Cumbia, reguetón y electro punk: la música rebelde se escribe en los libros
Libros y canciones que hablan del desamparo, la búsqueda de identidad, el descontento y el miedo, pasan ahora por el perreo, el trap y las notas bailables de la música regional, para hacerse de un espacio en sus industrias


La rebeldía hoy suena a cumbia electrónica, se perrea en foros autogestionados, ha pasado por los laberínticos y polémicos rumbos del corrido tumbado y es víctima del FOMO (siglas del inglés fear of missing out: miedo a perderse de algo, en español). Las expresiones musicales y literarias dan muestra de la necesidad de pertenencia de las generaciones más jóvenes —y no tan jóvenes— que encuentran en géneros antes relegados y marginados, la forma de reclamarse un lugar en un mundo invadido por la ansiedad que provocan las redes sociales, las novedades infinitas en plataformas musicales y una sed interminable en la búsqueda de una identidad. “La rebeldía es paradójica, porque tiende a ser contra lo establecido y creo que vimos una época en que la rebeldía está enfocada en pertenecer, no es en derribar unas estructuras que existen, sino en que me dejen hacer parte de ellas. Es un momento raro y complicado”, dice el escritor y músico mexicano, Julián Herbert.
Herbert, que desde los 15 años ha tocado en bandas musicales y que ha transitado por esa musicalidad de la letra y la melodía, tanto en sus libros y poemas como en sus canciones, presume a su banda Los tigres de Borges, y habla de la música, un tema que le apasiona y al que ha dedicado cuentos y largos y sesudos artículos.
El autor asegura que todo se trata de la tradición, y habla de la rebeldía como un territorio actual muy confuso: “La lectura que solemos hacer de la rebeldía es como si tratase de algo ideológico, es decir, una ideología contra el poder y contra lo establecido o lo conservador y no es tan así. Creo que una de las cosas que estamos viviendo en este momento es la rebeldía de pulsión más conservadora, de tendencias, en algunos casos, incluso de ultraderecha”, dice.
La rebeldía sigue Herbert, es también una paradoja que podía verse en los orígenes del punk. “El punk tenía esos dos extremos, las bandas neo nazis muy radicales, supremacistas blancos, y las bandas de punk como The Clash, de una afiliación más cercana al comunismo. Es un caldo de cultivo paradójico, yo creo que lo ha sido siempre, aunque ahora hay una fuerza muy compleja con los discursos anarcocapitalistas, que son muy atractivos para un sector de la población que ve como justificado la vida al margen de la ley”.

El periodista musical mexicano Aarón Enríquez ve una especie de fragmentación de las escenas musicales en México. Y cree que la infinidad de opciones musicales que están al alcance de millones de personas también han provocado que las audiencias, aunque pequeñas, sean mucho más fieles y orgánicas. “Mucha gente que piensa que el rock mexicano está viviendo una especie de crisis porque ya no hay un Zoe que llene un Vive latino, lo que pasa es que no hay un Zoe de esta generación que llene un Vive latino, pero sí hay quinientas bandas como Diles que no me maten que llenan lugares de 200 personas con una base de fans mucho muy orgánica, pero además muy fiel a todo un principio de creencias”, cuenta.
En su texto para el libro colaborativo Vanguardia, jaleo y duende: Música española en el Siglo 21, Enríquez entrevista al músico Joe Crepúsculo, en un capítulo titulado ¡A tomar por culo la música de nuestros padres! "Él decía algo que me parece muy importante y en donde quizá está la génesis de lo que podíamos decir la nueva rebeldía o la rebeldía natural del ser humano, que es tirar al lado diametralmente opuesto al que tiraron las personas que estuvieron antes que nosotros. Ritmos como la cumbia, como el reguetón, la chicha u otros ritmos bailables tiene que ver con eso. Porque siempre el baile, el gozo, los espacios de diversión y de esparcimiento van a ser justamente el germen de ser desafiante para el status quo”, dice.
Como Herbert, para la periodista mexicana Daniela Jurado, ser música y tener una banda fue siempre un sueño que está por cumplir. Jurado se ha dedicado a retratar los foros de rock en Ciudad de México, donde se han presentado las bandas más representativas del género en los últimos años.
Jurado ve en las representaciones actuales en redes sociales una fuente de enojo y rebeldía que se lanza contra problemas como la precariedad de los más jóvenes y la vida de la periferia. “Como estos chicos que salían con su cara pintada de payasos y hablando de la precarización expresar que nos les late vivir en la periferia y hacer dos horas a su escuela. Qué interesante que estamos ocupando la música para eso y desde ahí yo creo que si todas estas manifestaciones están rezagadas y marginadas a lo largo de la historia, pues desde luego son el nuevo punk”, dice.
Los principales referentes para Jurado siguen siendo bandas que en su momento fueron emblemáticas como Santa Sabina, sobre todo el papel de Rita Guerrero, la banda española Vulpes, el llamado punk de plástico, Las ultrasónicas, Intestino grueso, Elektroduendes, etc. Pero también ve el reflejo de lo que sucede en el escenario musical, en los libros con los que se ha encontrado, como Perras de Reserva, de Dahlia de la Cerda, o El día que apagaron la luz, de Camila Fabri.
“Yo creo que a muchos, de alguna manera, nos gusta sentirnos, lo digamos, o no explícitamente, parte de una resistencia, porque te hace sentir especial. La cumbia, el reggaetón, la salsa, el electropunk, todo esto, parecían ser géneros marginales, eran géneros que cargaban con mucho estigma, y que no presumías si te gustaba”, señala Jurado, que habla del Flowfest, un festival de reguetón, o de las nuevas agrupaciones de cumbia, como escenas de las que no se esperaba que ocuparan los principales escenarios de música.
Para Enríquez, que ve esta evolución de lo musical también en las obras de escritores como los mexicanos Alejandro Castillo o Gabriel Rodrigez Liceaga, la provocación tanto en la pista de baile como en las páginas de sus libros favoritos, son el germen de la rebeldía de las nuevas generaciones que claman por ser vistas y escuchadas.
“Mucha gente sigue diciendo que el reggaetón es una mierda, una porquería que no tiene letra, que no tienen propuesta, pero la propuesta en sí es esa reivindicación de ritmos de baile. Es una provocación bailar, ser sexualmente explícito, ver de frente esa cosa de decir: somos jóvenes y nos vale madre, estamos bailando. Creo que ahí está ese germen y reivindicar ese ‘a tomar por culo la música de nuestros padres’, porque llega a un punto en el que tu forma de ser rebelde es hacer exactamente la opuesta de la autoridad y ya no poner más a Serrat, y ahora a Bad Bunny”.
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