El hundimiento de Ciudad de México, un factor desestimado que agrava las inundaciones en la capital
El Valle de México se hunde a una velocidad de hasta 30 centímetros por año, un fenómeno impulsado por la extracción desmedida de agua subterránea y su pasado lacustre, que empeora el riesgo de encharcamientos en el centro y oriente


La temporada récord de lluvias que atraviesa Ciudad de México ha dejado al descubierto la vulnerabilidad de la capital a las inundaciones. Las imágenes de avenidas convertidas en arroyos, coches sumergidos y transporte público colapsado han reavivado el debate sobre los factores que ponen en jaque a una megalópolis de más de 20 millones de habitantes cada que las lluvias alcanzan su máximo durante el verano. Además de la crisis climática y los fenómenos extremos que trae consigo, el deficiente sistema de drenaje y el crecimiento desmedido de la capital, el hundimiento acelerado de la ciudad juega un papel decisivo en las zonas con mayor riesgo de sufrir inundaciones y pérdidas.
“Ciudad de México es el caso más extremo de los que se han reportado con subsidencia en el mundo”, explica a EL PAÍS Darío Solano Rojas, científico de la Facultad de Ingeniería de la UNAM que ha dedicado la última década a estudiar el hundimiento de la capital, un fenómeno provocado por la sobreextracción de agua subterránea y agravado por el suelo lacustre sobre el que se levantó la ciudad. Solano apunta que no se trata de un problema nuevo mientras hace un recuento de cómo la ciudad ha lidiado con inundaciones graves desde antes de la Conquista. “Está desde que construyeron las pirámides con pilotes de madera, se les ponían troncos debajo porque sabían que el terreno era propenso a hundirse”, asegura.
El caso de Ciudad de México es único por la combinación de dos factores: el medio natural del Valle de México, fundada sobre un sistema de lagos con sedimentos blandos, y la extracción de agua subterránea para satisfacer una demanda creciente, impulsada por el crecimiento acelerado de la mancha urbana de la megalópolis. Rojas, experto en mediciones a partir de imágenes de satélite, propone un ejemplo para explicar la topografía de la cuenca: “Quitemos la ciudad de encima y evaluemos esto como un medio natural: tenemos un montón de montañas alrededor y el agua queda atrapada; es una cuenca. Si pudiéramos caminar en el lecho de cualquier lago, veríamos que es como una olla. El terreno de la ciudad tiene una propensión natural a la acumulación de agua en el centro, y de ahí se empieza a llenar hacia las orillas”, explica.
Del oriente al centro: así se hunde Ciudad de México
La velocidad a la que se hunde el suelo de la capital; sin embargo, no es uniforme. El Atlas de riesgos de Ciudad de México clasifica el hundimiento de la capital en tres niveles: amarillo, donde la subsidencia es más lenta y avanza de cero a 10 centímetros al año; naranja, en las zonas donde el hundimiento es mayor y alcanza de 11 a 20 centímetros anuales; y rojo, en las áreas en las que la subsidencia es más grave y se hunden desde 21 hasta 30 centímetros al año. El mapeo de estas zonas revela un patrón de hundimiento que aumenta desde el centro y alcanza su punto más crítico conforme se acerca al oriente; y disminuye hasta el poniente.
Para Emmanuel Zúñiga, investigador del Instituto de Geografía de la UNAM y experto en el riesgo de inundaciones, no es ninguna coincidencia que el centro-oriente de la ciudad que presenta el mayor nivel de hundimiento también sea la región más afectada por inundaciones: “La zona centro-oriente es donde encontramos los mayores desastres asociados a inundaciones, tenemos registrados hasta 50 centímetros y más. Es donde se encontraban los antiguos lagos y donde más se está hundiendo la ciudad... se trata de una zona de acumulación de agua de forma natural”, explica a este diario.
Zúñiga forma parte de un equipo del Instituto de Geografía de la UNAM que trabaja en un repositorio de datos satelitales abiertos para conocer a detalle las calles y colonias más afectadas por inundaciones después de cada tormenta. Tras las precipitaciones del 2 de junio, la primera gran lluvia de la temporada que dejó unos 143 encharcamientos y 64 coches afectados, Zúñiga y el resto de su equipo publicaron un mapa con los encharcamientos e inundaciones a detalle en la ciudad. La imagen de un grupo de autos sumergidos por completo en un bajopuente ubicado entre Viaducto y Circuito Interior, un punto que conecta dos de las vías rápidas más transitadas de la capital en el oriente, se compartió por miles en redes sociales y dio cuenta de las afectaciones en esa zona de la ciudad.
A la tormenta del 2 de junio siguió un julio de lluvias récord: los 298 milímetros de precipitación que cayeron sobre Ciudad de México duplicaron la media histórica del mes, calculada en 150 milímetros de lluvia. El escenario de principios de junio se repitió el 11 de agosto, cuando la lluvia más intensa del año hasta ahora provocó graves daños, con especial énfasis en la zona centro-oriente: el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México —que en el Atlas de riesgos forma parte del área roja que experimenta un mayor hundimiento— suspendió sus operaciones entre pistas de aterrizaje y salas inundadas. En el centro histórico de la capital, el Zócalo y las calles aledañas también sufrieron inundaciones graves. “En la Ciudad de México, el centro de la cuenca está cerca del aeropuerto, es lógico pensar que ahí es donde suele inundarse primero”, explica Solano Rojas al respecto. En el municipio de Nezahualcóyotl, una ciudad dormitorio al oriente del Valle de México, el sistema de drenaje colapsó y el agua comenzó a filtrarse a las casas desde las coladeras.

Mientras Zúñiga y su equipo trabajan con los datos satelitales de las lluvias de esta temporada en busca de patrones que puedan servir al Gobierno local para tomar decisiones en el futuro en materia de prevención, Solano llama a repensar la protección civil desde un nuevo enfoque: “Nuestra respuesta como sociedad está planeada para situaciones que no son tan extremas, pero el cambio climático nos está exigiendo un reajuste a nivel global. Tenemos que adaptarnos a las nuevas condiciones porque la tendencia es que estos extremos, de precipitación y sequías, se van a ir incrementado... el cambio climático nos está poniendo en condiciones para las cuales no está planeada la ciudad”.
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