Enhorabuena, estás despedida
Las periodistas que publicaron en Univision la exclusiva sobre Julio Iglesias lo hicieron cuatro días después de serles comunicado su cese


Conocimos la noticia la semana pasada: dos mujeres que trabajaban para Julio Iglesias en sus paradisíacas mansiones de República Dominicana y Bahamas le denunciaban por agresión sexual y abusos laborales. De las muchas lecturas que permiten los hechos, me quedaré con una aparentemente menor sobre su intrahistoria. Hace tres años, alguien llamó a la redacción de elDiario.es. Elena Cabrera, la redactora jefa de Cultura, respondió al teléfono y comenzó a tirar del hilo en una investigación magnífica que acabó implicando a varias periodistas más del equipo. En 2025 solicitaron su colaboración a otro medio, Univision Noticias, con sede principal en EE UU. Las grandes exclusivas se alargan en el tiempo, son complejas de gestionar y a menudo resultan caras de producir y de defender en los tribunales cuando molestan a alguien, así que este tipo de colaboración entre la prensa internacional es habitual. Univision es popular por el contenido de entretenimiento, pero también por su cobertura informativa de los retos que enfrenta la comunidad hispana, labor regularmente premiada y que conozco bien porque trabajé en su redacción de Miami hace diez años.
Dos de las periodistas que recogieron el guante al otro lado del Atlántico fueron la española Esther Poveda y la uruguaya Federica Narancio. Finalmente, el pasado 13 de enero publicaron la noticia. Cosa que tiene su mérito, y no solo por el ingente trabajo previo, sino porque estaban despedidas: el día 9 les había sido comunicado el cese junto a la mayor parte de sus compañeros, quedando en la práctica desmantelada una operación de noticias digitales que fue exuberante en 2016, cuando conocí a ambas, pero que había ido debilitándose con el tiempo por una mezcla de razones estratégicas, económicas y políticas. Los periodistas siguieron haciendo su trabajo, pero en estos diez años incluso medios tradicionalmente vigilantes con las políticas migratorias estadounidenses acabaron sintonizando con el giro ideológico del poder.
Imaginemos el desconcierto de dos trabajadoras que llegan a una excelencia que pocos profesionales alcanzan y a las que, simultáneamente, su empresa les comunica por la vía de los hechos que eso da igual y que pueden ir metiendo sus cosas en una caja. Injusticias parecidas suceden cada día a nuestro alrededor, en todos los países y oficios, pero este caso resulta simbólico porque sucede bajo los brillos del periodismo en la que fue la tierra prometida de las oportunidades y la meritocracia. El sueño americano consistía precisamente en que, a pesar de tus orígenes, si te esforzabas lo suficiente podías alcanzar el éxito, porque en EE UU esta promesa funcionaba mejor que en otros lugares.
Los pactos del capitalismo liberal (tú nos das tu tiempo y a cambio nosotros repartimos contigo parte de los billetes para que hagas tu vida en condiciones y no nos quemes la fábrica) están rotos. El buen trabajo pasado no garantiza el trabajo futuro. El hecho de tener un empleo no significa que puedas pagar un techo, o que, sin dinero procedente de las rentas, seas capaz de mantener un estilo de vida de clase media. Racionalmente sabemos que un despido, una prejubilación o un ERE injustificables moralmente pueden suceder en cualquier momento, pero para los educados en la cultura del esfuerzo sigue siendo una experiencia traumática. Como dijo en noviembre el milmillonario ultra Peter Thiel, cercano al vicepresidente Vance y poco sospechoso de ser un demócrata, el capitalismo no está funcionando.
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