El cine español es grande e incómodo
La buena cosecha de los Goya demuestra que el talento sigue sobreponiéndose a la debilidad industrial y a la desdén político

Si la entrega de los premios Goya, que esta noche se celebra en Barcelona, sirve para valorar la cosecha anual del cine español, la de este año ha sido mediana en taquilla pero excepcional en calidad. Dos películas llegan a la gala después de ganar la Concha de Oro en las dos últimas ediciones del festival de San Sebastián (Tardes de soledad y Los domingos). Mientras, una tercera, Sirat, es candidata a los próximos Oscar en dos categorías: mejor película internacional y mejor sonido.
El filme de Oliver Laxe, además, se alzó en mayo pasado con el Premio del Jurado en Cannes, donde coincidió con Ciudad sin sueño y con Romería, de Carla Simón, que —como Albert Serra, Alauda Ruiz de Azúa y el propio Laxe— opta hoy al premio a la mejor dirección. El plantel de candidatos en esa categoría lo completan Aitor Arregi y Jose Mari Goenaga, directores de Maspalomas, una valiente y brillante indagación en la homosexualidad de las personas mayores.
Este año la metáfora de la gran familia del cine español es algo más que una fórmula manida. Los vínculos familiares son la espina dorsal de historias que muestran tanto la diversidad —también lingüística, incluida la lengua de signos en Sorda— de la sociedad española como la incomprensión a la que se enfrentan quienes no encajan en la norma, sean ancianos, jóvenes o adolescentes.
Si las galardonadas ex aequo el año pasado —El 47 y La infiltrada— eran cine popular teñido de cierta épica —este año presente en forma de comedia con La cena— las que compiten hoy son mayoritariamente grandes historias personales que además trascienden su argumento gracias a las actrices y actores que las interpretan, a quienes las dirigen y a equipos técnicos de altísimo nivel.
Este ha sido un año de gran cine, pero no de cine cómodo. De ahí que filmes como Sirat, Tardes de soledad y, sobre todo, Los domingos, hayan abierto debates fuera de las salas. Así, el dilema planteado por Alauda Ruiz de Azúa sobre la vocación religiosa de una joven de 17 años ha servido para que toda una sociedad vea como la espiritualidad se instala —antes de que Rosalía lanzara su último disco— entre sus temas de conversación.
Esta noche los premios de la Academia —que cumplen 40 años— volverán a poner el foco sobre una industria llena de talento que, sin embargo, tiene que competir con las todopoderosas majors de Hollywood, la escasez de salas y los nuevos hábitos de consumo en los espectadores. Entre tanto, la ley del cine sigue estancada, en buena parte, por el miedo del Gobierno a fracasar en su aprobación. Que el texto legislativo vaya camino de quedarse anticuado confirma que el cine sigue siendo, en la polarizada política española, un arma arrojadiza. Y, lamentablemente, lo será mientras los partidos, sea cual sea su ideología, no entiendan que apoyarlo ha de ser política cultural de Estado.
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