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TRIBUNA

Diario de guerra

La única libertad que nos queda, como civiles que sufren bombardeos periódicos, es decidir hasta qué punto dejamos que el conflicto controle nuestra vida

Nicolás Aznárez

En mi primer día de instituto, me dieron un carné de estudiante. Era un cartoncito rectangular de color azul claro con el logotipo del colegio encima de mi foto, mi nombre y mi número de identidad nacional. En el reverso del carné había una cita anónima (que más tarde descubrí que se atribuye erróneamente a Albert Camus), que decía: “No camines delante de mí, quizá no te siga. No camines detrás de mí, quizá no te guíe. Camina a mi lado, sé mi amigo, nada más”.

Creo que no hubo un solo día de mi etapa en el instituto en el que no leyera esas frases escritas en la tarjeta que llevaba en el bolsillo trasero del pantalón. No lo hacía a propósito; lo hacía sin más, como una especie de tic. Después de la clase de gimnasia o en medio de la clase de Física, el trozo de cartón azul claro asomaba en el bolsillo, y mis labios murmuraban la cita, del mismo modo que los judíos devotos suelen susurrar la oración de Shemá Israel.

En cierto sentido, esa cita se convirtió en mi credo: el deseo de existir en un espacio en el que nadie me controle a mí ni controle yo a nadie. Esto es mucho más difícil de lo que parece. La diferencia entre mantenernos firmes en nuestras opiniones e imponerlas a otra persona puede parecer vaga y confusa; es una especie de número acrobático, como caminar por la cuerda floja. Y, cuanto más peso tienen las redes sociales en nuestra vida, menos factible resulta.

La dinámica de las redes sociales implica siempre una lucha por el control. Si todos los entes con los que nos relacionamos en internet se denominan seguidores, es por algo. Y si las únicas opciones son seguir o que nos sigan, es natural escoger una de las dos: ser el líder o dejar que nos lideren. La tercera opción, acompañar la historia o el hilo de alguien y ser su amigo, es prácticamente imposible.

La semana pasada, durante las numerosas horas que permanecí sentado en un refugio antiaéreo, no pude evitar recordar aquellas líneas que Camus nunca escribió. Allí estaba yo, atrapado en un sitio cerrado, obligado a intimar con gente a la que en realidad no conocía, esperando a que en el móvil apareciera un mensaje impersonal del mando del frente interior que me dijera que era seguro salir del refugio. Puede que haya muchas formas de justificar el actual conflicto con Irán, pero lo que no se puede decir de esta guerra —de cualquier guerra— es que es un amigo que camina a nuestro lado. No es que salga corriendo al refugio antiaéreo en mitad de la noche unas veces porque ha sonado la alarma antiaérea y otras por que se me ha ocurrido a mí. Tampoco es que las decisiones sobre los objetivos de la guerra y su duración se tomen de forma colectiva. La guerra siempre exige ser la que manda, y la única libertad real que nos queda, como población civil de una nación que sufre bombardeos periódicos, es decidir hasta qué punto dejamos que nos controle la vida. Es decir: ¿en qué medida dejamos que el conflicto sea nuestro líder? ¿Debemos reducir toda nuestra existencia a obedecer de forma pasiva las órdenes dictadas por los señores de la guerra?

Desde que empezó el conflicto, me he empeñado tercamente en intentar resistirme a su tiranía creando una rutina diaria que sea mía y producto de mi propia voluntad, que no dependa únicamente del estruendo de las sirenas y el silbido de los misiles. Puede consistir en dar un paseo por la playa, intentar escribir —en vano— o hacer yoga con conejitos sobre la alfombra del salón; cualquier cosa que surja de mí y que me dé la sensación de que es una decisión mía. Intento ir dando tumbos al lado de la guerra, en vez de dejar que me lleve otra vez a los rincones ya conocidos de la impotencia y el miedo. Sin embargo, los responsables de periódicos de todo el mundo no dejan de enviarme correos para preguntarme si puedo explicar la guerra a sus lectores, como si la guerra fuera un proyecto en el que participo yo; como si pudiera enviar una presentación de diapositivas que explique claramente la situación, en lugar de indicar todos los temores —algunos justificados, otros no tanto— de los líderes estadounidenses e israelíes, que están preocupados, sobre todo, por su propia supervivencia política. Me daría vergüenza enviar un artículo a un medio de comunicación importante solo para confesar que hace mucho tiempo que he dejado de entender verdaderamente lo que está pasando en el mundo y que si antes me atrevía a ahondar y predecir hacia dónde íbamos, ya no lo consigo.

El chico con el pelo cortado a tazón que está sentado a mi lado en el refugio antiaéreo está viendo algo en el teléfono y me pongo a mirar su pantalla. Acabamos los dos viendo una animación creada por inteligencia artificial de un niño-mono que hace varias tareas domésticas: arranca malas hierbas, barre el suelo, lava los platos… todas las labores que hacíamos antes de que se inventaran el lavavajillas y la Roomba. Por lo visto, el esforzado niño-mono no se ha encontrado nunca con la cita que figuraba en mi carné escolar, y parece contento con dejar que la vida y la aplicación lo lleven a donde quieran. El niño real y las demás personas que están en el refugio son igual de dóciles. Aquellos días azules de carnés de cartón en los que aspirábamos a caminar junto a la vida quizá no regresen jamás. En la próxima guerra es probable que nos encontremos con nuevos vídeos en los que un ajetreado niño-mono estará sentado en un refugio antiaéreo mirando el móvil. Sin hacer nada. Igual que nosotros.

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