La SCJN y su ceremonia “tradicional”: efecto Tizoc. Maxän
Entregar el bastón de mando a uno de los poderes del Estado contraviene el sentido que ha tenido para muchas comunidades


El pasado 12 de agosto, las ministras y ministros electos de la nueva Suprema Corte de Justicia de la Nación emitieron un comunicado en donde describen los actos que van a desarrollar el próximo 1 de septiembre de 2025 con motivo de su toma de posesión. Como parte de las actividades de ese día, se realizará una ceremonia “tradicional” de entrega de bastones de mando de parte de personas provenientes de pueblos indígenas a los nuevos ministros y ministras. Es muy probable que esta entrega incluya un ritual que llaman indígena como el que se realizó el día en el que Hugo Aguilar, el ministro presidente electo, recibió su constancia de mayoría.
Sobre la entrega de bastones de mando ya el escritor mixe Mito Reyes ha analizado la historia, contexto e implicaciones de este gesto que se hizo más frecuente con la llegada de la llamada Cuarta Transformación. Un símbolo como el bastón de mando representa la autonomía de los pueblos, representa su autogobierno; entregar ese mando a uno de los poderes del Estado contraviene el sentido que ha tenido para muchas comunidades. Me pareció por demás interesante que en el comunicado se diga que se trata de una ceremonia tradicional cuando más bien será la primera vez que se entreguen bastones de mando a ministros de la Suprema Corte, más que tradicional, es una ceremonia inédita.
Ahora quisiera centrarme en dos efectos que tienen actos como este. Por un lado, el más obvio y predecible tal vez, es el que genera en la oposición de derechas que dirá cosas tan burdas como que esas ceremonias son actos de brujería, otros se burlarán sacando a la luz todo el racismo acostumbrado y algunos más dirán que se está atentando contra la separación entre el Estado y la religión. Quienes esgrimen este último argumento evidencian que no comprenden la diferencia entres instituciones religiosas y otros sistemas de relación con lo sagrado y, por otro lado, no se han dado cuenta de que la laicidad del Estado surgió para evitar que la Iglesia católica ejerciera funciones de Estado como había hecho durante siglos con inmenso poder; ése no es el caso de los sistemas de relación con lo sagrado que se encuentran en los pueblos indígenas.
El otro grupo de reacciones tiene que ver con algo que he llamado el “efecto Tizoc”: percibir a los pueblos indígenas como un monolito indiferenciado, como un otro homogéneo. Nadie recuerda a qué pueblo indígena pertenece Tizoc, el protagonista de la película homónima, lo único relevante es que es indígena. Las llamadas ceremonias “indígenas” que despliega la Cuarta Transformación generan ese mismo efecto, no importa a qué pueblo pertenezca esa ceremonia, después de todo, cumple con los requisitos del estereotipo de lo que se piensa debe ser una ceremonia indígena: flores, caracoles, copal y ramas. No es que estos elementos no se hallen presentes en ceremonias de pueblos originarios, pero no en todos, no siempre, no para todo. Estos estereotipos, su creación y su reforzamiento continuo están estrechamente relacionados con el racismo que han sufrido los pueblos indígenas. ¿Todos los pueblos que llamamos indígenas tienen las mismas ceremonias? ¿La relación que estas culturas establecen con el mundo de lo sagrado es la misma siempre? ¿Cuál de toda esa diversidad de manifestaciones rituales es el que se despliega cuando el estado hace uso político de la llamada ceremonia indígena? Parece que lo único que importa es que parezca indígena y extraer cierta legitimidad de su puesta en escena.
Las ceremonias de los pueblos indígenas, así como las de todas las sociedades del mundo, se inscriben en un contexto temporal y espacial extraordinario; a diferencia de la vida cotidiana, los rituales son parte de un proceso fuera del tiempo y el espacio comunes; se cumplen en espacios y tiempos determinados por las personas especialistas de la relación con el mundo de lo sagrado, en distintas culturas estas especialistas reciben nombres específicos.
Un ritual comienza con anticipación, no es un hecho puntual, es un proceso; hay requisitos previos que cumplir, tareas posteriores que realizar, no cualquier lugar o tiempo es propicio. Una cosa es que alguno de los ministros decida emprender los rituales que considere necesarios según su cultura, creencias y tradición antes de comenzar su nueva encomienda; otra cosa muy distinta es montar un ritual llamado “indígena” para uso político y mediático de agentes del estado.
Cuando las instituciones estatales usan los rituales que llaman indígenas, los simplifican y los sacan de contexto para su consumo simbólico. ¿Los políticos involucrados en esas ceremonias consultaron previamente con una persona especialista de lo sagrado en una de las muchas culturas originarias de este país?; hay distintos tipos de ceremonias ¿cuál es la que están realizando?, ¿cumplieron con periodos previos de purificación, abstinencia o actos preparatorios según sea el caso?, ¿participan de todo el proceso ritual? Nos encontramos más bien con la simplificación de los rituales, un ritual que pueda responder a los estereotipos esperados, una ceremonia que se comienza a usar para ungir a dirigentes de estado cuando toman posesión de sus cargos y que se puede hacer ya sea en el zócalo o en el senado cualquier día que los políticos así lo decidan. No son ya los especialistas del ritual los que fijan espacio y tiempo para el ritual, es el estado el que decide cuándo y cómo.
Hace tiempo me contaron de un político que hizo una ceremonia mixe en un encuentro internacional de funcionarios, es decir, en un contexto nada común para este tipo de ceremonias, lo cual no sería intrínsecamente un problema. Muchos de los rituales mixes incluyen sacrificios de aves en donde la sangre es bastante protagónica, algunos asistentes no indígenas quedaron tan incómodos y negativamente impresionados que, desde entonces este político prefiere desplegar públicamente ceremonias indígenas según lo marca el estereotipo, rituales asépticos, ceremonias creadas para un contexto mediático, des-sacralizadas, descontextualizadas, listas para que el estado haga uso mediático de esa versión de ritual que no tiene complejidad ni fondo para quienes lo protagonizan, una ceremonia despojada de la red de significados que le dan sentido; de este modo, el estado convierte un ritual en espectáculo y a eso le llama “ceremonia tradicional indígena”; sí, indígena, igual que Tizoc.
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