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Tribuna:CRÓNICA DE LA CIUDAD

Lo que hay que tragar

Lenta y metódicamente, el sufrido vecindario se asfixiaba en la abundancia de humos, gases y otros venenos. Los automovilistas hundían el acelerador como si fueran puñaladas de un fanático sin juicio. Y el crimen era trivial, absurdo e inevitable.

Reportaje:CRÓNICA DE LA CIUDAD

Al fin, todos santos

Cada 22 minutos muere un vecino de Madrid. Si la bomba destructora nos indulta, jamás obtendremos sepultura perpetua en el gran cementerio. Todo está completo entre marmolinas sintéticas, flores de plástico y los gases del autobús número 110.