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Columna
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El precio de ser europeo

Cuando los equilibrios se quiebran y la corrupción moral prospera, cumplir con lo debido entraña riesgos que rozan lo heroico, cuando no directamente lo sacrificial

Hacer lo correcto no siempre sale rentable. Al contrario de lo que repiten algunos gurús corporativos con micrófono de diadema, cumplir con lo debido suele tener un precio. A veces económico, a veces político, casi siempre moral. La ética, conviene recordarlo, no es una estrategia de optimización, sino una forma de exposición al riesgo.

Aristóteles inauguró nuestra tradición moral subrayando la utilidad de la virtud en la construcción de la vida buena. Para el discípulo de Platón, el compromiso con la excelencia era el único camino para amortiguar las desventuras de la existencia y poder aspirar a algo parecido a la felicidad. Siglos después, Kant alumbró un paradigma casi antagónico: el del deber desnudo, que no promete recompensa alguna y, en demasiadas ocasiones, exige sacrificar cualquier otro interés. Es probable que ambos tuvieran razón y que, como suele ocurrir en ética, la verdad no resida en la fórmula sino en la circunstancia.

En un contexto ordenado y bien arbitrado, la virtud puede llegar a ser retribuida. Así ocurre en los entornos políticos prósperos, donde puedan darse, como recordara Paul Ricoeur, vidas buenas en instituciones justas. Pero cuando los equilibrios se quiebran y la corrupción moral prospera, cumplir con lo debido entraña riesgos que rozan lo heroico. Cuando no directamente lo sacrificial.

El mundo se encamina hacia una fase de inestabilidad crítica y ni el más optimista podría sostener que atravesamos una coyuntura moralmente esperanzada. En este contexto, Europa encarna una excepción frágil, casi precaria, frente a actores más fuertes, más feroces y menos escrupulosos. Su verdadera potencia no es militar ni demográfica, sino simbólica: Europa custodia el orden del derecho, una cultura política exigente y unos fuegos sagrados —la dignidad humana, la libertad, la igualdad ante la ley— que han hecho posibles las mejores condiciones de vida conocidas por la historia. Ningún agorero honesto puede negar las conquistas morales y civilizatorias que representan nuestras democracias.

Pero esos valores no se conservan por inercia. Tampoco sobreviven al cinismo ni a la tibieza. Llegados a este punto, a Europa le va a tocar demostrar si su compromiso con ellos es algo más que un eslogan solemne en los tratados. Si está dispuesta a pagar el precio de hacer lo correcto cuando deja de ser rentable. Porque los valores solo cuentan de verdad cuando su defensa tiene un coste. Y el momento de comprobarlo, lamentablemente, parece que ha llegado.

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Sobre la firma

Diego S. Garrocho
Diego S. Garrocho es profesor de Filosofía Moral en la UAM, donde coordina el Máster en Crítica y Argumentación Filosófica. Autor de 'Moderaditos. Una defensa de la valentía política' (2025), 'El último verano' (2023), 'Sobre la nostalgia' (2019) y 'Aristóteles. Una ética de las pasiones' (2015). En 2021 ganó el Premio David Gistau de periodismo.
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