Al filo del agua
Entre el desafío y la resignación, el juego de la encarnación temporal del Mal llevó a muchísimas personas a la tolerancia e inacción ante el nacionalsocialismo de antaño


Propongo un peligroso pasatiempo: intente Usted pensar como Trump. No es fácil y sí, de veras, muy difícil porque se tiene que fingir ignorancia supina, perversión pedófila, mitomanía constante, narcisismo supremacista, racismo latente, narcolepsia simulada y alopecia disfrazada con pelos de elote. El juego consiste en sumergir ánimo, ideas u ocurrencias en postulados clonados del ya muy trillado personaje en cuestión y descubrir con asombro que gota a gota, uno empieza a murmurar o a gritar afirmaciones totalmente sincronizadas con Trump y sus trumpadas. Repito: para la mayoría de las personas el jueguito parece imposible, pero de jugarse en sobremesa —con familiares, amigos o bien, desconocidos— el ambiente se enrarece de pronto en cuanto a alguien se le escapa inesperadamente un exabrupto no solo políticamente incorrecto, sino abiertamente deleznable… sea como chiste de antaño, adenda bufa o consigna secreta revelada de manera inusitada.
Llegan los postres y un comensal decide encarnarse en naranja y lanza como duda la posibilidad de que “todo indocumentado es un delincuente por el solo hecho de no tener visa” y en pocos minutos se le llena la saliva con inferencias malthusianas y comentarios en torno al color de la piel y el subdesarrollo económico por motivos geográficos; otra invitada (quizá tía o sobrina hasta ese instante entrañable) recurre a la palabra “sirvienta” como insulto y a lamentaciones sociales atribuidas a “la chusma, el ocio, la plebe, etc.” y un tercer comensal aprovecha el caldero para clamar respeto irrestricto a todo uniformado con tolete y de paso, elogiar la cubertería dorada y las guirnaldas de Walmart que parecen de oro puro.
Al filo del agua es una novela escrita por Agustín Yañez y publicada por Porrúa en 1947 que narra varias historias entrelazadas que tejen el ambiente de un pueblo en Jalisco al filo del estallido de la Revolución Mexicana de 1910. El título, trama y vicisitudes de esa novela sirven de ambiente para confirmar la proliferación de un ánimo alarmante: al jugar el jueguito de Intenta Pensar como un Trump he descubierto con azoro que algunos conocidos cercanos y desconocidos lejanos desean infamias e ignominia casi sin darse cuenta. Está el que desea que mísiles norteamericanos hagan una disección quirúrgica de Sinaloa o la que dice que una buena Delta Force podría ejecutar un operativo impecable en Palenque con secuestro aséptico, corte de luz y hamaca en menos de 15 minutos. Están los que a coro desean una limpia legislativa masiva y de paso la evaporación total del Valle de Chalco.
No falta quien invoca la esperanza blanqueadora que sirvió como la traición que transpiraron quienes en el siglo XIX ofrecieron un trono endeble a Maximiliano de Habsburgo como sinónimo y último recurso para la esperanza, progreso y Patria y por otro lado, los inadvertidos parientes y prójimos que vuelven a celebrar y justificar la Expedición Punitiva comandada hace un siglo por el general John Pershing en persecución de Francisco Villa. Las servilletas, los postres y no solo el mantel huelen entonces a pólvora cuando los comensales entrumpados si acaso lamentan la muerte de los Niños Héroes de Chapultepec como voladores de Papantla y agradecen los ocasionales viajes a Houston (de shopping o para visitar al hijo casado con señora que tiene dinero), pero insisten en que solo un placebo implacable e inmediato “libraría a México de tanto pinche naco y narco”.
Al terminar el jueguito (no sin cierta vergüenza) muchos participantes parecen sonrojare, celebran que nada quedó grabado y que mañana hay manera de aparecer en una marcha solidaria, pero se mantiene una neblina engañosa donde volvemos a la dicotomía fundamental de la incertidumbre: “Todo está cabrón, pero cómo le hacemos para que no esté de la chingada”. Así, por ejemplo cuando estamos a punto de despedirnos y alguien dice que por lo menos nos queda el Mundial de Futbol… a pesar de Infantino y la FIFA, a pesar del Premio de la Paz para Trump, a pesar del precio exorbitante de los boletos por azar… y entonces, alguien deja de ser Trump y abona la idea de que México no puede compartir sede de un torneo monumental con un país cuyo gobierno amenaza con invadirlo y añade que no debería celebrarse un torneo multinacional cuando una de las sedes ha negado visas para ciudadanos de no pocos de los países cuyo seleccionado nacional participaría en dicho torneo. Simplemente, irle a Brasil sin poder bailar batucada en Boston sería celebración de realidad simulada sin pizca de inteligencia ni artificial.
Entre el desafío y la resignación, la desidia y la demencia el juego de la encarnación temporal del Mal llevó a muchísimas personas a la tolerancia e inacción ante el nacionalsocialismo de antaño… y al de hoy mismo, aunque sea en esporádicos exabruptos, donde la verborrea y corazonadas parecen distraernos a todos de lo realmente peligroso: estamos al filo del agua y lo que urge es un paraguas.
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