Habermas como filósofo de la democracia constitucional
El pensador alemán, fallecido el pasado sábado, representa la figura del intelectual público: un pensador que no se limita a la reflexión académica, sino que interviene activamente en la discusión sobre los problemas políticos de su tiempo

El pensamiento de Jürgen Habermas, que falleció el pasado sábado a los 96 años, ocupa un lugar central en la filosofía política contemporánea, y la lectura que de él cabe realizar ha de destacar tanto su profundidad teórica como su permanente implicación en los debates públicos. Habermas representa la figura del intelectual público: un pensador que no se limita a la reflexión académica, sino que interviene activamente en la discusión sobre los problemas políticos de su tiempo. Esta doble dimensión —teórica y cívica— constituye una de las claves para comprender su obra.
Habermas es, en primer lugar, un filósofo cuya reflexión se inscribe en la tradición intelectual alemana, pero que también se distancia críticamente de ella. Frente al giro metafísico de Martin Heidegger, Habermas orienta la filosofía hacia los problemas prácticos de la convivencia política. Aunque procede de la Escuela de Frankfurt, rechaza el pesimismo radical de algunos de sus miembros, como Adorno, y apuesta por reconstruir las bases racionales de la democracia. Al mismo tiempo, se aparta del formalismo del derecho público alemán tradicional, influido por Max Weber, que tendía a concebir el derecho como un sistema normativo autónomo centrado en el Estado. Habermas propone, en cambio, una concepción en la que la legitimidad del derecho depende de su fundamentación en procesos democráticos de deliberación pública.
En este sentido, Habermas puede describirse como un demócrata radical, no porque proponga una transformación revolucionaria del sistema político, sino porque busca fundamentar la democracia en principios normativos más profundos. Su preocupación central es explicar cómo puede justificarse racionalmente la autoridad del derecho y de las instituciones políticas en sociedades pluralistas.
El núcleo de esta propuesta es la democracia deliberativa o discursiva. Según Habermas, la democracia no debe entenderse únicamente como un mecanismo de agregación de preferencias mediante el voto, sino como un sistema institucional que organiza la deliberación pública entre ciudadanos libres e iguales. El Parlamento constituye el espacio institucional donde ese diálogo se formaliza, permitiendo que las decisiones colectivas se adopten a través de la argumentación y la discusión.
Esta concepción se opone a dos modelos alternativos de la política. Por un lado, al dogmatismo ideológico que pretende determinar de antemano la verdad política —como en ciertas interpretaciones del marxismo—. Por otro, al decisionismo basado en el liderazgo carismático, característico del pensamiento de Carl Schmitt y de diversas formas de populismo contemporáneo. Para Habermas, la legitimidad política no deriva ni de una verdad ideológica ni de la autoridad de un líder, sino del proceso mediante el cual los ciudadanos participan en la deliberación pública.
La democracia deliberativa se fundamenta en dos ideas principales. La primera es de carácter moral: la deliberación implica el reconocimiento recíproco de los ciudadanos como iguales, capaces de participar en la discusión sobre los asuntos comunes. La segunda es de carácter pragmático: la deliberación colectiva aumenta la probabilidad de alcanzar decisiones razonables para la comunidad.

Un aspecto central del pensamiento habermasiano es su concepción dialógica de la política y del conocimiento. Las normas jurídicas y las decisiones políticas solo pueden considerarse legítimas si han sido sometidas a un procedimiento discursivo en el que los participantes aceptan que el mejor argumento debe prevalecer. La racionalidad política se basa, por tanto, en la fuerza de los argumentos y no en la autoridad o la tradición.
Esta lógica deliberativa encuentra su expresión institucional más clara en la Constitución. Para Habermas, la Constitución representa el acuerdo fundamental de una comunidad política y el marco que garantiza las condiciones del diálogo democrático. Por esta razón, no puede interpretarse como un texto cerrado, sino como el resultado de una conversación política permanente. Su apertura a la reforma refleja precisamente su carácter dinámico y su dependencia de la deliberación pública.
Otro elemento fundamental de la reflexión habermasiana es la relación entre derechos humanos y dignidad de la persona. Aunque el constitucionalismo moderno incorporó explícitamente la noción de dignidad tras la Segunda Guerra Mundial, Habermas sostiene que los derechos humanos siempre han estado vinculados conceptualmente a ella. Históricamente, los derechos fundamentales surgieron como respuesta a experiencias de opresión, despotismo y humillación.
Los derechos humanos presentan, según Habermas, una doble naturaleza. Por un lado, poseen una dimensión moral, ya que expresan exigencias éticas derivadas del respeto a la dignidad humana. Por otro, tienen una dimensión jurídica y política, pues solo adquieren eficacia real cuando son reconocidos y protegidos por un ordenamiento jurídico. Habermas afirma que los derechos humanos tienen un “rostro jánico”: miran simultáneamente hacia la moral y hacia el derecho.
La relación entre dignidad humana y derechos fundamentales tiene consecuencias importantes para la teoría de los derechos. Habermas sostiene que todos los derechos derivan de una misma fuente normativa —la dignidad de la persona— y, por tanto, no es posible establecer una jerarquía entre ellos. Los derechos civiles, políticos y sociales forman un conjunto indivisible. La reflexión sobre los derechos conduce también a una comprensión histórica de su evolución. Originalmente, los derechos surgieron como reivindicaciones concretas de determinados grupos sociales frente al poder. Con el tiempo, su titularidad se universalizó y su contenido se amplió, incorporando nuevos derechos de participación y derechos sociales. La consolidación de los derechos fundamentales está, por tanto, estrechamente ligada al desarrollo del Estado constitucional democrático.
Otro eje fundamental del pensamiento de Habermas es su crítica al nacionalismo como fundamento de la comunidad política. La experiencia histórica del siglo XX, especialmente en Alemania, llevó a Habermas a desconfiar de las identidades políticas basadas en la etnia, la cultura o la historia común. En sociedades cada vez más diversas, estos criterios pueden resultar excluyentes y generar conflictos.
Frente al nacionalismo tradicional, Habermas propone el concepto de patriotismo constitucional. Este modelo de identidad política se basa en la adhesión a los principios y procedimientos del Estado democrático de derecho. Los ciudadanos se identifican con los valores constitucionales y con la participación común en las instituciones democráticas, y no con una comunidad de origen cultural o étnico.
El patriotismo constitucional permite concebir una identidad política compatible con sociedades pluralistas. Además, abre la posibilidad de pensar la comunidad política más allá del Estado nacional. En este sentido, Habermas considera que el proceso de integración europea representa un paso hacia una comunidad política posnacional.
La globalización, la interdependencia económica y la diversidad cultural han reducido la capacidad de los Estados nacionales para actuar de manera autónoma. En este contexto, la cooperación política supranacional se vuelve cada vez más necesaria. Para Habermas, la Unión Europea podría constituir una comunidad política basada no en una identidad cultural homogénea, sino en principios democráticos compartidos.
Las intervenciones recientes de Habermas en el debate público muestran también su preocupación por las crisis políticas contemporáneas. Ha reflexionado sobre fenómenos como el auge del populismo en Estados Unidos, interpretando el éxito de líderes como Donald Trump como el resultado de transformaciones profundas en la política norteamericana y del debilitamiento del liderazgo democrático en el ámbito internacional.
La Europa de los conflictos
Asimismo, ha analizado el papel de Europa en los conflictos actuales, como la guerra en Ucrania, defendiendo la necesidad de que la Unión Europea refuerce su capacidad de acción política y estratégica. Para Habermas, la integración europea debe avanzar hacia una mayor coordinación en materia de política exterior y defensa, siempre dentro de un marco democrático y constitucional.
Sin duda Habermas es uno de los grandes teóricos de la democracia contemporánea. Su obra constituye un esfuerzo sistemático por fundamentar la legitimidad política en el diálogo racional entre ciudadanos libres e iguales, por defender la centralidad de los derechos fundamentales y por repensar la identidad política en sociedades pluralistas y globalizadas.
Conceptos como democracia deliberativa, dignidad humana, indivisibilidad de los derechos y patriotismo constitucional forman el núcleo de una teoría política que busca fortalecer las bases normativas del Estado constitucional. En un contexto marcado por crisis políticas y cuestionamientos del orden liberal, el pensamiento de Habermas continúa ofreciendo herramientas conceptuales valiosas para comprender y defender la democracia.
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