Europa ante la hora de la responsabilidad estratégica
El momento exige decisiones presupuestarias, industriales y organizativas que durante décadas se han postergado


Dos señales han marcado el debate sobre la seguridad europea en las últimas semanas. La primera viene de Estados Unidos. La segunda, de Europa. Ambas apuntan en la misma dirección: el continente debe prepararse para asumir la responsabilidad primaria de su defensa convencional.
En la OTAN, el subsecretario estadounidense de Defensa para Política, Elbridge Colby, explicitó recientemente algo que se lleva tiempo madurando en Washington. Estados Unidos seguirá comprometido con la Alianza Atlántica, pero no puede —ni quiere— seguir siendo el garante principal de la defensa convencional de Europa. En la mísma línea, el secretario de Estado, Marco Rubio, reiteró en Múnich que la relación transatlántica sigue siendo un interés estratégico central para Washington, aunque en un marco más equilibrado. Por un lado, la Estrategia de Defensa Nacional de EE UU resalta la priorización estratégica del territorio nacional y la región Indo-Pacífico. Por otro, la reciente intervención contra Irán subraya hasta qué punto Washington debe gestionar simultáneamente múltiples teatros estratégicos. Ambos puntos refuerzan la lógica de una mayor responsabilidad europea.
Conviene entender qué significa —y qué no significa— este mensaje. No equivale a un abandono. Washington mantendrá presencia convencional en Europa, seguirá proporcionando disuasión nuclear extendida y conservará el liderazgo estratégico dentro de la OTAN. Esto último no es un detalle técnico: la disuasión y la defensa no son una mera suma de capacidades nacionales. Requieren una cadena de mando clara, una arquitectura integrada de planificación y un marco político cohesionado. Hoy no existe alternativa realista al marco transatlántico ni al liderazgo estratégico estadounidense para garantizar esa coherencia.
Lo que sí implica es un reequilibrio. Estados Unidos está siendo explícito: la distribución de responsabilidades debe cambiar. Pero ese cambio no puede ser abrupto ni descoordinado. La secuencia y la coordinación son determinantes. Una reducción progresiva y pactada de la presencia estadounidense, acompañada de un aumento tangible y planificado de las capacidades europeas, refuerza la credibilidad colectiva. Una retirada desordenada la debilitaría.
La segunda señal llega desde Europa. Por un lado, la OTAN anunció hace dos semanas una reestructuración de su estructura de mandos que prevé transferir a oficiales europeos la dirección de dos cuarteles generales aliados hasta ahora bajo liderazgo estadounidense. No es un gesto simbólico. Es un ajuste operativo que apunta a una mayor asunción europea de responsabilidades dentro del marco aliado.
Por otro lado, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, el canciller alemán Friedrich Merz formuló un diagnóstico que conecta directamente con esta evolución. Reconoció que el orden internacional liberal ya no opera como antes y que Estados Unidos no puede actuar en solitario en un mundo de rivalidad entre grandes potencias. Pero fue igualmente claro en otro punto: Europa no debe renunciar a Estados Unidos como socio estratégico. Reforzar la capacidad europea no es romper con Washington, sino fortalecer una alianza que sigue siendo vital para ambas partes.
El discurso de mayor responsabilidad estratégica europea no es incompatible con el atlantismo; es su adaptación necesaria a un entorno más exigente. El debate, por tanto, ya no es si Europa debe hacer más. Es si está dispuesta a hacerlo en serio.
Asumir la responsabilidad primaria de la defensa convencional implica, en primer lugar, clarificar la división del trabajo dentro de la OTAN. Un mayor protagonismo europeo en el mando operativo puede y debe ser compatible con la supervisión estratégica estadounidense. No se trata de sustituir a Estados Unidos, sino de reforzar el pilar europeo dentro de una estructura aliada unificada.
En segundo lugar, exige realismo respecto a Rusia. La guerra en Ucrania ha erosionado capacidades rusas, pero no ha eliminado el desafío estructural que Moscú representa. Rusia conserva capacidad de adaptación y experiencia operativa. Planificar sobre la hipótesis de un adversario permanentemente debilitado sería un error.
En tercer lugar, obliga a prepararse para escenarios en los que Estados Unidos concentre recursos en Asia. Si una crisis europea coincidiera con una crisis en el Indo-Pacífico, ¿dispone Europa de los medios necesarios en defensa aérea, munición de precisión, movilidad militar y mando y control? La respuesta honesta es que todavía no.
Pero mayor responsabilidad no equivale a autonomía entendida como desvinculación. La credibilidad de la disuasión europea sigue descansando en la garantía nuclear estratégica estadounidense y en la integración bajo un mando aliado unificado. Fragmentar ese marco no haría a Europa más fuerte; la haría más vulnerable y más dividida.
La transición debe gestionarse como un proceso concertado. Estados Unidos tiene interés en que Europa sea más capaz y menos dependiente en el plano convencional. Europa tiene interés en que el compromiso estadounidense siga siendo estructurante y creíble. El desafío político consiste en alinear ambas dinámicas sin alimentar sospechas ni tentaciones rupturistas.
La paradoja es que una Europa que asume mayor responsabilidad puede reforzar —no debilitar— la OTAN. Una Alianza en la que los europeos sostienen el peso principal de la defensa convencional del continente, mientras Estados Unidos mantiene el liderazgo estratégico y la disuasión nuclear, es más sostenible que el modelo de dependencia asimétrica heredado de la Guerra Fría.
El momento exige algo más que declaraciones. Exige decisiones presupuestarias, industriales y organizativas que durante décadas se han postergado. Exige también honestidad política: explicar que la seguridad tiene costes y que la protección estadounidense no puede darse por descontada.
La cuestión no es si Europa puede permitirse asumir esa responsabilidad. Es si puede permitirse no hacerlo, y hacerlo tarde, mal o sola.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.




























































