Laia Casadevall, matrona y escritora: “Nombrar la violencia obstétrica como violencia rompe con la idea de que todo se hace por el bien de la paciente”
La también divulgadora publica su tercer libro, en el que pone el foco en las dinámicas del sistema sanitario que vulneran los derechos de las mujeres en el embarazo y el parto. En ‘No estás sola’ ofrece también recursos y acompañamiento para quienes han vivido estas experiencias

La matrona Laia Casadevall (Vic, 40 años), autora de Guía para un embarazo consciente (Vergara 2021) y de Maternidad consciente (Vergara, 2024) , regresa con el que es su tercer libro, No estás sola (Vergara, 2026). Es un volumen en el que pone el foco en las dinámicas del sistema sanitario que pueden vulnerar los derechos de las mujeres durante el embarazo y el parto. A partir de testimonios reales y un análisis crítico, la también divulgadora aborda la violencia obstétrica y plantea la necesidad de transformar la atención hacia modelos más respetuosos, basados en la evidencia científica y en la autonomía de las pacientes.
El libro también ofrece herramientas, recursos y acompañamiento para quienes han vivido estas experiencias. “La violencia obstétrica no es un conjunto de casos aislados, sino la consecuencia de una forma de entender la atención al parto profundamente medicalizada, jerárquica y poco centrada en la mujer”, explica Casadevall, que cuenta con más de 150.000 seguidores en Instagram. “Cuando los mismos relatos se repiten en distintos hospitales, ciudades y profesionales, deja de ser anecdótico y pasa a ser estructural”, sostiene. Para la matrona, el problema no es quién lo hizo mal, sino qué sistema permite, y a veces fomenta, esas prácticas.
PREGUNTA. El término violencia obstétrica sigue generando rechazo en parte del sector. ¿Por qué cuesta tanto nombrarla y reconocerla?
RESPUESTA. Porque interpela directamente a quienes trabajan dentro del sistema. Nombrar la violencia obstétrica como violencia rompe con la idea de que todo lo que se hace es siempre por el bien de la paciente. Genera incomodidad, defensividad e incluso culpa. Además, hay un choque entre la intención —cuidar— y el impacto real —dañar—. Reconocer esa brecha no es sencillo, pero no nombrar la violencia obstétrica no la hace desaparecer.
P. A lo largo del libro recoge testimonios muy duros. ¿Qué patrones comunes se repiten en esas experiencias?
R. Hay varios patrones constantes: falta de información o información incompleta; intervenciones sin consentimiento real; infantilización o trato deshumanizado; sensación de pérdida de control; no ser escuchadas o creídas; y prisas que invisibilizan los tiempos del parto. Más allá de la práctica concreta, lo que más se repite es la vivencia de no haber sido tratadas como sujetas de derechos.
P. Habla de prácticas normalizadas que vulneran derechos. ¿Cuáles son esas líneas rojas que nunca deberían cruzarse en un parto?
R. Son muy claras: realizar intervenciones sin consentimiento informado adecuado; intervenir sin justificación médica real —como cesáreas, inducciones o episiotomías innecesarias—; ignorar o invalidar el dolor o las decisiones de la mujer; usar un lenguaje humillante, coercitivo o paternalista; priorizar protocolos por encima de las preferencias de la paciente; o separar innecesariamente a la madre y al bebé. Son prácticas que vulneran derechos básicos y no deberían justificarse bajo ninguna circunstancia.
P. Desde su experiencia como matrona, ¿qué margen real tienen los profesionales para cambiar estas dinámicas?
R. El margen no es absoluto, pero tampoco inexistente. Hay limitaciones reales, pero también espacio en lo cotidiano: en cómo se comunica, cómo se informa, cómo se acompaña. Además, los cambios culturales dentro de los equipos muchas veces empiezan con profesionales concretos que cuestionan, proponen y sostienen otras formas de hacer.
P. En el libro insiste en la importancia de la información. ¿Por qué tantas mujeres llegan al parto sin conocer sus derechos?
R. Porque la información no siempre se ofrece de forma accesible, clara y completa. También influye una cultura sanitaria donde la autoridad del profesional no se cuestiona y donde muchas mujeres no saben que pueden decidir, preguntar o rechazar. A esto se suma la falta de tiempo en consulta y la desigualdad en el acceso a recursos de educación prenatal.
P. ¿Qué papel tiene el consentimiento informado? ¿Se respeta en la práctica clínica?
R. Es una pieza central, no un trámite administrativo. En la práctica, muchas veces se reduce a una firma o a una explicación rápida en momentos de vulnerabilidad, y eso no es consentimiento real. Consentir implica recibir información veraz, objetiva y científica, comprender, poder decidir sin presión y tener alternativas. Y eso, en muchos contextos, todavía no se garantiza.
P. ¿Qué impacto tienen estas experiencias en la salud mental de las mujeres?
R. Puede ser muy significativo: estrés postraumático, ansiedad o depresión posparto, dificultades en el vínculo con el bebé, miedo a futuros embarazos o sensación de culpa o fracaso. No hablamos solo de un mal recuerdo, sino de experiencias que pueden dejar una huella profunda si no son reconocidas y acompañadas.
P. Más allá de la denuncia, el libro ofrece herramientas. ¿Qué puede hacer una mujer que siente que ha vivido violencia obstétrica?
R. Lo primero es validar su experiencia: si lo vivió como violencia, eso importa. Después, puede buscar espacios donde narrarlo —grupos de apoyo, asociaciones o profesionales—, solicitar su historia clínica, realizar una consulta debriefing [intervención psicológica breve que se realiza tras un suceso traumático], presentar una reclamación si lo desea, buscar acompañamiento psicológico especializado, informarse sobre sus derechos o valorar la denuncia. No hay una única forma de reparar, pero es importante no atravesarlo en soledad.
P. Si tuviera que señalar tres cambios urgentes para transformar la atención obstétrica en España, ¿cuáles serían?
R. Aumentar el número de matronas y situarlas en el centro del modelo asistencial, porque la evidencia muestra que los modelos liderados por matronas mejoran resultados y experiencias. Garantizar el consentimiento informado real como eje de la práctica, con tiempo, información comprensible y respeto por las decisiones. Y reorganizar el sistema para permitir una atención más humanizada, revisando ratios, tiempos y continuidad de cuidados, junto con una formación sólida en derechos, comunicación y perspectiva de género.
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