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Marina y Andrii, amor a prueba de bombas en el frente de Donbás

Los drones y los rápidos avances tecnológicos marcan el día a día de este matrimonio desplegado en torno a Kramatorsk

Marina y Andrii retratados el 4 de marzo en Kramatorsk.Luis de Vega

La vida avanza a trompicones en medio de la guerra de Ucrania, como en todas las guerras. Cual protagonistas de un folletín de Corín Tellado, Marina y Andrii mantienen firme su amor en uno de los frentes más activos, el de Donetsk. Eso sí, juntos (en la retaguardia), pero no revueltos (en la trinchera). Comparten batallón en la Brigada 93, pero no están autorizados a trabajar en las mismas posiciones del campo de batalla donde su misión es localizar y derribar drones rusos. Cada uno se sumerge en un agujero diferente en turnos de seis días ―el periodo normal si la situación permite llevar a cabo las rotaciones―, pero, con una autorización especial del comandante, sí comparten vivienda en la ciudad de Kramatorsk durante las jornadas que transcurren más alejados de los rusos mientras han de afrontar otras obligaciones.

Marina Pleshcheieva, de 28 años, tenía un billete para volar a París a esparcirse junto a una amiga el 24 de febrero de 2022. Esa madrugada, el presidente ruso ordenó la gran invasión del país vecino. Residente en Járkov, apenas a unas decenas de kilómetros de la frontera, vio sus vacaciones saltar por los aires. Aparcó entonces su trabajo en el sector bancario y se centró en ayudar a los desplazados por la guerra (distribuyendo alimentos y leña, buscando viviendas, etc.) y acabó entrando en contacto con militares. “En cada etapa sentía que quería hacer más. Con el tiempo me di cuenta de que yo también quería alistarme en el ejército”, explica en el salón de esa casa de Kramatorsk mientras Andrii Pleshcheiev, de 35 años, no deja de acariciarle las piernas. Ambos saben que llega un momento crucial y duro del relato.

Tras varias semanas de entrenamiento, el primer día de trabajo de Marina como militar, mataron a su padre. “Servía en una unidad de reparación de equipos de la Brigada 93. Un misil Iskander impactó en el edificio donde se encontraba. Yo acababa de terminar los 40 días de entrenamiento y fui directa al comandante a pedir que me enviaran a la unidad donde sirvió mi padre”, explica. Marina repite que la pérdida de su progenitor el 27 de julio de 2024 ha sido la peor experiencia de la guerra. “Andrii me ayudó a sobrellevarlo. A veces, literalmente, me llevaba al campo para que pudiera gritar y liberar mis emociones. No sé cómo logró llevarlo con tanta calma, pero lo superamos juntos”, agradece.

Marina cree que, llegados a este punto de la contienda en 2026, “es muy difícil hacer predicciones porque la guerra está evolucionando tecnológicamente a un ritmo muy rápido”. Aunque las posiciones de ambos ejércitos apenas sufren cambios, el protagonismo de los drones hace que “las ciudades ahora puedan ser destruidas de forma remota” y “se pueden rodear ciudades sin siquiera entrar en ellas”. Los rusos se encuentran a unos cuatro kilómetros del pueblo de su madre. Ese es solo uno de los motivos que le llevan a pensar que merece la pena luchar, aunque ella, como mujer, no está obligada por ley. Tampoco pierde de vista que la historia de su país se ha escrito a golpe de guerras. “Sin resistencia ya estaríamos esclavizados y no existiríamos como nación única”, concluye Marina.

“No me gusta emplear la palabra victoria porque en este tipo de guerras puede que nunca vaya a haber algo que pueda considerarse claramente victoria”, remacha Andrii, que no quiere comentar en profundidad la situación en el frente. Reconoce, eso sí, que “el enemigo logra avances sufriendo unas pérdidas enormes”. Sí destaca, en cambio, lo diferente que es protagonizar una guerra electrónica como la actual. Él nunca se ha enfrentado a una situación de fuego directo a golpe de rifle ante el enemigo, pero sí está a menudo bajo sus drones.

“Lo más importante es buscar refugio y evitar enfrentarse directamente al dron, porque es una lucha muy desigual”, relata y recuerda cómo, en su última misión, no logró ocultarse a tiempo. “El dron me rodeó lentamente mientras estaba entre unos arbustos. Podía ver mi refugio a solo cuatro o cinco pasos, pero entendí que, si intentaba correr hacia allí, me alcanzaría. En esos momentos, el cuerpo busca soluciones. Es fundamental comprender que el miedo es normal y, de hecho, es bueno. Cuando una persona tiene miedo, se centra en la supervivencia. Los instintos se agudizan, los sentidos se fortalecen y se puede correr más rápido. Lo más importante en esos momentos de peligro es preservar la propia vida y la de los compañeros”.

Marina, en minoría

Aunque no le da ninguno de los dos demasiada importancia, hay un momento de la conversación en el que Andrii aclara que “Marina realiza las mismas tareas que todos los demás” pese a estar en absoluta minoría como mujer. “Para nosotros es importante separar la vida familiar del servicio militar. No es que yo no sea un caballero, sino que ella es un soldado con sus derechos y obligaciones”, subraya Andrii, que tenía su propia productora audiovisual hasta que, a finales de 2023, se alistó. “Lo hice básicamente para salvar la vida de mis hijos y que nunca tengan que empuñar un arma”, afirma.

Las vidas de Marina y Andrii se cruzan por vez primera durante una carrera a beneficio de una unidad militar celebrada en Járkov el 1 de octubre de 2023. Él hizo los 10 kilómetros por la memoria de un amigo corredor profesional muerto en combate. Todo fue volando y, en un mes, estaban comprometidos. Marina alaba que él fuera honesto al hablar abiertamente de su anterior matrimonio y de sus dos hijos. En el momento en que comprobó que los dos niños y Marina se aceptaron, Andrii no lo dudó. Cada primero de mes corrían 10 kilómetros para celebrar su relación. También el 1 de marzo de 2024, cuando contrajeron matrimonio vestidos de corredores tras trotar cinco kilómetros.

Andrii, de enorme envergadura y barba interminable, trata por eso de expresar que lo primero para él son sus hijos y su esposa. “Una vez pensé que me derrumbaba exhausto mientras estábamos transportando armamento muy pesado a lo largo de dos kilómetros bajo ataques enemigos. Lo único que me ayudó a seguir adelante fue que, unos días después, iba a pasar Navidad junto a mis hijos y Marina”, comenta.

En la retaguardia, cuando habitan en un chalé alquilado de Kramatorsk, acuden a cumplir con otras obligaciones como entrenamientos de tiro, ejercicios de medicina táctica, reparación de equipos o preparación de material y alimentos para llevar al siguiente turno. Alguna noche, reciben a amigos ―también militares― a cenar. Tratan de entretenerse como si Kramatorsk no estuviera siendo golpeada constantemente por los rusos. El tono distendido se torna serio cuando Andrii dedica varios brindis a los que ya no están, especialmente a su suegro.

Cuando, pasados esos días, se trasladan de nuevo cada uno a su posición, no solo se eleva el nivel de tensión y peligro, sino que han de convivir con todo tipo de incomodidades. La radio y la interconexión gracias a Starlink (el sistema de wifi de Elon Musk) les permiten saber en cada momento qué ocurre donde está desplegado el otro. “Sé inmediatamente si están atacando donde se encuentra Marina”, señala Andrii.

Los ratos que están en casa es fácil verles acaramelados en la cocina o en el salón, ya sea en pijama o vestidos de camuflaje. Se comen a besos con frecuencia, se acarician y apenas hablan de la guerra. Planean tener hijos en común, pero, al menos en el caso de ella, en estos momentos el nivel de estrés es demasiado elevado y su actividad es incompatible con el embarazo. De momento, no está en sus planes aparcar la defensa de Ucrania como militar. Ambos viven absorbidos por el amor y la guerra. Marina le repite a menudo a Andrii: “Cuéntame de nuevo cómo te enamoraste de mí la primera vez que me viste”.

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