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Red de redes
Columna

Oscar 2026: circo, Ozempic y alexitimia

El mundo en llamas por capricho de su presidente y Hollywood haciendo bromas sobre lo de Chalamet con el ballet

Timothée Chalamet, en la gala número 98 de los Oscars.Michael Buckner (Penske Media/ Getty Images)

Qué incómoda extrañeza ha desprendido la última gala de los Oscar. El mundo en llamas por capricho de su presidente y ellos haciendo bromas sobre la que había liado Timotheé Chalamet con el ballet. No se trataba de montar una asamblea política, pero la ignorancia deliberada de Hollywood a las consecuencias de las acciones de su país ha llegado a niveles tan escandalosos como para que tuvieran que ser los extranjeros de la fiesta los que señalaran, tímidamente, el elefante en la habitación. Fueron los aliens, por adoptar la jerga legal y deshumanizadora que ha popularizado Donald Trump sobre los migrantes, los que evidenciaron la marcianada de ignorar el dolor de los demás. “No a la guerra y Palestina Libre”, verbalizó escuetamente Javier Bardem al entregar el Oscar a Valor sentimental como mejor película internacional. “Todos los adultos son responsables de todos los niños. No votemos a políticos que no se lo tomen muy en serio”, dijo el director noruego de la película premiada, Joachim Trier, parafraseando a James Baldwin, uno de los autores que mejor ha explorado la estrecha relación entre el racismo y la homofobia de su país. Se podría decir que esos fueron los dos ¿grandes? alegatos políticos de una fiesta empeñada en rascarse la espalda, ajena a lo que estaba sucediendo fuera.

Por miedo a no conseguir trabajo de los magnates que se fotografían con Trump, por autocensura, por narcisismo, por nihilismo. ¿Qué ha pasado para que casi nadie se posicionara activamente contra la agonía a la que nos está llevando Estados Unidos?

En psicología existe un término para nombrar al trastorno neuropsicológico caracterizado por la dificultad para identificar, procesar y expresar las emociones propias: alexitimia, conocida popularmente como analfabetismo emocional. Un desorden que afectó hasta a Paul Thomas Anderson, el director de la película triunfadora de la noche, Una batalla tras otra, la ficción que mejor refleja el delirio político de nuestra era. “Por la decencia y el sentido común”, dijo en el escenario, sintiéndose tan digno como tibio. Cuando después le preguntaron por qué esa película y no otra era un reflejo de nuestro tiempo, esquivó la bala con un “¡pensé que estábamos celebrando!“. Qué aguafiestas, la prensa. Para qué indagar sobre la intención política de una cinta que ha recaudado millones evidenciando las ruinas morales de su país, para qué hacer su trabajo.

Qué lejos ha quedado aquel alegato de Meryl Streep de 2017 al recoger el premio a su carrera en los Globos de Oro, cuando todavía se llamaban a las cosas por su nombre. Allí atacó a Trump por “bully”, le recordó que ”si nos echas a todos, no tendrás nada que ver, excepto fútbol y artes marciales” y clamó por la libertad de información: “Necesitamos a una prensa de principios para tenerlos controlados, para poder denunciarlos en la alfombra roja e indignarnos”. Casi una década después, mucho Ozempic e hilos faciales tensores, pero ni rastro en el escenario de aquella elocuencia.

“Vivimos tiempos muy caóticos y aterradores. Es precisamente en momentos como estos cuando los Óscar cobran mayor relevancia”, aventuró Conan O’Brien, el presentador de la ceremonia, al inicio de la gala, advirtiendo de que en la noche podría “hablarse de política”. Se equivocaba. Ni Trump ni Netanyahu fueron citados. Nadie recordó a las niñas que murieron en el bombardeo de escuela de primaria Shajarah Tayyebeh de Irán. “No sé si va a ser una gala reivindicativa”, pronosticó acertadamente Javier Bardem al micrófono de Cristina Teva, reportera icónica que lleva dos décadas informando desde la alfombra roja. “De lo que sí tengo muchas ganas es de que la gente no tenga miedo y hable y diga lo que tenga que decir. Se puede pertenecer a este circo y al mismo tiempo ser ciudadano. Se puede o se debería poder hacer las dos cosas”, añadió. Ganó el circo. Y si algo quedó claro es que ya no se pueden hacer esas dos cosas a la vez.

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