Trabajar gratis
Preguntar por los honorarios a la hora de decidir si haces un trabajo parece para algunos una preocupación típica de almas mercenarias


Cada día me llegan al correo ofertas para trabajar gratis en programas ajenos, festivales de pago y cursos de verano en universidades privadas. Casi siempre son de gente que no conozco pero intuyo que cobran por organizar los eventos a los que me invitan. Sin embargo, encuentran apropiado que yo no lo haga. Consideran quizá que viajar a una ciudad de provincias para dormir en un hotel de tres estrellas y comer dos días seguidos un menú del día con otros compañeros es compensación suficiente y apropiada por mi esfuerzo. Sin embargo, nunca dicen expresamente: te ofrezco trabajo a cambio de comida y posta en un hotel con dispensadores de jabón taladrados en el azulejo. Lo que hacen es obviar el tema como si fuera un dato irrelevante, y hasta esquivarlo activamente, negándose a proporcionar la cifra en cuestión junto con el resto de datos específicos como la fecha, el lugar del evento y el tema a tratar. O diciendo que “ese asunto del que usted me habla” puede ser consultado en el epígrafe correspondiente de la normativa que adjuntamos junto con otros aspectos de carácter general. Como si, a la hora de decidir si quieres hacer un trabajo, preguntar por los honorarios implica una preocupación mezquina, típica de almas mercenarias, frente a la generosidad luminosa del que ofrece la alternativa más pura de compartir lo que tienes sin esperar nada a cambio. Esta ambigüedad me resulta mucho más problemática que la propia propuesta. A veces hasta parece deliberada, pero no quiero pensar mal.
Naturalmente que hay contextos en los que hablar de dinero no tiene lugar. En la vida académica, es natural y hasta necesario reunir a estudiosos de disciplinas colindantes en un hotel o museo para que compartan su investigación y polinicen con sus ideas instituciones lejanas. La fertilización cruzada es la madre de las revoluciones intelectuales, como observaba Thomas Kuhn en La estructura de las revoluciones científicas. Lo mismo pasa con los eventos sectoriales, donde las empresas mandan a sus comerciales a vender sus últimos productos junto a la competencia, hacer networking y cotillear. También está Bruselas en general. En todos estos casos, los participantes reciben un sueldo de la institución académica, la empresa comercial o de la administración, que financia su participación en estas actividades y paga los gastos extras del viaje, como el café del aeropuerto o el taxi a casa desde el avión. Para los que trabajan cada día en la misma oficina con las mismas personas, probablemente es agradable cambiar de escenario y respirar aire fresco de vez en cuando. Por no hablar del resto de beneficios implícitos que ofrece alejarse de casa y cambiar el despacho por la barra del bar.
Sin embargo, para el ejército de profesionales autónomos que vivimos de escribir libros y colaborar en periódicos, televisiones y radios, o hacer proyectos para museos, fundaciones y teatros, universidades e instituciones culturales en general, salir de viaje implica dejar de hacer nuestro trabajo y por lo tanto de cobrar para hacer otra cosa, que puede ser divertida o interesante pero que debería quedar lo suficientemente clara desde el comienzo de la interacción. Por eso me atrevo a sugerir que, la próxima vez que nos inviten a trabajar gratis, lo anuncien claramente en el asunto del mensaje. Estas son algunas sugerencias: oportunidad de visibilidad no remunerada. Colaboración no retribuida con mención en cartel. Ponencia voluntaria en evento con entrada de pago. Muchas gracias por su colaboración.
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