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¿Era mi abuelo un nazi? Los alemanes se lanzan a la consulta ‘online’ del archivo nacionalsocialista

Más de 1,5 millones de personas buscan a sus parientes en las fichas de afiliación al partido de Hitler publicadas ahora en formato digital por Estados Unidos

Mitin nazi con las juventudes hitlerianas en 1936.Universal History Archive (Universal Images Group via Getty Images)

¿Era el abuelo nazi? ¿O el bisabuelo? ¿O la abuela? Son preguntas difíciles de responder. Muchas familias guardaron silencio y sus hijos, seguramente por miedo a saber la verdad, no preguntaron. Siguieron adelante y reprimieron en la memoria todo lo vivido durante la II Guerra Mundial. Pero desde hace poco, el fichero digitalizado de afiliados al Partido Nazi está a disposición de todo el mundo. Ahora no es necesario preguntar a nadie, basta con unos pocos clics de ratón.

Poder ahondar en la historia de la propia familia tan fácilmente ha desatado una ola de búsquedas, que ha colapsado por momentos el servidor de los Archivos Nacionales de EE UU que publicaron a finales de marzo en Internet unos 12 millones de ficheros del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) digitalizados.

Sin tediosas solicitudes, ahora basta con introducir el nombre en un buscador. Y para hacerlo aún más fácil, el semanario alemán Die Zeit ha creado una herramienta online con esos datos evitando así tener que navegar en un microfilm digitalizado. Un sencillo motor de búsqueda muestra directamente el carnet. Según datos de los Archivos Nacionales de Estados Unidos, más de 1,5 millones de personas han accedido a los microfilms desde su publicación digital. Mientras, desde Die Zeit dicen que han recibido “millones de visitas” y el buscador ha sido compartido “miles de veces”.

Más de 80 años después del final de la II Guerra Mundial y del Holocausto en el que murieron unos seis millones de judíos, muchas familias siguen descubriendo que alguno de sus familiares había formado parte del Partido Nazi. Hay que tener en cuenta que en 1945, poco antes de su caída, el NSDAP tenía 8,5 millones de miembros de una población adulta que rondaba los 55 millones.

“No sabíamos absolutamente nada”, explica Michael Dickreiter sobre el pasado de su familia. “Nos llamaron nuestra hija y nuestro nieto mayor, que estudia Ciencias Políticas, horrorizados cuando descubrieron que mi padre había estado en el partido”, comenta por teléfono desde Constanza, en el sur de Alemania, sobre su padre, Hans, que nació en 1907. “Me dejó alucinado, porque, sinceramente, por todo lo que sé de él —y lo conocí durante muchos años— me parecía totalmente imposible que él perteneciera a esa ideología”.

Su hija y su nieto fueron los primeros en enterarse a través de Die Zeit. Michael, de 84 años, abrió el buscador después. “Lo primero que pensé fue que quizá su jefe le había obligado. Mi padre no estuvo en la guerra porque fue declarado indispensable. No tuvo que ir al ejército. Y quizá ese fuera el precio, pensé. Pero no es cierto. Sus jefes no estaban en el partido”.

También buscó el nombre de los tres hermanos y de la hermana de su padre. Su tía no estaba en el partido, pero sus tres tíos sí. Dos de ellos eran profesores y se afiliaron el 1 de mayo de 1937. “Ya sabes que entre 1933 y 1937 no era posible afiliarse. Es decir, probablemente ya llevaban dos o tres años pensándolo”. Pero la sorpresa llegó con el tercero, el tío Eugen, que trabajaba en la metalurgia. “Siempre tuvimos la impresión de que era comunista”. Su tío Eugen, que emigró a EE UU en 1936 y que regresó a Alemania en la década de los cincuenta, se afilió al partido en 1927, algo que no podía ni imaginarse Dickreiter hasta que vio aparecer su carnet nazi. “Pero hay que entender que era un partido obrero. No era un partido de intelectuales”, apunta.

En esa época quien estaba afiliado se declaraba públicamente a favor de esa ideología. Hay que tener en cuenta, que los hombres estaban obligados a servir en la Wehrmacht —a no ser que se estuviera exento—, pero no estaban obligados a unirse al partido, aunque en algunos sectores profesionales existía una presión social.

Hans, que trabajaba entonces en el negocio del combustible, se afilió en 1941. Que no se adhiriera muy pronto al partido es algo que Dickreiter reconoce que le “tranquiliza” algo. Sin embargo, rememora cómo una vez descubrió la bandera nazi en el desván de casa, pero pensó que era algo habitual en esa época. Como en muchas familias, nunca habló con su padre de esa época. “Nunca dijo nada al respecto y yo, por supuesto, tampoco le pregunté”. Ahora, no tiene intención de indagar más. “Para mí el tema ya está zanjado”, aunque asegura que hablará de nuevo con sus hijos de todo.

La “incapacidad de llorar” diagnosticada en la década de los sesenta por los psicoanalistas Margarete y Alexander Mitscherlich en la sociedad de la posguerra y la “desrealización” del propio pasado incluían también el hecho de ocultar o ignorar la antigua afiliación al NSDAP. Posteriormente, el estudio publicado a principios de los 2000, El abuelo no era un nazi, reflejó cómo en numerosas familias persistía la idea de que sus propios antepasados no fueron nazis, que se opusieron de alguna manera. Pero la oposición y la resistencia fueron excepciones.

“Hay que decir siempre que también fue un pacto de silencio con dos caras. Creo que esta narrativa del silencio es, en parte, una justificación de la siguiente generación, porque explica por qué uno mismo no preguntó. Así que ahora los nietos también deben preguntar a sus padres: ‘¿Por qué me contaste historias falsas sobre mis abuelos?”, señala el historiador Johannes Spohr, que ayuda a investigar el pasado familiar a través de Present Past.

En su opinión, el deseo de saber es algo que se da especialmente desde hace al menos cinco años, cuando aumentó “considerablemente” el interés y ahora, con esta simplificación para acceder a los archivos, resulta “extremadamente atractiva”. La reticencia hasta ahora se debía al miedo a los archivos y a “las inhibiciones a la hora de abordar el tema en sí, que durante mucho tiempo fueron muy marcadas, por ejemplo, en forma de rechazo, negación de la culpa y represión”.

“Estos mecanismos han estado presentes durante décadas, pero en los últimos años se han debilitado en algunos ámbitos sociales. Probablemente, esto tenga que ver con la distancia temporal, pero también con la disminución de la lealtad hacia las generaciones mayores, así como con los actuales desarrollos políticos y sociales, como el auge de los movimientos de derecha”, explica Spohr, que reconoce que para los más jóvenes resulta “algo más fácil plantear ciertas preguntas”. Pero, al mismo tiempo, alerta de cómo algunas personas ven como “un orgullo” tener un pasado nazi.

Hasta la publicación de los archivos de Estados Unidos, solo se podía consultar el Archivo Federal de Alemania mediante previa solicitud y siempre que se cumplieran una serie de requisitos legales. “El Archivo Federal está registrando actualmente un notable aumento del interés por los ficheros de afiliados al NSDAP”, explica su portavoz, Elmar Kramer, sobre todo el revuelo. “En los últimos años, hemos recibido más de 75.000 consultas al año sobre personas de la época nazi, ya sea en relación con el NSDAP, la Wehrmacht u otros temas”, agrega sin querer entrar en más detalles.

Pero los expedientes del NSDAP revelan menos de lo que muchos esperan. Las escasas hojas no dan por sí solas ninguna información sobre los motivos de la afiliación. Spohr recomienda acudir al Archivo Federal de Alemania y también al fondo de la Wehrmacht. “Hay que seguir investigando y es entonces cuando realmente se pone interesante”.

Además, los ficheros del NSDAP no están completos, algunos se destruyeron. El hecho de que sobrevivieran gran parte de ellos se debe a Hanns Huber, director de una fábrica de papel en Múnich, quien, poco antes del final de la guerra, desobedeció la orden de destruir las toneladas de fichas y, en su lugar, las escondió.

Tras la guerra, fueron confiscadas por el ejército estadounidense y trasladadas a un archivo creado expresamente en Berlín Occidental, el Berlin Document Center. Los documentos nazis quedaron bajo administración estadounidense y se utilizaron, entre otras cosas, para los juicios de Núremberg contra los criminales de guerra. El Archivo Federal de Alemania se hizo cargo de los documentos en 1994 y se acordó que las copias en microfilm permanecieran en manos de los estadounidenses.

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