Hay que decir más que no
Nuestro problema empezó cuando tragamos con el plasma de Rajoy, las comparecencias sin preguntas de Sánchez o el veto de Rosalía a los fotoperiodistas. O nos plantamos o estamos muertos, colegas


Cuidado con esta columna, que quema. Acabo de decir que no a una golosa entrevista con una celebridad de alfombra roja para la contraportada de este periódico, y escribo estas líneas con la sangre hirviendo de la rabia y la euforia de quien pierde una batalla con la esperanza de no perder definitivamente la guerra. Naturalmente, la oferta de entrevistar a la deidad de marras no era desinteresada. La doña promocionaba por contrato su participación en una serie con el habitual despliegue de medios de las plataformas globales: maratón de entrevistas en un hotel de súperlujo y cronómetro y fotos controladas por su legión de asistentes. Una perversión del oficio llamada junket por la que todos pasamos de alguna u otra forma, en la que todos hacemos como que esa es la entrevista de nuestras vidas, mientras que, por mucha buena voluntad que pongan las partes, todos nos vamos a casa con las migajas de alguien cansado de responder durante horas a las mismas preguntas y la condición de mencionar lo que sea que venda en lo que publiquemos. Vale.
Ninguno estamos libre de culpa. Llevamos demasiado tiempo pasando por el aro de esa especie de pacto por el que el personaje obtiene publicidad para su producto y el periodista, chicha para su audiencia. Pero es que esta vez, además, la entrevistada exigía elegir la foto a publicar con la entrevista entre todas las que le hiciera el fotoperiodista Bernardo Pérez, un profesional que el próximo 4 de mayo cumple, a la vez que EL PAÍS, 50 años retratando el mundo y ante cuyo objetivo han posado de Indira Gandhi a Gorbachov pasando por Clinton, y de Bette Davis a Jack Nicholson pasando por Isabelle Huppert sin ponerle medio pero. Fue entonces cuando salté, me puse digna y les dije que no, gracias, que por ahí no pasábamos, sabiendo que otros iban a pasar por ahí, y por donde hiciera falta, y me iba a quedar sola con mi arrebato de orgullo y sin mi contra.
A ver, no soy ni santa ni ingenua. Si le he dicho que no a la estrella insegura es porque puedo decírselo desde el privilegio de llevar décadas trabajando en un medio que, lejos de castigármelo, me lo permite. Otros, o no pueden, o no quieren, o ninguna de las dos cosas, y siguen tragando. Y conste que aquí no hay inocentes: nuestro problema, el de todos, empezó cuando tragamos con el plasma de Rajoy, con el veto de Vox a periodistas no afectos, con las comparecencias sin preguntas de Pedro Sánchez, y, hace nada, con el no de Rosalía a los fotoperiodistas en sus conciertos. Ya basta, ¿no? Vale que los periodistas no somos noticia, pero sin periodistas, y los fotoperiodistas lo son tanto como los plumillas, no hay periodismo, sino relaciones públicas. Así que, o nos plantamos o estamos muertos, colegas. Por cierto, podría revelar el nombre de la estrella presumida, pero conservo el respeto por el trabajo ajeno que tantos han perdido en su camino al estrellato.
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