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editorial

El triunfo del coche chino

Las malas cifras de los fabricantes europeos y el empuje de las marcas asiáticas dejan lecciones sobre los errores cometidos

Un empleado en la fábrica de coches eléctricos BYD en la ciudad china de Xi'an, el pasado miércoles.Guillermo Abril

El año 2025 ha sido terrible para la industria europea del automóvil. Dos de sus grandes grupos, Stellantis y Renault, han cerrado el ejercicio con pérdidas multimillonarias (en el caso de esta última, lastrada por la japonesa Nissan, de la que es máximo accionista). Los gigantes alemanes, Volkswagen y Mercedes-Benz, han sufrido una merma drástica de sus beneficios: casi un 50% en el caso de esta última. Todas, salvo Renault, han caído en facturación.

Mientras, las marcas chinas crecen con fuerza. El año pasado, la UE importó más de un millón de turismos chinos, que ya representan un 28% de la cuota de mercado de vehículos del exterior. Esto se ha conseguido a través de una agresiva política de precios, facilitada por una integración vertical a un nivel que la industria europea no puede replicar, y unas ayudas de Estado imposibles en el mercado común. Las empresas chinas encuentran hueco, sobre todo, satisfaciendo una demanda por turismos asequibles —especialmente eléctricos e híbridos enchufables— que la industria europea ha descuidado. Este hueco en el mercado responde al aumento de precios de los coches europeos —en algunos casos de hasta el 60% desde 2019— y la apuesta de las empresas por vehículos más grandes y mejor equipados, que tienen mayor margen de beneficio.

El estancamiento de la industria europea del automóvil es una mala noticia para el continente. Según la patronal europea ACEA, el sector tiene 13,6 millones de trabajadores, y representa más de un 8% del PIB. Y, más incluso que el peso económico en sí, el sector es uno de los rostros del continente en el mundo, ejemplo de la capacidad europea de crear cadenas de valor tecnológicamente avanzadas.

Ocurre, además, en un momento crucial para el sector como la transición a la electrificación. La industria ha pecado de exceso de optimismo al anticipar una adopción del vehículo eléctrico que no se ha producido, entre otras cosas por la pandemia y las sucesivas guerras en Ucrania y el Golfo. Pero eso no significa que no vaya a ocurrir. Precisamente los shocks petroleros, sumados al rápido progreso de la tecnología y la infraestructura, están haciendo más y más atractivos los vehículos eléctricos a ojos del consumidor.

EE UU ha decidido salvar a su propia industria abandonando la transición al eléctrico, imponiendo aranceles punitivos y rebajando drásticamente las regulaciones de emisiones. Además de un revés climático, la estrategia es pan para hoy y hambre para mañana al apostar por una tecnología que está quedando rápidamente obsoleta. Es un error que también cometió la Comisión Europea al prorrogar el final de la venta de motores de combustión. Europa no debe ayudar a la industria del automóvil tolerándole sus puntos débiles, sino reforzando sus puntos fuertes. Y, junto a los Estados, no debe temer ser más proactiva en ese respaldo. El éxito de China entre los propios consumidores europeos sirve de ejemplo.

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