Federalismo en acción: cuando Europa se construye desde los hechos
Es preciso acercar a la ciudadanía como algo concreto un concepto que ha demostrado su eficacia

Hay ideas que en política gozan de amplio consenso… precisamente porque no obligan a nadie a aplicarlas. El federalismo es una de ellas. El mes pasado Barcelona acogió el Congreso de la Unión de Europeístas y Federalistas en su 80 aniversario. Durante dos días, responsables políticos y voces europeístas coincidieron en una misma tesis: Europa necesita más integración, más unidad y más capacidad de decisión compartida para hacer frente a un mundo cada vez más inestable. Lo expresaron con claridad figuras como Salvador Illa, el ministro José Manuel Albares o Enrique Barón. El diagnóstico es compartido: sin una Europa más unida, nuestra capacidad de influir, proteger y avanzar se verá seriamente limitada. Pero si el diagnóstico es claro, la pregunta es inevitable: ¿por qué seguimos instalados en el discurso… y no en la práctica? Porque el problema del federalismo —en Europa y también en España— no es su falta de formulación teórica. Es su falta de aplicación real, o mejor dicho su aplicación solo a medias.
El federalismo no debería ser únicamente un modelo institucional al que aspirar. Debería ser, ante todo, una forma de gobernar. Un método político basado en la cooperación efectiva, en la lealtad entre instituciones y en la capacidad de compartir decisiones sin recelos.
Un federalismo de los hechos, en el que se ha avanzado en momentos concretos, como fue en la pandemia con las vacunas y los fondos Next Generation.
Pero ahí es donde encontramos todavía resistencias. Administraciones que compiten en lugar de cooperar. Niveles de gobierno que desconfían entre sí. Decisiones que se retrasan o se bloquean por cálculos políticos de corto recorrido.
Quizá ha llegado el momento de asumir que el mayor obstáculo para el federalismo no es su complejidad, sino nuestra incomodidad con sus consecuencias.
Porque el federalismo exige algo que no siempre estamos dispuestos a asumir: ceder para ganar conjuntamente.
Europa, sin embargo, nos ofrece ejemplos claros de que ese camino no solo es posible, sino eficaz. Cuando los Estados miembros coordinan respuestas ante crisis sanitarias, energéticas o económicas, están practicando federalismo. Cuando se comparte soberanía para proteger mejor a la ciudadanía, se está haciendo política útil.
No son grandes declaraciones. Son decisiones concretas.
También en España, el reto es evidente. Hemos construido un modelo territorial avanzado, pero seguimos arrastrando inercias que dificultan una verdadera cogobernanza. Hablamos de cooperación, pero actuamos con lógica de compartimentos.
Y, sin embargo, existen ejemplos que demuestran que ese federalismo de los hechos no solo es posible, sino eficaz. El Corredor Mediterráneo lo ilustra bien: un proyecto impulsado desde el territorio, por la cooperación entre comunidades y la presión del tejido económico, que ha acabado abriéndose paso más por necesidad compartida que por planificación central.
Desde Cataluña, y desde territorios como Girona, esta reflexión adquiere una especial relevancia. La pluralidad no es el problema. El problema es cómo decidimos gestionarla.
Como diputada y como socia de Federalistes d’Esquerres, creo que el siguiente paso no pasa por redefinir el federalismo, sino por practicarlo. Por hacerlo visible en la vida cotidiana, por acercarlo a la ciudadanía no como una idea abstracta, sino como una herramienta concreta para mejorar la acción pública.
Porque el federalismo no se consolidará por convicción teórica, sino por evidencia práctica.
Y tal vez esa sea la pregunta que deberíamos hacernos —especialmente quienes defendemos el federalismo—:no si creemos en él, sino si estamos dispuestos a ejercerlo.
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