Las maneras opacas de Putin
Rusia acusa a Ucrania de estar detrás del atentado contra uno de sus generales, pero Moscú tiene una tradición de represión inclemente


Hace unos días, el 6 de febrero alrededor de las siete de la mañana, el teniente general Vladímir Alexéyev fue tiroteado en el vestíbulo del edificio en el que vive en la zona noroeste de Moscú. El atacante lo abordó cerca del ascensor y, tras un forcejeo, le pegó varios tiros, dejándolo malherido. Luego salió de allí, tiró el arma en un montón de nieve y cogió un autobús. Alexéyev es el primer subjefe de la dirección principal de inteligencia del Estado Mayor ruso (GRU); su inmediato superior es el responsable de las negociaciones de paz que se llevan a cabo en Emiratos Árabes para encontrar una salida a la guerra que el Kremlin libra en Ucrania. El ministro de Exteriores Serguéi Lavrov vinculó de inmediato este atentado con las conversaciones entre Washington, Moscú y Kiev, y lo tachó de sabotaje; “este ataque terrorista”, dijo, “confirma una vez más las provocaciones del régimen de Zelenski”.
Es el cuarto atentado que se produce contra generales rusos en los últimos 13 meses. Los tres anteriores no tuvieron tanta suerte como Alexéyev, y murieron. El modus operandi fue en esos casos distinto: los hicieron volar con unas bombas. Esta vez la factura tuvo un componente más artesanal, más chapucero. Las cámaras del edificio filmaron el episodio y el servicio de inteligencia ruso, el FSB, anunció el domingo la detención en Dubái (Emiratos Árabes) del presunto responsable de los disparos, un tal Liubomir Korba, y de algunos de sus cómplices. Eficacia máxima, pero dentro de la más oscura opacidad, como no podía ser de otra manera. Es marca de la casa.
Cualquiera que pretenda entender lo que ha ocurrido lo va a tener difícil, sobre todo conociendo los procedimientos que utilizan los servicios de inteligencia rusos, que siempre han carecido de la menor clemencia a la hora de ajustar cuentas. Echar la culpa a Ucrania de estos atentados —o a una maniobra ejecutada con el apoyo de Polonia, como en el caso de Alexéyev— puede considerarse una hipótesis verosímil, pero los que entonces quedan muy mal son los servicios de seguridad de Moscú. Las víctimas no fueron funcionarios de tercer orden, así que si los enviados de Ucrania fueron capaces de operar con tanta facilidad en territorio ruso contra cuatro generales del ejército de Putin es que algo va mal. Casi mejor que se entienda como una más de las marrullerías tan habituales en esa sucesión de organizaciones que han convertido la crueldad y una indiscutible eficacia en sus señas de identidad: Cheka, GPU, NKVD, KGB y, ahora, FSB.
De uno de los supuestos cómplices del individuo que disparó al general Alexéyev se ha dicho que estaba próximo a los círculos del opositor Aléxei Navalni, que la inteligencia rusa liquidó hace un tiempo, pero se han ocultado sus vinculaciones con el FSB. La cuestión es enredarlo todo. Sí se sabe que Alexéyev supervisó a las organizaciones de mercenarios que han operado de la mano de Moscú realizando las tareas más sucias y al margen de cualquier ley, como el Grupo Wagner. Se ha llegado incluso a decir que Alexéyev anduvo próximo al motín contra el Kremlin que en junio de 2023 lideró su líder, Yevgueni Prigozhin. Ya se sabe cómo acabó Prigozhin: se le perdonó la asonada por su contribución a la invasión de Ucrania, pero, dos meses después de su revuelta, subió a un avión que se estrelló al norte de Moscú. Putin no perdona. Y tiene mucha paciencia. Quizá a Alexéyev le había llegado su hora, pero Liubomir Korba no tuvo buena puntería.
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