En nombre del padre
En el caso de Noelia Castillo se ha descuidado contar algo que es de gran importancia: la inverosímil relación entre una asociación de fortísima carga ideológica y el progenitor de la muchacha


Flaco favor le hace a la ley de eutanasia la gula informativa que se ha generado en torno al particular caso de Noelia Castillo. Mezclar su biografía personal, cargada de desamparo, violencia y abandono, con su deseo final de someterse a la eutanasia activa ha provocado que muchas personas confundan la función real de la ley. El texto legal no ampara el suicidio ni mucho menos la solución a una depresión o la infelicidad, sino que se circunscribe a casos de enfermedad incurable y dolor que impide la vida digna, y por ello se rechazan un amplio número de solicitudes. Además, en el caso de Noelia se ha descuidado contar algo que es de gran importancia. En primer lugar la inverosímil relación entre una asociación de fortísima carga ideológica y el padre de la muchacha, no precisamente, según la propias palabras de ella, alguien cercano y atento. Esa colaboración, sobre la que no se ha profundizado, ha permitido una interrupción de casi dos años al proceso. Y aún amenaza a los responsables del departamento médico-jurídico que se encargó del dictamen, en lo que es, de hecho, una obstrucción a la ley. La persecución de los servidores públicos sirve de aviso y amenaza a los que colaboran con quienes emprenden este duro trance.
Pero hay algo más esclarecedor que la ciudadanía ignora. Todas estas asociaciones de abogados litigantes se dedican a un negocio suculento. La razón por la que entablan los pleitos públicos es porque ello les da la oportunidad de abrir una cuestación pública. Por ello insisten en llevar ante la justicia a actores, presentadores de televisión o políticos que hacen declaraciones, chistes o alusiones contra sus dogmas. Inmediatamente abren una colecta pública para afrontar los gastos legales, pero lo que recaudan en estas olas en las que participan gentes de fuertes convicciones, algunos incluso por motivación sincera, supera con mucho el coste del proceso y la fuerte inyección de dinero va a parar al vientre de estos seudosindicatos con afán de lucro. Está pasando en estos mismos días con un caso que ha sentado en el banquillo al político Pablo Echenique por una réplica en redes sociales en la que señalaba a un obispo que estigmatizó a los inmigrantes identificándoles como delincuentes que también la jerarquía eclesial ha ocultado durante décadas a pederastas y violadores. El caso, salvo delirio, será archivado, pero la cuestación pública para dar un escarmiento a los que se expresan libremente sale a cuenta.
No hace falta más que entrar en las páginas informativas de estas asociaciones para ver el reclamo de dinero, con el añadido de que además desgrava en tu declaración de renta. Tomemos un texto literal de una de estas oficinas litigantes que campan por España: “Tu donativo se empleará para sostener nuestros cientos de casos en defensa de la libertad religiosa, el derecho a la vida, la familia y la libertad educativa y de conciencia”. He ahí el verdadero secreto de todas estas acciones propagandísticas. Noelia no ha sido más que un juguete en su agenda. Su salud, su vida, su destino importaban un carajo. Servía para recaudar fondos y propagar doctrina. Algo absolutamente legal, pero que ha añadido dolor al dolor. A lo que debería haberse dedicado la prensa durante estos dos años de zancadillas al proceso es a investigar las verdaderas corrientes de interés que se han movido por debajo de la decisión de una mujer. Y conviene recordar lo de mujer, porque este paternalismo tutelar difícilmente se habría aplicado a un hombre.
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