Los emos contra el mundo: a 18 años de la pelea campal en la Glorieta de Insurgentes
EL PAÍS habla con personas que estuvieron dentro del movimiento y reflexiona con Gabriela Villalba, integrante de Kudai, sobre lo que significa pertenecer a una tribu urbana


Los pantalones entubados, los tenis rotos —rotísimos—, el fleco largo y lacio que cubre la mitad del rostro, las uñas pintadas, sombras rosas o negras alrededor de los ojos, la ropa negra... Este era el estilo característico de los emos, una tribu urbana que surgió a inicios del año 2000 y que ya no se ve en las calles. Sin embargo, su impacto marcó un antes y un después en la cultura mexicana. El punto de inflexión sucedió un domingo 16 de marzo de 2008. Las cifras varían, pero según algunos testimonios, entre 300 y 500 jóvenes emo se enfrentaron contra unos 200 metaleros, rockabilis, punks y reguetoneros sobre la plancha de la glorieta de Insurgentes. Unos días antes, el evento “Haz patria y pega a un emo” se viralizó por correo electrónico y MySpace, una de las primeras redes sociales de internet. EL PAÍS habla con personas que estuvieron dentro del movimiento y reflexiona con Gabriela Villalba, integrante de Kudai, sobre pertenecer a una banda icónica del estilo emo en Latinoamérica.
Este sábado se espera una congregación similar a la de junio de 2025, cuando cientos de personas marcharon desde el Palacio de Bellas Artes hacia la glorieta para conmemorar aquel domingo de la batalla campal, en la que los jóvenes de rostros ocultos tras flecos perfectamente acomodados fueron agredidos porque, según los miembros de otras tribus, los emos les estaban copiando elementos de su identidad. El hecho, que cumple 18 años, quedó inmortalizado por TV Azteca, una de las televisoras más importantes del país, y unos tres meses después, la serie La rosa de Guadalupe transmitió el capítulo Soy Emo, en el que una adolescente rechaza tajantemente identificarse con esta subcultura luego de ser cuestionada por su madre. La escena parece chusca, pero para algunos, fue real.

“Cuando me preguntaban si era emo yo decía que no para no ser discriminado o, no sé, para caer bien”, dice por llamada telefónica Eduardo Morales (Los Ángeles, 34 años), quien es productor de música. “Pero la discriminación iniciaba en casa; mis papá me decían que no querían un hijo así, que me vistiera bien”. Morales tenía 15 años cuando se encontró con este estilo gracias a un primo que patinaba. Creció en Atizapán de Zaragoza, Estado de México; descubrió a Slipknot y Rammstein, pero fue Underoath la banda que lo cambió todo para él.
Gabriel Lemoine, Gavos (Ciudad de México, 37 años), comediante e imitador de voces, llegó a la cultura emo cuando tenía 19 años, a través de un amigo que, al igual que el primo de Morales, practicaba skateboarding. “Le decíamos El tío y fue él quien me trajo por primera vez a la glorieta de Insurgentes”, dice Gavos desde ese mismo lugar un viernes por la noche. Lo acompaña Michelle Sanabria, de 24 años, quien se identifica como parte de la nueva ola de emos. “Yo los admiro mucho”, dice Sanabria un poco tímida. En el videoreportaje de TV Azteca, Gavos aparece a cuadro unos segundos abrazando a una amiga para evitar que entre a una trifulca. “Era muy buena pegando. De hecho, ahora pelea en la JFL (la liga de artes marciales mixtas en México), pero me hizo prometer que no revelaría su pasado”, dice, enseña una foto y vuelve a guardar el secreto.

Gavos creció al norte de la capital, cerca de la Basílica de Guadalupe. Cuando hace memoria, se emociona y pierde la línea de la conversación, dice que son muchísimas las historias sobre riñas en las que estuvo involucrado: con policías, con metaleros, con rockeros, con quien se les cruzara, con quienes los miraran feo. “Una vez, aquí mismo, unos policías nos dijeron ‘pinches maricones’, y que nos agarramos a golpes. Casi les ganamos”, dice sonriente. El comediante asegura que él y su grupo de amigos, a quienes llama familia, nunca tuvieron problemas con los punks.
Hubo tantos frentes que no todos vivieron lo mismo. Vincent (nombre ficticio) (Ciudad de México, 36 años) es gerente de un bar. Él se consideraba indie: pantalones entubados, chamarras de piel o de mezclilla, y escuchaba mucho a The Strokes, The Hives, The Sounds. “Todo lo que empezara con ‘The”, bromea. Asegura que nunca golpeó o se peleó con ningún emo, pero sus amigos punks sí. “Eran de los que sometían (a los emos) y les cortaban el fleco”. Nació y creció en Tepito, pero sus amigos estaban regados por la periferia: Ecatepec, Aragón, Nezahualcóyotl; los conoció en el Bachilleres 9 de Ciudad Aragón, al noroeste de la capital mexicana. “Eran fieles seguidores de bandas de nicho de post-hardcore, de punk, de indie. Era una cosa muy musical”.

Vincent tenía una banda, tocaban en eventos underground y un día llegaron estas personas con “unos pinches copetotes”. Dice que no entendían qué ni quiénes eran porque nunca habían visto algo así. “Como que estaba más oculto”. Eduardo Morales también empezó a ir a “tocadas”; sus amigos se hacían llamar Los cadaver crew y asistían a estos eventos para bailar. “O sea, para pegarle a la gente”, dice entre risas. Lo que bailaban era two step, un estilo típico del mosh pit que se caracteriza por ser muy enérgico, con saltos empujones y golpes.
La música es el ingrediente en la cultura emo que no termina de encajar, sobre todo durante la década de los 2000. Bandas como My Chemical Romance y Panic! At The Disco, en Estados Unidos, o Insite, Allison, y División Minúscula, en México, mantenían una línea congruente entre lo estético y lo musical, dentro de lo que se consideraba comercial. Pero otras agrupaciones, como Kudai, desentonaban. Morales, Vincent y Gavos coinciden en que el look emo de Kudai es icónico.
“Nosotros éramos una banda de pop rock, pero sí hablábamos sobre emociones fuertes y reales que hicieron que tengamos esa conexión con nuestros fans”, dice por videollamada Gabriela Villalba (Quito, 41 años), una de las integrantes de Kudai, un grupo chileno que fue todo un fenómeno en Latinoamérica luego del estreno de su sencillo más famoso, Sin despertar, publicado en 2004. Este año, Villalba celebra 20 años desde que se integró al proyecto, tras la salida de Nicole Natalino.

Las canciones de la banda hablan sobre drogadicción, desórdenes alimenticios, la separación entre padres e hijos luego de un divorcio; eso, de alguna forma, también los pone dentro de la categoría de banda emo. “Quizás en un pop ‘normal’ todo es: ‘te amo’; todos son corazones; ‘mi corazón es tuyo’. Y nosotros cantábamos: ‘déjame escapar’; ‘déjame gritar’, ‘lágrimas negras’. También estaba Pablo Holman [otro integrante] con todo el delineador en los ojos. Sí, Kudai era emo”, dice con una sonrisa.
Villalba reconoce —siempre lo ha hecho— que ella nunca, desde la parte estética, ha sido emo y que al entrar al proyecto tuvo que adaptar su estilo y, entre otras cosas, teñirse de negro su cabello rubio. No sólo porque así era la imagen de Kudai, sino porque la industria de la música iba en esa dirección. Se puede ver, por ejemplo, con Belinda Peregrín Schüll, conocida como Belinda. La actriz, cantante y empresaria, una de las celebridades mexicanas más importantes del país, con una larga trayectoria en la música pop, también tuvo esta faceta del fleco y las sombras rosas alrededor de los ojos.

A pesar del contraste en el look de Villalba, que describe como “fresita”, la ecuatoriana se considera una persona profunda que no huye de abordar temas sensibles. “Quizás mi exterior no lo refleja, pero tengo heridas, batallas perdidas, dolores sumamente grandes. Para mí, Kudai fue un vehículo para poder cantar todas estas cosas fuertes.”
Tras casi 20 años de aquel evento canónico, del cuál se reportó saldo blanco, pero en el que Gavos y Vincent confirman haber visto sangre y heridas graves, el recuerdo de la batalla campal en la glorieta la describen como cagada (chistosa) y estúpida. “No medíamos las consecuencias”, dice Morales.



Desde que inició el movimiento, la duda persiste. ¿Qué es ser emo? “Siempre me preguntaban y no sabía qué responder. La verdad es que nunca lo entendí, para ser sincero”, dice Morales bastante serio. “Pensándolo ahora como adulto, era simplemente disfrutar de la música, los amigos, expandir el sentimiento de amor y tristeza”. Para Gavos, también era un tema de sentir. “Era ser bipolar con tus emociones”, suelta. Luego piensa en lo que ha dicho. “Bueno, suena muy fuerte. Era estar en contacto con tus emociones”, corrige.
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