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La brújula europea
Opinión

Los que dijeron que no (y los que no)

Sánchez, León XIV, Anthropic, Jerome Powell... estos tiempos peligrosos reclaman plantarse

El papa León XIV, en la plaza de San Pedro, el pasado domingo. VATICAN MEDIA (EFE)

A estas alturas a nadie se le escapa que vivimos tiempos excepcionalmente peligrosos. No, no estamos al borde de la Tercera Guerra Mundial. Pero hay que ser ciegos —o tener mala fe— para no entender que afrontamos riesgos muy graves. Tiempos como estos son un enorme flash moral, que retrata a cada cual, los agachados y los de la espina dorsal recta. En otros momentos más tranquilos es posible camuflarse en zonas de penumbra. Pero en estos, no.

En el caso de Irán, no hay ninguna duda de que la historia recogerá dos figuras sobresalientes en su capacidad de decir que no. Una es Pedro Sánchez. Como esta columna ha comentado en el pasado, hay motivos de sólida crítica sobre su ejercicio de gobierno por incumplimiento de promesas —la amnistía a los condenados por el procés— responsabilidades in eligendo e in vigilando —Ábalos, Cerdán…— e incluso de incoherencia en la misma política exterior —la blandura con Marruecos sobre el Sáhara Occidental—. Pero su posición sobre Gaza e Irán quedará en los libros de historia como admirable, y quien no lo reconoce es solo porque le fastidia. Francamente, suscitar la ira de figuras como Donald Trump y Benjamin Netanyahu es en sí mismo un honor. La otra gran figura es el Papa León XIV, cristalino en su rechazo, una verdadera guía moral en esta cuestión (en otras, la historia es muy diferente) que puede cosechar respeto intelectual también entre los que no somos católicos.

Hay otros en Europa que, aunque de forma más tardía y menos rotunda, han dicho que no. Y es interesante notar que, entre ellos, también hay líderes ultraderechistas. Por supuesto todos —como también Sánchez— tienen su propio cálculo político, pero si se siguen las reacciones de Giorgia Meloni, Marine Le Pen, e incluso Alternativa para Alemania (AfD), el rechazo a la guerra de Trump y Netanyahu es claro y apreciable. El que esas figuras hayan marcado clara distancia de aquel despropósito deja en un lugar aún más patético a Vox, secuaz sin espina dorsal del trumpismo, y, sí, también al PP, protagonista de una vacuidad en política exterior que produce sonrojo al verla, y pavor al imaginarla en el poder.

Fuera de Europa hay otros que han pronunciado noes espectaculares. Uno es Mark Carney, con ese inspirador discurso en Davos y varios gestos de resistencia. Pero, luego, en un momento decisivo, no llamó a las cosas por su nombre —como exhortó a hacer en el foro alpino invocando a Havel— y secundó, al menos al principio, el ataque ilegal contra Irán, evitando definirlo por lo que es. Otros son los líderes de Anthropic, que se han negado a someterse a las exigencias del Pentágono trumpista —al contrario de OpenAI-. Jerome Powell, el presidente de la Fed, también ha dicho un grandioso “no” ante las presiones de Trump sobre los tipos de interés, y cabe intuir que el general Randy George, jefe del Estado Mayor del Ejército de EE UU, tuvo que decir otro extraordinario —y por eso fue destituido hace unos días por el bastante menos extraordinario jefe del Pentágono, Pete Hegseth—. De nuevo, una ira suscitada que les honra.

Este fin de semana se celebran elecciones en Hungría, otro lugar que recuerda la extraordinaria peligrosidad de estos tiempos para los europeos. Al respecto, cabe recordar que el Partido Popular Europeo mantuvo al partido de Orbán sin problemas en sus filas hasta el 2019, cuando fue suspendido (pero no expulsado). Fidesz salió de la familia en 2021. Ese “no” debería haber llegado antes. Toda la admiración para quienes se han opuesto en todos estos lustros de gobernanza abusiva, desleal, de tintes mafiosos, así como a aquellos que se opusieron al PiS en Polonia y, sobre todo, aquellos que en Ucrania con valentía física resisten contra Vladímir Putin. Conviene una mención aquí para cierta izquierda extrema europea que no quería prestar apoyo militar a los ucranios, lo que habría supuesto la subyugación completa del país al régimen putinista, un paraíso progresista de derechos e igualdad.

Hay otros noes importantes. Los países del Este tuvieron razón en decir que no a cierta visión sonámbula de las relaciones con Rusia. Y Emmanuel Macron tuvo razón en decir que no a cierta visión cómoda de la relación transatlántica, abogando por la autonomía estratégica europea ya en 2017, en su discurso en la Sorbona, al principio de su presidencia. Nadie le hizo adecuadamente caso. Si hubiese ocurrido, hoy estaríamos mucho mejor. Alemania ha estado en el lado equivocado de la historia en ambas cuestiones, lo que no excluye importantes aciertos como la aceptación de los eurobonos pandémicos y la apertura de puerta a los sirios, que tantos otros mantuvieron cerradas con infamia.

Esta semana, al recoger el primer Premio de Ética Periodística ‘Aurelio Martín’, Soledad Gallego-Díaz, referencia para muchos en nuestro oficio, señaló que para un periodista hacer lo que quiere es muy difícil y no depende solo de uno mismo, pero decir que no, negarse a algo que no está en la ética del oficio, siempre se puede. Tal vez sea difícil, pero se puede, depende de nosotros.

Decir noes de gran altura moral no significa ser personas impolutas: pueden tener otros mil flancos criticables. Asimismo, haber cometido errores en el camino, haber fallado otras veces, no incapacita para conseguir entonar grandes noes más adelante. Quien escribe también está en ese aprendizaje. La belleza de la vida reside en ofrecer cada día una nueva oportunidad. Vivan, y digan grandes noes, que los tiempos lo requieren.

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