Los principios de Feijóo
Lo peor es la manipulación de intentar convencer al respetable de incoherencias personales como si fuesen rectitudes

La calidad humana se transparenta en los momentos de crisis grave. Y más en un líder político. Es cuando más nos importa si su conducta coincide o contradice los principios y valores que proclama como propios. Y de cuya ausencia acusa a los demás.
Cosa distinta son los cambios de postura política ante circunstancias cambiantes. Pero que exigen explicaciones y rendiciones de cuentas. Muchos gobiernos pecan a la hora de ofrecerlas: destaca en ese defecto el de Pedro Sánchez, desde su relato sobre la Cataluña exindepe al silencio sobre las elecciones extremeñas.
Lo peor es la manipulación de la realidad por la que se intenta convencer al respetable de incoherencias personales como si fuesen rectitudes, de hechos que no lo son, y de culpabilidades mal atribuidas. Erosiona la credibilidad del personaje, y de la institución que encarna. En ello es imbatible el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo. Su conducta cuadra mal con su ideario, por la inconsistencia vaporosa del mismo o porque recurre a esa indefinición como pócima de sus tensiones internas: entre el cuate de Javier Milei y gentes de pasado moderado como Borja Sémper.
La recentísima deposición del líder ante la jueza de la dana valenciana es un monumento a su autodestrucción como personaje fiable. Si dos días después de la desgracia aseguró que Carlos Mazón le había informado “en tiempo real” a lo ancho de toda la catástrofe del 29-0 y de las medidas tomadas, ahora reconoce que no fue así.
Ahora documenta que el contacto ómnibus se limitó a 23 breves mensajes intercambiados en tres horas y media, cuando los muertos ya se contaban por decenas. Una secuencia de whatsapps inanes —no hablaron de medidas—; lamentables —los interrumpió para acudir a un acto social—; oportunistas —solo le recomendó ponerse al frente de una “comunicación” masiva (nada de informar)—; vergonzosos —intentó sin éxito conseguir que su colega atacase al Gobierno por inacción, y Mazón le contestó que ya tenía todo lo que había solicitado—; y oprobiosos: ninguno de los dos traslució el mínimo interés por la situación de las familias afectadas. Y pretende excusarse como si todo eso fuera mero “error”.
La carencia de valores humanos en el drama doméstico ayuda a calibrar sus respuestas a crisis internacionales como la de Gaza: como cuando esterilizó sin motivos la posición clásica de su partido —y de su país— en favor de reconocer el Estado palestino y se negó a designar por su nombre el genocidio.
O como cuando se muestra regocijado por la “captura” del autócrata Nicolás Maduro “sin ambages”. ¿Son “ambages” el secuestro (rebajado a “captura”) de un jefe de Estado, una acción militar con 150 aviones violando otra soberanía territorial y el asesinato a sangre fría de más de 80 personas? Pues vaya defensa de principios: del imperio de la ley, del derecho internacional, de los métodos de la democracia.
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