No tenéis perdón
Debería alegrarme del acuerdo para la reparación de las víctimas de la pederastia de la iglesia, pero lo que se ha negociado es no aplicar la justicia

Leo que se ha llegado a un acuerdo para la reparación de las víctimas de la pederastia en la Iglesia. “Un acuerdo histórico”, leo también. Debería alegrarme, celebrarlo quizá, agradecer el esfuerzo de la Iglesia por reconocer lo dañado y el del Gobierno por no haber cejado en su empeño.
El histórico del proceso es este: vaivenes de negociaciones malogradas durante años, la Iglesia zafándose de sus delitos una y otra vez, negando su responsabilidad e intentando eternizar el propósito de enmienda para que el tiempo diluya la memoria de estos últimos cincuenta años en las vidas de quienes fuimos abusados, violados y sermoneados entre sotanas, altares, sacristías y vestuarios escolares.
Nosotros, los niños, éramos la tentación que los hacía pecar, decían.
A estas alturas ustedes, señores de la Iglesia, deberían ya saber que el tiempo no existe, que el ser humano es capaz de solapar pasado, presente y futuro en un solo plano cuando la supervivencia así lo exige, y que “gracias a” ustedes el tiempo de muchos hombres y mujeres que pasaron por sus manos y sus camas es el purgatorio. Nos dieron esa casa cuando les pedíamos un abrazo. Traicionaron sus propias leyes sagradas, no solo con nosotros, sino también entre ustedes. Reventaron los mandamientos al completo. Diez de diez. Mataron fe e infancia.
Delinquen, ustedes delinquen contra esa intocable santidad que se han inventado desde que entendieron que el ser humano, desesperado ante lo finito de la vida, necesita consuelo. De ahí crearon su imperio, no el del amor, el amor no renta. Convertidos en los depositarios de la salvación de almas, adoptaron sistemáticamente los puntos básicos del manual del perverso narcisista, convirtiéndonos al resto en víctimas confiadas, siempre dispuestas a obedecer “por nuestro propio bien”.
Si te duele, hijo, reza. Es porque Dios te ama. Alégrate.
Teníamos seis, siete, ocho años. Y Dios no estaba. La sangre sí.
No, señores. Violar a un niño no es un simple pecado, sino un delito, y los delitos se castigan con prisión. ¿Acaso un religioso deja de ser ciudadano cuando se ordena? ¿Deja en ese momento de ser un hombre? Si es así, ¿cómo es posible que agreda sexualmente a un niño? Un Estado de derecho es cómplice del horror cuando permite que el representante de un colectivo de pederastas mercadee con sus víctimas como si fueran un desecho. Hablan de nosotros —nos piensan así— como se habla de lo que molesta por feo, por sucio, avergonzándonos.
Hoy, en enero de 2026, un señor se sienta con otro —ministro de Justicia y ministro de la Fe4— y negocian el cómo, el cuánto y el cuándo. El ministro batalla con el representante de esa infinita cantera de pederastas probados que pueblan su Ministerio de la Fe sobre cómo no aplicar la justicia que sí se aplica al resto de ciudadanos de este país. Ninguno menciona el “qué”. No salen nuestros nombres. Mejor números, mejor lo no humano.
No tenéis perdón.
No lo tenéis.
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