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tribuna

La IA y un futuro de (des)igualdad de género

La nueva tecnología aprende y se alimenta de océanos de datos provenientes de una sociedad que ha sido y sigue siendo asimétrica en la forma de tratar a hombres y mujeres

Una azafata, junto a un robot en el Mobile World Congress, este miércoles en Barcelona. GIANLUCA BATTISTA

En la carrera por la automatización hemos pasado por alto una verdad incómoda: la inteligencia artificial (IA) no se limita a procesar datos; también refleja los valores que circulan en la sociedad. Para las nuevas generaciones, los modelos de lenguaje han dejado de ser simples herramientas y se han transformado en un espacio social más, un entorno donde contrastan ideas y moldean su identidad. Pero esa interacción aparentemente fluida y neutral encierra una paradoja, ya que, lejos de situarse al margen de las desigualdades, la automatización inteligente puede actuar como un reflejo distorsionado que las reproduce bajo la apariencia de objetividad.

La IA no se crea en un vacío aséptico. Aprende y se alimenta de océanos de datos provenientes de una sociedad que ha sido y sigue siendo asimétrica. En consecuencia, cuando estos sistemas procesan patrones históricos, no necesariamente proyectan un horizonte superador, sino que reorganizan información que ya contiene huellas de esa desigualdad. Mientras la tecnología vuela, nuestra mirada crítica no evoluciona al mismo ritmo.

El impacto de no hacerlo ya es visible, como demuestran los resultados de nuestro estudio Espejismo de Igualdad. La IA no sólo responde, sino que también moldea imaginarios. En determinados contextos, ofrece mensajes distintos según el género, influyendo silenciosamente en la forma en que los jóvenes construyen su identidad. Por un lado, con las chicas adopta un tono íntimo y emocional que, bajo la apariencia de empatía, termina por reforzar una narrativa de vulnerabilidad al etiquetarlas como “frágiles” en el 56% de los casos, una cifra casi cuatro veces mayor que la de los hombres. Por otro lado, a los chicos se les suele exigir un mayor grado de autosuficiencia y control, privilegiando la contención sobre la expresión emocional, como si mostrar sentimientos fuese incompatible con ciertas expectativas de masculinidad.

Esta dinámica no se limita a la esfera personal. En el ámbito corporativo, donde el dominio de la tecnología define cada vez más la competitividad, ya se aprecia una brecha significativa en la antesala del mercado laboral. Ante currículos equivalentes, algunos sistemas de IA pueden inferir una menor experiencia en las mujeres, descontando casi un año de trayectoria relevante en comparación con los hombres. El efecto de este sesgo merece toda nuestra atención, puesto que corremos el riesgo de que la tecnología, lejos de ampliar horizontes, simplemente redibuje las viejas barreras con otra apariencia.

Frente a este panorama, sería un error señalar a la IA como el enemigo a batir, ya que una automatización inteligente concebida y entrenada bajo principios de equidad posee un potencial transformador único. Al procesar millones de datos, puede auditar, detectar y visibilizar esas brechas de desigualdad. Por lo tanto, si asumimos el reto de programar la equidad desde su concepción, esta dejará de ser un reflejo de nuestros prejuicios para convertirse en nuestra herramienta aliada para acelerar la igualdad de oportunidades. Ahora bien, si continuamos aceptando las respuestas sin cuestionarlas, seguiremos convirtiendo los prejuicios en norma. Y el mayor peligro surge, precisamente, cuando la tecnología automatiza esa norma, provocando que el sesgo deje de ser visible y se vuelva estructural.

En definitiva, para que el futuro no arrastre los sesgos existentes, la IA debe ir acompañada, hoy más que nunca, de una profunda alfabetización crítica. En esta era de transformaciones, interioricemos que la igualdad también se programa. El verdadero reto que enfrentamos es convertir a la IA en algo más que un simple reflejo de nuestras asimetrías actuales. Solo si intervenimos en el diseño desde este mismo instante, lograremos que el código deje de perpetuar nuestros sesgos y se convierta en la palanca definitiva para alcanzar la equidad real.

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