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Tribuna

Trump y la manipulación del terror

Si avanza la idea de clasificar como terroristas a las dos mayores organizaciones criminales de Brasil, EE UU puede generar las condiciones necesarias para intervenir en el país

Presos de Primer Comando de la Capital durante un motín en São Paulo.REUTERS

Mientras libra su guerra contra Irán, haciendo estallar a personas, edificios y los precios del petróleo, Donald Trump sigue avanzando casillas en el tablero de Latinoamérica. No solo Venezuela —invadida y, según él, dominada—, Cuba o Colombia, sino también Brasil, pero con otro tipo de arma. Según el portal de noticias UOL, con amplia repercusión en la prensa brasileña, Estados Unidos ya habría decidido clasificar a los dos mayores grupos de crimen organizado del país como organizaciones terroristas. El Primer Comando de la Capital (PCC), surgido en el sistema penitenciario de São Paulo, y el Comando Vermelho, originado en una cárcel de Río de Janeiro, entrarían así en la lógica de la “guerra contra el terror”. En este momento resulta más difícil hacer en Brasil lo que hizo en Venezuela. Pero si puede afirmar que el país no consigue controlar el terrorismo en su territorio, Estados Unidos podría justificar una mayor injerencia en las políticas públicas brasileñas e incluso una intervención.

Este propósito, que surgió en mayo de 2025, se retoma en un momento muy delicado: en octubre, si nada cambia, las elecciones brasileñas enfrentarán al actual presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, que aspira a la reelección desde el centro, con Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, como principal opositor desde la extrema derecha.

La semana pasada, otra sorpresa: Darren Beattie, asesor designado por Trump para supervisar los asuntos con Brasil, haría una visita a Jair Bolsonaro a la cárcel —a diferencia de Trump, el expresidente fue condenado a 27 años y tres meses de prisión por intento de golpe de Estado—. No obstante, no se había solicitado ninguna reunión con Lula ni se había establecido ningún contacto con la diplomacia brasileña. Con la justificación de que existía riesgo de injerencia en las elecciones brasileñas, el Supremo Tribunal Federal canceló la visita del asesor de Trump a Bolsonaro en la cárcel y el Ministerio de Relaciones Exteriores le revocó el visado para entrar en el país a la petición de Lula.

En el primer Gobierno de Trump, Beattie le redactaba los discursos y solo fue despedido porque se reveló que había participado en un acto de supremacistas blancos. En 2024, escribió en la red social X que “los hombres blancos competentes deben estar al mando para que las cosas funcionen”. “Por desgracia, toda nuestra ideología nacional se basa en tratar con indulgencia los sentimientos de las mujeres y las minorías y en desmoralizar a los hombres blancos competentes”. No podría tener mejores credenciales para volver a colaborar con su antiguo jefe en su retorno al poder.

La afinidad inmediata de ese espécimen humano con el clan Bolsonaro, conocido por su racismo, misoginia y homofobia, es natural. El apoyo ya demostrado de Flávio Bolsonaro y la extrema derecha brasileña a la clasificación de grupos criminales como organizaciones terroristas es explícito. Trump no disimula su intención de influir en las elecciones brasileñas y, aunque afirma que le cae bien Lula, nadie tiene dudas de quién cuenta con su bendición. Especialmente porque la extrema derecha brasileña, aún liderada por el bolsonarismo, encuentra un placer bochornoso en ser subalterna de los Estados Unidos de Trump. Es la curiosa trayectoria de los autoproclamados nacionalistas que venden la soberanía nacional.

Tanto el PCC como el Comando Vermelho, las dos organizaciones criminales que Trump puede clasificar como terroristas, son un ejemplo de empresa capitalista de éxito. Tanto éxito que, en los últimos años, han ampliado su cartera de negocios más allá del narcotráfico y han llegado a los centros financieros. En agosto de 2025, una operación de la Policía Federal reveló que los tentáculos del PCC se extendían por la avenida Faria Lima, la meca del mercado en São Paulo, y que solo las gasolineras que gestionaba la organización habrían movido casi 10.000 millones de dólares entre 2020 y 2024.

El PCC y el Comando Vermelho utilizan la violencia como método para gestionar sus negocios. No pretenden derrocar regímenes ni imponer religiones, tampoco tienen motivaciones raciales o étnicas para sus acciones. Al contrario: para ellos, el sistema es casi perfecto, está lleno de oportunidades y grietas, y su único interés es lucrarse. Se estima que, si el PIB de la delincuencia transnacional fuera el de un país, estaría entre la cuarta y la quinta economía mundial.

Poner a las dos organizaciones criminales brasileñas al mismo nivel que Al Qaeda, los talibanes, el Estado Islámico y Hamás, entre otros, no tiene sentido. Pero no sería la primera vez en Latinoamérica: Estados Unidos ya ha clasificado como terroristas a grupos de narcotraficantes como el mexicano cartel Jalisco Nueva Generación, el venezolano Tren de Aragua y la Mara Salvatrucha salvadoreña, sin que la violencia haya disminuido o el problema se haya resuelto remotamente. Cabe recordar que el dictador Nicolás Maduro fue secuestrado en enero en el marco de una operación estadounidense en territorio venezolano con el pretexto, sin ninguna prueba, de que era “narcotraficante”.

Trump secuestra a personas, invade países, interfiere en la política ajena, lanza bombas y misiles, se sirve del Estado para sus propios intereses, amenaza a antiguos aliados y utiliza la violencia y el chantaje, además de iniciar guerras por territorios geopolíticos que matan a decenas de miles de civiles. A menudo hace todo eso con una asombrosa desobediencia a las leyes del país que lo eligió para que lo gobernara.

¿Eso convertiría a Trump en un terrorista? Hay quien piensa que sí, pero lo cierto es que, por encima de cualquier ideología, su principal interés es lucrarse. Al igual que a las dos mayores organizaciones criminales de Brasil, a Trump el sistema le parece casi perfecto tal y como está, porque de él puede hacer uso (y abuso) para ampliar su poder en dólares.

En la maltrecha democracia de Estados Unidos todavía hay leyes que podrían estorbarlo, pero desde que lideró un intento de golpe de Estado y quedó tan impune que pudo presentarse a las elecciones, ganarlas y enloquecer a un mundo ya bastante enfermo, nada parece limitarlo. Esa es también la realidad de las organizaciones criminales de Brasil, que no hacen más que crecer dentro del sistema que finge combatirlas, ya que la llamada “guerra contra las drogas” resulta lucrativa para muchos pero no resuelve nada. Trump no encontraría enemigos en los líderes que desde las cárceles brasileñas dirigen sus empresas transnacionales, más bien almas gemelas.

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