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Premios Oscar
Análisis

Oscar 2026: gana el buen cine de Paul Thomas Anderson y Ryan Coogler, pierden los derechos civiles y la solidaridad

La Academia abraza ‘Una batalla tras otra’ y ‘Los pecadores’, pero, asustados por la coalición de Trump y los ‘tecnobros’, los cineastas prefieren hablar con la boca pequeña. Excepto Javier Bardem

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La gala de los Oscar 2026, en seis momentos
Paul Thomas Anderson, con el Oscar a mejor dirección. Foto: CHRIS TORRES (EFE)

En los años setenta Hollywood vivía haciendo equilibrios entre placas tectónicas: el andamiaje de los estudios se desmoronaba, y todo un ecosistema desaparecía. Por entre sus grietas, un grupo de cineastas se coló para dar a luz un puñado de obras maestras, que además reflejaban la incertidumbre social y el caos político en el que bullía Estados Unidos. En este 2026, el cine de Hollywood que ha llegado a los Oscar también está creado a espaldas del sistema alimenticio de las majors, es decir, ni superhéroes ni franquicias ni universos o multiversos. Ahora bien, para describir el descontrol que gobierna, en forma de presidente desde la Casa Blanca, aquel país y aterroriza al resto del mundo, los directores han tenido que recurrir a viajes en el tiempo. Hay mucho miedo a contar el aquí y el ahora: la alianza de Trump con los tecnobros asusta hasta a Sean Penn, que no recogió su Oscar (como sí había hecho con los dos ganados con Mystic River y Mi nombre es Harvey Milk). Curioso, cuando el personaje de Penn en Una batalla tras otra es físicamente igual a Gregory Bovino, comandante en jefe de la Patrulla Fronteriza, el temido ICE. Solo Javier Bardem fue capaz de decir clarito desde el escenario del Dolby cinco rotundas palabras en inglés: “Not to War. Free Palestine”. El resto, de perfil.

Así pues, ha ganado el buen cine. Había deudas pendientes en los Oscar con Paul Thomas Anderson y Ryan Coogler, especialmente con el primero. Ambos han estrenado este año trabajos tan diferentes a priori (Una batalla tras otra habla de los rescoldos que deja el fuego de una revolución; Los pecadores ahonda en el racismo, el blues y los vampiros) como muy similares si se les analiza: clásicos en su forma, construidos alrededor de repartos férreos que combinan estrellas y recién llegados, hablan de lo que pasa hoy en el mundo con tramas datadas en el pasado y no esconden sus inspiraciones en el cine estadounidense de pasadas décadas.

Es más, ahondando en el juego de espejos. Warner promocionaba a la vez a las dos favoritas, Los pecadores (que llegó con el récord de 16 nominaciones) y Una batalla tras otra (13 candidaturas). ¿Cuándo fue la última vez que un gran estudio tuvo a las dos favoritas en los Oscar? Pues fue en 1975, cuando Paramount llevó El Padrino II y Chinatown, obras del Nuevo Hollywood... que a su vez hablaban desde el pasado de los tiempos complicados.

Por ahí, bien. Con la estatuilla principal en la mano, Paul Thomas Anderson recordó justo esos filmes candidatos a mejor película en 1975 para subrayar que eran obras maestras envueltas una competición sin sentido. Hollywood 2026 rinde pleitesía a sus mayores. Pero en aquellos tiempos hubo mayor valentía en los cineastas, que no hicieron (o tuvieron que hacer) malabarismos para hablar de locos en el poder y genocidios en diversas partes del mundo. No se llevó estatuilla la brasileña El agente secreto, de Kleber Mendonça Filho, pero es otra película muy cercana a Una batalla tras otra.

En realidad, solo hubo un largometraje que recibiera el premio Oscar ilustrando lo que ocurre hoy: Mr. Nobody contra Putin, una de las pocas sorpresas —y fue muy agradable— de la noche. “Trata sobre cómo se pierde un país a través de innumerables pequeños actos de complicidad”, afirmaba el director David Borenstein en el escenario junto al profesor Pavel Talankin, a través de cuya cámara vemos el adoctrinamiento en un colegio ruso en los Urales cuando empieza la guerra de Ucrania. “Cuando un gobierno asesina a personas en las calles, cuando no decimos nada, cuando los oligarcas se apoderan de los medios de comunicación y controlan cómo los producimos...”. Nadie mencionó Ucrania, Irán, Israel, Gaza, Trump, Putin, Netanyahu, genocidio (lo de Venezuela, qué lejos queda)... Solo Bardem dijo Palestina. Mucho sacar pecho porque estaban representados en esa gala 31 países de seis continentes, poca solidaridad con el infierno que arrasa medio planeta.

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Sean Penn gana el Oscar al mejor actor de reparto

Siendo una edición de películas que transcurrían en el pasado, y siendo también una temporada desoladora por la cantidad de fallecimientos de leyendas, era obvio que la gala estaría lastrada por la nostalgia. El In Memoriam duró 15 minutos, y no importó, fue bellísimo y fluyó. Otra cosa fueron los errores de la realización, que no enfocó, por ejemplo, a todos los participantes del homenaje a Rob Reiner, y de sonido, reiterados durante toda la ceremonia y que estropearon el momento en que Barbra Streisand entonó con casi 84 años Tal como éramos.

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El homenaje de Barbra Streisand a Robert Redford

Con un cine tan político, tantos discursos sosos retrataban a un colectivo de artistas asustado. Y que se agarran a la esperanza de que pase pronto el mal trago. Paul Thomas Anderson dijo a sus hijos: “Siento el desastre de mundo que os dejamos. Sois la generación destinada a cambiarlo”. El noruego Joachim Trier, con el Oscar a mejor película internacional en la mano por Valor sentimental, parafraseó al novelista estadounidense James Baldwin: “Todos los adultos son responsables de los niños. No deberíamos votar a los presidentes que no tienen esto en cuenta”. Por cierto, Trier, le honra, agradeció a los directores que han retratado temas como las guerras y los conflictos bélicos.

Esta mañana casi todo seguirá igual. Algunos cineastas podrán expresar sus ideas a través de las películas. La mayor parte seguirán amordazados o mirarán hacia otro lado o, más doloroso, pensarán que la situación no tiene arreglo. Algunas han cambiado a mejor: Autumn Durald Arkapaw ha acabado con un techo de cristal y, por primera vez, una mujer ha ganado en dirección de fotografía. Otras subrayan la desolación de la travesía: Paramount, propiedad de un tecnobro amigo de Trump, será dueña de Warner, que ha vivido su última noche de gloria en los Oscar. Seguro que llegarán más películas brillantes; tan seguro como que Bardem protestará por las injusticias sociales y políticas.

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