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Tribuna

Lo que se juega Erdogan en Irán

La guerra de Israel y EE UU contra los ayatolás pone al presidente turco en una cuerda floja como nunca ha visto en sus más de 20 años en el poder

El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan. DPA vía Europa Press (DPA vía Europa Press)

Recep Tayyip Erdogan lleva más de dos décadas perfeccionando el arte de la ambigüedad estratégica. Pero la guerra contra Irán lo ha situado en una cuerda floja más fina que cualquiera de las que haya cruzado antes. No se trata simplemente de elegir entre aliados y enemigos. Está gestionando, al mismo tiempo, cinco cables en tensión. Y, fiel a su estilo, Erdogan parece avanzar en puntillas, calculando que el caos puede servirle más de lo que le amenaza.

El primer cable es el que ha logrado neutralizar con mayor esmero. Durante años, el infame caso Halkbank arrojó una larga sombra jurídica sobre su relación con Washington. El banco estatal turco fue acusado en un tribunal federal de Manhattan de participar en un esquema multimillonario que ayudó a Irán a eludir las sanciones estadounidenses mediante una elaborada red de intercambio de petróleo por oro que operó entre 2011 y 2013, conectada por los fiscales a altos funcionarios turcos y, por implicación, al propio Erdogan y a su entorno familiar. El caso sobrevivió a apelaciones ante el Tribunal Supremo y parecía destinado a convertirse en una espada de Damocles diplomática permanente.

Pero el 9 de marzo de 2026 —apenas días tras la escalada— el Departamento de Justicia estadounidense presentó discretamente un acuerdo: sin sanciones financieras, sin admisión de culpabilidad y con la promesa de retirar los cargos una vez que un monitor de cumplimiento dé su visto bueno. La coincidencia temporal no es casual. Con Trump de regreso en la Casa Blanca y volcado en la cooperación —o al menos en la no obstrucción— turca, la espada de Halkbank ha sido envainada. Tras haber comprobado lo provechosa que puede ser su “amistad” con Trump, Erdogan debió de respirar aliviado.

Ese respiro, sin embargo, dista de ser cómodo. El segundo cable exige de Erdogan caminar con extrema cautela en torno a la guerra de Trump. Turquía —miembro de la OTAN y con una frontera de 534 kilómetros con Irán— no puede antagonizar abiertamente con el impulsivo e impredecible presidente estadounidense ni poner en riesgo el vínculo más importante, si no el único, que aún lo mantiene en pie dentro del sistema occidental. Erdogan ha advertido públicamente de una “guerra devastadora” que podría generar “oleadas de migración irregular”, pero sus palabras están calibradas: lo bastante altas para expresar preocupación regional, lo bastante suaves para no sonar a oposición. El equilibrio es deliberado: Ankara no tiene interés en quedar arrastrada a una confrontación directa con Teherán, pero tampoco en perder el capital político que le proporciona su proximidad al círculo íntimo de Trump. En su análisis, la Unión Europea, sumida en la desorientación, cuenta menos que nunca. Lo sabe por sus conversaciones recientes con Ursula von der Leyen: la preocupación principal en Bruselas es la amenaza de un éxodo masivo de refugiados iraníes. Un terreno que Erdogan conoce de sobra y ha aprendido a explotar en su beneficio.

El tercer cable es el más silenciosamente combustible. Desde junio de 2024, Erdogan prohibió públicamente el comercio con Israel, erigiéndose en el más ruidoso defensor de los derechos palestinos. Pero los datos de rastreo marítimo de Kpler cuentan otra historia: las importaciones israelíes de crudo azerbaiyano a través del puerto turco de Ceyhan —bombeado por el oleoducto Bakú-Tbilisi-Ceyhan— alcanzaron los 94.000 barriles diarios en 2025, un aumento del 31% interanual y un máximo de tres años. El flujo comercial pasa de forma invisible por infraestructura turca porque Ankara insiste en que no controla el destino del petróleo azerbaiyano. Una ficción jurídica que conviene a todos: Bakú mantiene sus ingresos, Ankara preserva su papel de estado de tránsito clave y Tel Aviv mantiene sus refinerías abastecidas. Con los precios del petróleo disparados por la guerra en Irán, a Erdogan le conviene proteger con mimo tanto este triángulo energético como su cercanía estratégica con el Azerbaiyán de Ilham Alíyev. Denuncia a Israel ante las cámaras, pero engrasa sus refinerías tras ellas.

El cuarto cable es existencial. El ministerio de Defensa turco confirmó el 4 de marzo de 2026 que sigue “muy de cerca” las actividades del Partido de la Buena Vida en el Kurdistán (PJAK), el grupo kurdo iraní afiliado al Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), advirtiendo que sus acciones “afectan negativamente no solo a la seguridad de Irán, sino también a la paz y estabilidad regionales”. La advertencia iba dirigida tanto a Washington como a Teherán: circulaban informes de contactos entre milicias kurdas iraníes y funcionarios estadounidenses sobre posibles operaciones en el oeste de Irán. Analistas veteranos coinciden en que, dadas las oscilaciones de Trump —a veces diarias— y el rumbo incierto de la guerra, no puede descartarse una implicación armada kurda en suelo iraní.

Para Erdogan, sería el peor escenario imaginable. Lleva años desmantelando metódicamente la agencia política kurda: debilitando la autonomía kurda siria tras la caída de Bashar el Asad, presionando al PKK hacia el desarme interno y destituyendo por decenas a alcaldes prokurdos electos. Una guerra en Irán que revitalice al movimiento armado kurdo iraní, con posible respaldo estadounidense, desharía ese minucioso tejido, abriría la puerta a una nueva autoadministración kurda y reavivaría las expectativas de los kurdos turcos. Lo que menos puede permitirse Erdogan es un “éxito kurdo” al otro lado de su frontera. En esto, de nuevo, deposita su confianza en Trump, como ya hizo con Siria y le funcionó.

El quinto cable toca directamente su supervivencia política. Turquía ya acoge una de las mayores poblaciones refugiadas del mundo. Estimaciones en Ankara señalan que un conflicto abierto en Irán podría empujar hasta un millón de iraníes hacia la frontera turca. Los funcionarios turcos han advertido al Parlamento que semejante escenario constituye una “línea roja”. Para Erdogan, que necesita ganar otro mandato —ya sea mediante reforma constitucional o elecciones anticipadas, opciones ambas que requieren votos kurdos o el colapso de la oposición—, una crisis humanitaria en la frontera oriental le otorgaría a sus rivales el único argumento capaz de unir a un electorado fracturado. El proceso de desarme kurdo en casa le ofrece una herramienta para neutralizar la política kurda interna antes de que resurja la inspiración desde Irán. Y la decapitación legal del CHP —con el juicio a Ekrem Imamoglu abierto en Estambul el 9 de marzo y el congreso del partido bajo impugnación judicial— deja a la oposición laica más pendiente de su supervivencia institucional que de una estrategia electoral.

La única variable que escapa a su control es la energía. Un choque sostenido en los mercados de petróleo y gas —por la prolongación del conflicto, el colapso de seguros en el estrecho de Ormuz y la interrupción en los oleoductos— podría erosionar la economía turca a un ritmo que ningún tribunal podría contener. La inflación, que ya mordía fuerte en 2024, mordería aún más. Y el dolor económico, históricamente, ha sido la única fuerza capaz de mover al votante turco, por encima de cualquier ingeniería judicial.

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