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columna

Madre castellana

Mari Pili, la madre de la humorista Laura del Val, triunfa representando un arquetipo eterno

Laura del Val es cómica y vive en Madrid. Un día de 2012, su madre la llamó por teléfono para decirle que “quizás” debería ir a Burgos, a la casa familiar. Ella le preguntó si su abuelo, que estaba hospitalizado, se encontraba bien, a lo que su madre le respondió que sí. Laura pidió un coche prestado y, mientras conducía por la A1, cogió el teléfono a una amiga: “Laura, tía, que siento mucho lo de tu abuelo”. Tras un ataque de ansiedad llegó a Burgos y le preguntó a su madre: “Mamá, ¿el abuelo está muerto?”, a lo que ella contestó: “Pues sí, sí, está muerto”.

Diez años después, la historia se repite: esta vez es la abuela quien está hospitalizada, y Laura insiste en ir de visita el fin de semana. La madre le dice que no es necesario. Siguiente escena. Recibe un mensaje en el grupo común de WhatsApp de la otra parte de la familia: “La madre de Mari Pili ha fallecido, el entierro será mañana a las 14.00 horas”. El fragmento del podcast donde Laura explica la forma que tiene su familia de comunicar los fallecimientos se popularizó inmediatamente. En un monólogo posterior, la humorista hace un repaso a los descacharrantes comentarios, que divide en dos tipos. Por un lado, los recibidos desde otras partes del mundo, como Sevilla, que no comprenden absolutamente nada y piensan que esa familia no se quiere. Por el otro lado, las personas de Castilla y León, que enseguida aparecen para explicarles que puede ser peor: “Yo soy de Zamora y si te contara… ¡Mis cuatro abuelos! ¡Me hizo lo mismo con los cuatro!”. Cuando dos comentaristas comienzan a elaborar una teoría sobre la carestía, la guerra y el trauma intergeneracional, interviene un tercero: “El frío tampoco ayuda”.

Mari Pili, la madre de Laura, es la estrella de los vídeos que su hija graba para las redes sociales. Reciben millones de reproducciones. Su actuación se caracteriza por los largos silencios, la pose impertérrita y unas levísimas microexpresiones faciales que solo percibimos los iniciados en la cultura castellana. Si su hija aparece por sorpresa le dice: “Pero hija, cómo vienes, esa cara, qué ojeras, esa ropa, no tienes arreglo”. Si le lleva un jamón de regalo contesta: “Para qué traes nada. Cuánto dinero te has gastado”, y se lo devuelve. La conversación sobre una etapa depresiva se resuelve con una larga mirada y un “venga, déjate de tonterías que tengo mucho que hacer”. Los cortos triunfan al otro lado del océano (“Yo no sé por qué me sale esto si soy de Colombia, no me interesa, pero lo tengo que ver completo”) y también en Burgos, donde paran a Mari Pili por la calle para fotografiarla.

Madres e hijas nacidas en Castilla y León con una relación amorosa y aparentemente distante que solo ellas comprenden ha habido siempre, pero no sé cómo podíamos vivir antes de que el arquetipo eterno de la madre castellana, que hemos tenido la suerte de ver nacer en directo en internet, se viralizara. Supongo que lo hemos reconocido de forma colectiva porque ya estaba en el cielo de las grandes ideas que esperan a ser descubiertas, como el cero o la Thermomix. Este es un país donde el primer y el tercer lugar del ranking de películas más taquilleras lo siguen ocupando Ocho apellidos vascos —una comedia romántica sobre un andaluz y una vasca canónicos— y su secuela, Ocho apellidos catalanes. Laura y Mari Pili han accionado la misma tecla y eso me tranquiliza: parece que, en un mundo global y sobreactuado, aún podemos apreciar el estoicismo castellano mientras nos reímos de él.

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