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COLUMNA

Cipayuso

La historia de España y la de EE UU no se entenderían la una sin la otra, sin comprender cómo la civilización hispana fue saboteada por el imperio angloamericano

Ayuso posaba el 16 de noviembre con tres aficionados en el partido de la NFL que se jugó en el Santiago Bernabéu. JUANJO MARTÍN (EFE)

Yo, Isabel Díaz Ayuso, quiero conceder la Medalla Internacional de la Comunidad de Madrid a los Estados Unidos de Donald Trump porque la libertad y la vida son los dos bienes más preciados de la humanidad. Libertad de expresión, como la que practica Elon Musk soterrando en el algoritmo las voces críticas; libertad de movimiento, como la de los hispanos en EE UU, que cada día tienen que moverse más para escapar entre redada y redada; libertad de elegir tu proyecto vital, si uno quiere ser metido en jaulas, deportado con grilletes o enviado al Cecot.

La vida también es un gran valor hispano que EE UU ha defendido con múltiples golpes de Estado e intervenciones militares, desde Nicaragua a Honduras y demás guerras bananeras, que entendemos porque a nosotros también nos gusta la fruta. Porque la historia de España y la de Estados Unidos no se entenderían la una sin la otra, concretamente sin comprender cómo la civilización hispana fue saboteada y expoliada por el imperio angloamericano.

Todavía queda en EE UU un legado que se transmite en nombres como Florida, Nuevo México, Texas, Arizona, Colorado y demás tierras que fueron robadas para bases militares, experimentos eugenésicos y ensayos nucleares. Nombres que, por cierto, causan burla entre los yanquis cuando algún latino los pronuncia bien en lugar de flórida, niu mécsicou o coloradou. Compartimos el uso del español como idioma, aunque en algunos lugares de EE UU haya que tener cuidado antes de hablarlo en voz alta o sea la lengua que Donald Trump retiró de la página de la Casa Blanca en su primer mandato y que acaba de insultar en el segundo, afirmando que nadie entiende ni una palabra de lo que habla el puertorriqueño Bad Bunny, como cuando los viejos imperios decían que los bárbaros hablaban ladrando.

El Nuevo Orden Mundial que proclamó Bush en su día necesita nuestra forma de ser y estar, concretamente de ser fuga de cerebros y mano de obra barata, y de estar sometidos y alienados. Madrid siempre ha mirado a Estados Unidos con admiración, la misma que sentimos por otros galardonados previamente. De Milei, admiramos la capacidad de condenar a los ancianos argentinos. De Israel, la maestría con la que arrasan hospitales, ante los cuales Madrid palidece, aun con sus mayores esfuerzos de abandonar residencias o degradar la sanidad pública.

Miramos con admiración a EE UU porque no se puede mirar de otra forma la complicidad con el genocidio o las redes de pederastia de Epstein. Los admiramos por ser el principal faro del mundo libre, especialmente ahora que Trump se entiende mejor que nunca con los autócratas de todo el globo, mientras amenaza al resto de Occidente con aranceles y anexiones, desde Groenlandia a Canadá. Es el faro del mundo libre contra las narcodictaduras ultraizquierdistas, a las que ha llevado la prosperidad mediante bloqueos y sanciones, y la libertad poniendo Guantánamo en Cuba o cambiando a Maduro por Delcy.

Por eso queremos que EE UU sea el país invitado en las fiestas madrileñas de la Hispanidad 2026, igual que se autoinvitaron en su día a invadir la Hispanidad en Panamá, Guatemala o República Dominicana. Queremos así celebrar con los norteamericanos el 250º aniversario de su independencia, que España apoyó y nos lo pagaron arrebatándonos Cuba, Puerto Rico o Filipinas, e incluso apoyando la Marcha Verde de Marruecos sobre el Sáhara español. Pese a todo, estamos en un mismo barco: el del decadente imperialismo gringo, que se va a pique junto a los cipayos que elegimos hundirnos con él.

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