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columna

Feijóo es la ultraderecha

La “primacía” o “preferencia nacional” es la negación de la igualdad que consagraron la Declaración Universal de Derechos Humanos, el Tratado de la UE y la Constitución Española

Alberto Núñez Feijóo (a la izquierda) y Santiago Abascal, en 2024 en el Congreso.Claudio Álvarez

No nos engañemos. Alberto Núñez Feijóo es la ultraderecha, pues se comporta como si lo fuera: la existencia es la esencia. Él le abre paso. Él la presenta en la buena sociedad y le enseña a besar la mano de las señoras. Él acuerda con ella sus programas. Él la legitima. Él es quien pacta con ella en provincias, que así no se infecta, sino sus Guardiolas. Quien la entroniza donde pueda, a ver si le pagan con igual duro sevillano y le insertan en La Moncloa, su pasión única.

Feijóo no es Juanma Moreno, ni Marcelino Oreja, ni Íñigo Méndez Vigo, ni Miguel Herrero de Miñón, ni la tribu Gil-Robles, ni Adolfo Suárez, esas gentes de centro y de la derecha que merecen respeto. Algunos, mucho afecto. No levanta la voz cuando el genocida (presunto) impide por Pascua la misa católica en el Santo Sepulcro, no se ajunta con el Papa en su protesta. Y luego querrá comulgar cuando el Pontífice venga a España.

No protesta si Donald Trump y sus esbirros asesinan a ciudadanos pacíficos en Minneápolis. Jamás dijo nada contra los desmanes antiinmigrantes de Viktor Orbán, o de Giorgia Meloni, y menos ahora que va de antitrumpista. Nunca encuentra el modo de solidarizarse con los palestinos, o los pensionistas a los que regatea su voto en los paquetes de escudo social, ni con las mujeres iraníes bombardeadas, solo las utilizó apelando al burka —inexistente en España—, para sostener que el derecho internacional es el último de la fila.

Solo le interesa decapitar al sanchismo. Quizá es lo único comprensible, pues así cumpliría el gran lema de quítate tú que me pongo yo. No hay atisbo de la Ética a Nicómaco en sus posiciones, inanes, tardías, o ambas cosas. Ni rastro de las Meditaciones de Marco Aurelio. Ni trazo de Teresa de Ávila o San Juan de la Cruz. Ni de Luis Cernuda, Jaime Gil de Biedma, o T. S. Eliot. Ni de Castelao, Celso Emilio, o Méndez Ferrín. Nada auténtico gallego ni medio cosmopolita. La nada.

¿Por qué este retrato de trazo rápido? Porque para boicotear la regularización y propiciar la explotación de los inmigrantes los tilda de delincuentes, como si fueran su amigo el patrón narcotraficante Marcial Dorado. Porque firma, Guardiolas mediante, el principio de “primacía” nacional contra los pobres que llegan, como hizo aquél con las leyes antijudías, como hace el magnate orate, como suelen los dictadores.

Es lo más grave ocurrido en años. La “primacía” o “preferencia nacional” es la negación de la igualdad que consagraron la Declaración Universal de Derechos Humanos, el Tratado de la UE, la Constitución Española. Consagrada en el despreciable lema America First, o sea, antes que nadie; o en el repugnante aserto Deutsche über alles, por encima de todos; o en la idiota idea de españoles o nada, es la madre de toda xenofobia, el inicio de cualquier indignidad, el germen de toda dictadura.

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