren ataques de artillería, cortes de electricidad y una grave escasez de suministros médicos.

Lo único que quiero es volver a casa, recibir un tratamiento adecuado y vivir con dignidad. Hasta entonces, estoy intentando sobrevivir
Hawaa al Nair, paciente de diálisis

La guerra ha repercutido en los alrededor de 8.000 pacientes de diálisis que recibían tratamiento de forma regular antes del conflicto; algunos han fallecido por los cortes de electricidad y otros han tenido que disminuir la duración y la frecuencia de las sesiones. A finales de abril de 2023, el Centro Nacional de Enfermedades y Cirugía Renal emitió un llamamiento urgente después del bombardeo y la evacuación del Centro Renal Alshaheeda Salma, que ofrecía sesiones de diálisis gratuitas. Desde entonces, los cierres generalizados han creado enormes desbordamientos en los pocos centros que permanecen abiertos y una presión insoportable para unos profesionales ya exhaustos.

“Las esperas [en el centro] me están matando. Paso horas en colas interminables, rodeada de pacientes que están como yo”, dice Mohamed. “A veces, a alguna persona no le llega nunca el turno y me entero de que ha fallecido por los retrasos”.

Además, añade, los medicamentos son más caros, por lo que su familia no tiene más remedio que comprarlos en el mercado negro a unos precios que no pueden permitirse; algunos cuestan hasta 100 dólares (86 euros). Su marido, que tiene una perfumería, trabaja día y noche para cubrir los gastos, pero se sienten “indefensos”. No obstante, a pesar de todas las adversidades, se aferra a la esperanza por el bien de sus hijos y sueña con que, un día, el sistema sanitario volverá a ser lo que era.

Hawaa al Nair, de 52 años y madre de cuatro hijos, huyó de Jartum, la capital, a la ciudad de Al Abyad cuando estalló la guerra. Hasta entonces acudía al centro médico Haj al Safi para someterse a diálisis, pero, poco después de comenzar el conflicto, el centro quedó en medio del fuego cruzado entre el ejército y las Fuerzas de Apoyo Rápido. Tuvo que cerrar y posteriormente lo saquearon.

“Cuando empezó la guerra, en Jartum todo se detuvo”, explica en una entrevista por teléfono a EL PAÍS. La familia esperaba encontrar una situación mejor en su nuevo hogar, pero descubrió que allí estaban sufriendo igual.

Sueño con volver algún día a mi pueblo, pero ahora lo único que quiero es una sesión de diálisis que me permita pasar un día más con mis hijos
Hamed al Fanjari, paciente de diálisis

La hermana de Al Nair, que también era enferma renal, falleció por no poder recibir la diálisis. Su muerte la destrozó, pero tuvo que seguir adelante por el bien de sus hijos. “A veces no tengo dinero para pagar el transporte hasta el Centro de Diálisis Jumaih”, añade, “y la escasez de líquidos hace que cada sesión sea una incógnita”.

Al Nair no tiene ingresos fijos y vivía de lo que ganaba su marido, un funcionario a quien le suspendieron el sueldo después del inicio de la guerra. Sin embargo, cuando la familia tuvo que desplazarse, pasó a depender de la ayuda ocasional de parientes y organizaciones benéficas.

“Es una situación que me parte el alma”, dice en voz baja. “Me horroriza ser una carga, pero mi familia me da fuerzas para seguir adelante. Lo único que quiero es volver a casa, recibir un tratamiento adecuado y vivir con dignidad. Hasta entonces, estoy intentando sobrevivir”.

Máquinas averiadas

Delante del Centro de Diálisis Jumaih, Hamed Al Fanjari se sienta con otros pacientes; se intercambian historias y, a veces, se ríen de sus desgracias para olvidar el miedo.

Al Fanjari, un agricultor de 60 años del Estado de Kordofán del Sur, padece insuficiencia renal desde hace 10 años y, con la escalada de los enfrentamientos en su zona, tuvo que trasladarse a la ciudad de Al Abyad. Antes cultivaba cacahuetes y sandías y ganaba alrededor de 1.200 dólares (1.032 euros) por temporada, apenas suficiente para dar de comer a sus hijos. Los combates intermitentes se intensificaron en marzo, cuando el Movimiento Popular de Liberación de Sudán-Norte se alió con las Fuerzas de Apoyo Rápido, lo que obligó a huir a los residentes e interrumpió las actividades agrícolas con las que sobrevivía la mayoría de la población, incluido Al Fanjari.

Nos hemos visto obligados a reducir las sesiones de tres a dos por semana y de ocho horas a solo tres, para poder atender al mayor número posible de personas
Ayman Abdullah, médico en el Centro de Diálisis Jumaih

“Mi hogar, mi tierra e incluso mi salud corren hoy más peligro”, dice en una entrevista por teléfono con este diario. “La situación es catastrófica. A veces duermo delante del centro Jumaih para asegurarme de conseguir una sesión. Las máquinas se averían y no hay repuestos debido al asedio. Tengo la sensación de que estoy luchando contra la muerte a diario”.

Al Fanjari se pregunta: “¿Cuánto tiempo seguiremos viviendo así? Sueño con volver algún día a mi pueblo, pero ahora lo único que quiero es una sesión de diálisis que me permita pasar un día más con mis hijos”.

Ayman Abdullah, médico residente en el Centro de Diálisis Jumaih, trabaja bajo una presión enorme desde que comenzó la guerra y pasa el tiempo yendo de una sala a otra y haciendo constantes llamadas para conseguir suministros médicos a pesar de la escasez. Busca líquidos para diálisis y piezas de repuesto para el material y recurre al Ministerio de Salud, el Gobierno estatal y las organizaciones humanitarias.

“Nos hemos visto obligados a reducir las sesiones de tres a dos por semana y de ocho horas a solo tres, para poder atender al mayor número posible de personas. Esto no es un tratamiento, es un intento desesperado de mantenerlos con vida”, declara vía telefónica. “Veo deteriorarse a los pacientes y se me parte el corazón”.

Centros desbordados y escasez de suministros

El Centro de Diálisis Jumaih constituye el último refugio para los enfermos de riñón de los estados occidentales de Sudán, pero la presión que sufre es cada vez mayor y también está sobrepasado. Antes, cuando funcionaba con normalidad, tenía 36 máquinas, pero el asedio y la falta de piezas de repuesto han dejado la mayoría fuera de servicio. Ahora solo funcionan 15. Los médicos trabajan 12 horas diarias por un salario medio de 125 dólares (unos 107 euros) —y a veces sin cobrar— y, en ocasiones, pasan días enteros sin ver a su familia.

Abdullah tiene que hacer frente a la escasez de líquidos, tubos de diálisis y combustible, que a veces compra en el mercado negro. El mayor problema es que no deja de aumentar el número de pacientes, sobre todo personas desplazadas. Cada día fallecen uno o dos pacientes, la mayoría de ellos desplazados de Darfur.

“Vivimos un periodo difícil, pero creo que hay luz al final del túnel”, continúa. “Espero que Dios alivie el sufrimiento de los enfermos y que consigamos máquinas y suministros suficientes. Necesitamos urgentemente ayuda internacional. Todos los días me digo: si he salvado una vida, me doy por satisfecho”.

Una máquina de diálisis fuera de servicio debido a un fallo técnico en el Hospital de Port Sudán, la capital administrativa provisional situada al este de Sudán. Imagen de Mohamed al Hassan, presidente de la Asociación de Pacientes Renales.

Con el Centro de Diálisis Jumaih de Al Abyad desbordado y en dificultades, las organizaciones benéficas están tratando de cubrir las carencias. La Asociación de Pacientes Renales, fundada en 2006, ofrece apoyo a los pacientes de esta y otras enfermedades crónicas como la diabetes.

Mohamed al Hassan, responsable de la asociación, subraya por teléfono que los enfermos de riñón necesitan seguimiento y cuidados especiales. La asociación se rige por el lema “Diálisis segura y estable” y colabora con el Centro de Enfermedades y Cirugía Renales de Port Sudan, en el este del país, donde atiende a entre 350 y 400 pacientes renales.

Al Hassan explica que uno de los principales obstáculos es la llegada de personas desplazadas de las zonas de conflicto, que ha obligado a aumentar los turnos de tres a cinco al día, con las consecuencias imaginables para los profesionales y los aparatos, a pesar de que muchos están fuera de servicio.

La Asociación Benéfica Tawasal, fundada en 2015, ayuda a enfermos renales en Kordofán del Norte y en la actualidad atiende a unos 400 pacientes, todos ellos residentes en Port Sudan, en el este del país, o desplazados allí desde otras zonas. El secretario general de la ONG, Hanafi Karrar, sostiene que la guerra ha hecho que su misión sea más difícil que nunca.

“Intentamos conseguir combustible, líquidos y medicamentos mediante donaciones limitadas, pero la demanda es superior a nuestra capacidad”, explica a EL PAÍS por teléfono. “Nos llegan decenas de solicitudes diarias de pacientes desplazados y residentes. Sus historias son desgarradoras: madres que ruegan que salven a sus hijos, ancianos que dejan de tener esperanza y familias que venden todas sus pertenencias para comprar lo que necesita la persona enferma”.

El 26 de junio, el primer ministro Kamel Idris hizo pública la decisión de rehabilitar los centros renales y oncológicos que han dejado de funcionar durante la guerra, confirmar la continuidad de los tratamientos a cargo del Estado y restablecer los servicios de trasplantes renales en el país.

Sin embargo, para los pacientes renales que sufren hoy en todo Sudán, las promesas del Gobierno quizá lleguen demasiado tarde para resolver la crisis inmediata.

Karrar ha pedido que intervenga la comunidad internacional para proporcionar máquinas, líquidos y apoyo logístico. “Cada enfermo renal es un padre, una madre o un hijo. No son simples cifras. El mundo debe escuchar nuestro grito y tendernos la mano. No podemos dejar que estas personas se enfrenten solas a la muerte”.

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