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tribuna

Europa en la era de la incertidumbre económica

La economía global empieza a reorganizarse menos en torno a la eficiencia y más en torno a lo que los expertos denominan seguridad económica

Donald Trump, durante su intervención en la reunión anual del Foro Económico Mundial, en Davos (Suiza) el 21 de enero.GIAN EHRENZELLER (EFE)

Durante décadas, la economía global se organizó en torno a una lógica bastante clara: eficiencia, integración y apertura. Hoy ese entorno es menos previsible. En el último año, la incertidumbre en comercio, energía y geopolítica ha dejado de ser un episodio puntual para convertirse en una característica más persistente del entorno económico.

Desde el punto de vista económico, esto importa especialmente por un motivo: la incertidumbre frena la inversión. Cuando las empresas no tienen visibilidad sobre la demanda futura, las reglas comerciales o el entorno regulatorio, tienden a posponer o reducir sus decisiones de inversión. Y cuando la inversión se debilita, también lo hacen la innovación, la productividad y el crecimiento a medio plazo.

La evidencia reciente de la OCDE es clara. La incertidumbre económica y de políticas públicas ha aumentado de forma significativa en los últimos años, impulsada en particular por tensiones comerciales. Este aumento ya está teniendo efectos medibles: estimaciones de la OCDE sugieren que la incertidumbre ha contribuido de manera significativa a la debilidad de la inversión en varios países, y que aumentos persistentes de la incertidumbre se pueden reducir de forma apreciable, del orden de hasta un punto porcentual, el crecimiento de la inversión en el corto plazo.

Este no es un fenómeno abstracto. Cada vez más empresas identifican la incertidumbre como uno de los principales obstáculos para invertir, lo que refleja un cambio cualitativo en el entorno económico.

Parte de esta incertidumbre procede de tensiones comerciales y tecnológicas entre grandes economías. Parte tiene su origen en conflictos geopolíticos que afectan a los mercados energéticos. Y parte refleja un uso más activo de políticas industriales y regulatorias, a menudo con objetivos estratégicos.

Como resultado, la economía global empieza a reorganizarse menos en torno a la eficiencia y más en torno a lo que los expertos denominan seguridad económica. El comercio, la inversión y la política industrial están cada vez más influenciados por consideraciones como la resiliencia de las cadenas de suministro, el acceso a materias primas críticas o el control de tecnologías clave.

Esto no implica el fin de la globalización, pero sí una transformación de su naturaleza. Y esa transformación tiene costes económicos si no se gestiona adecuadamente: menor inversión, menor productividad y, en última instancia, menor crecimiento.

Europa no es ajena a este nuevo contexto. Durante mucho tiempo, su modelo económico se benefició de un entorno internacional estable: energía asequible, comercio abierto y reglas multilaterales previsibles. Hoy ese entorno ha cambiado.

Pero la narrativa sobre Europa a menudo se queda en los riesgos y olvida algo importante: Europa también tiene fortalezas significativas para adaptarse a esta nueva etapa. La Unión Europea sigue siendo una de las mayores economías del mundo, con un mercado único amplio y un peso relevante en el comercio global. Además, cuenta con capacidades industriales en sectores clave para el futuro, como las energías renovables, la industria farmacéutica o las tecnologías limpias.

En este contexto es reconfortante observar la evolución reciente de algunas economías del sur de Europa. España, Portugal y Grecia están mostrando un dinamismo superior a la media europea, con un crecimiento sólido, mejoras significativas en el mercado laboral y avances en la reducción de los déficits y la deuda pública.

Pero estos avances no eliminan los retos estructurales. Europa sigue arrastrando un crecimiento de la productividad más débil —visible en el menor avance de la producción por hora trabajada— vinculado entre otros factores, a una menor inversión empresarial, especialmente en tecnologías. Reactivar esa inversión es clave. En muchos países, además, sigue por debajo de las tendencias previas a la crisis financiera, y el aumento de la incertidumbre puede agravar esa debilidad.

Para revertir esta situación, será clave reducir la incertidumbre y mejorar las condiciones para la inversión. Esto pasa por políticas económicas más predecibles, marcos regulatorios estables y una mayor claridad en ámbitos como la política comercial, fiscal o climática.

Otro reto fundamental es profundizar el mercado único, especialmente en sectores como la energía, los servicios y los mercados de capitales. Una mayor integración permitiría a las empresas europeas alcanzar escala y facilitaría la financiación de proyectos innovadores.

Al mismo tiempo, Europa deberá gestionar con cuidado el auge de la política industrial. Estas políticas pueden ser útiles para abordar fallos de mercado o acelerar la transición energética, pero deben diseñarse de forma coordinada y evitando distorsiones que fragmenten el mercado europeo.

En última instancia, el desafío para Europa es hacerla más resiliente, reforzando su capacidad de adaptación en un entorno más incierto. Esto pasa por impulsar la inversión, especialmente en tecnología y energía, avanzar en la integración del mercado único reduciendo la fragmentación regulatoria y preservar marcos de política predecible, incluyendo señales de precios claras que favorezcan la transición energética.

Europa cuenta con muchos de los ingredientes necesarios: instituciones sólidas, un mercado interior de gran escala y capacidad industriales relevantes. El desafío ahora es saber aprovecharlos.

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