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Series
Crítica

El final de la segunda temporada de ‘The Pitt’: cómo apagar el ‘burnout’

La serie de HBO Max se despide por ahora entre fuegos artificiales, es 4 de julio, pero sin ellos en el guion. Tras tanto dolor, angustia y muerte, la vida se abre paso susurrando a un bebé y a gritos en un karaoke

Una imagen de la segunda temporada de 'The Pitt'.

—Si esta urgencia te pilla en Pittsburgh, ¿quién querrías que te tocase?

—Si es poca cosa, Langdon, obvio. Si es algo peor, la doctora King, que es la más empática, quizá por ser la neurodivergente del equipo… Y en ningún caso el jefe: te pase lo que te pase, al doctor Robby siempre le va a doler más que a ti la vida.

Pensaba esto en una sala de espera hospitalaria de las muchas que he visitado estos años, como madre, como hija, como enferma crónica, y esta vez como accidentada en urgencias. Pero incluso las abonadas a la Sanidad no vemos apenas nada de lo que muestra The Pitt. Ni los nervios, ni la responsabilidad, el agotamiento y los piques entre médicos. A este lado, hay mucha menos sangre, apenas vísceras, casi nunca la muerte. Por eso es tan sorprendente el cierre de la segunda temporada de la serie de HBO Max: tras 15 episodios cabalgando el gore y la adrenalina a la que se enfrenta un equipo médico al límite, el final celebra la vida. Esa cosa tan normal y poco épica que damos por sentada hasta que un día acabas en urgencias.

La serie resuelve entre fuegos artificiales —es 4 de julio—, pero sin ellos en el guion. Huye del espectáculo para quedarse en lo pequeño, que es lo enorme. Que te vayan a recoger al curro, que un amigo se preocupe por ti, pedir perdón después de ser un capullo, que te digan un par de verdades a la cara... El soctor Robby lleva dos temporadas navegando como puede el burnout laboral con ojos perennes de cordero degollado, ataques de pánico e ideaciones suicidas. Todo apunta a que su única salida para librarse de un trabajo que le aplasta, pero no puede dejar, es partirse la crisma en su Triumph. Y, sin embargo, le salva oler a un bebé.

Antes, el médico más triste y en negación del mundo consigue mantener un par de conversaciones breves, pero sinceras, con otros dos hombres heterosexuales sobre sus sentimientos (un refrescante milagro que no le toque a alguna de las enfermeras que cuidan de la plantilla, tanto como de los enfermos).

En la serie la intimidad se resuelve así, a trompicones. Frente a tantas otras ficciones médicas donde el hilo son las emociones de los facultativos y los casos el aderezo, en The Pitt el eje es el trabajo. Cuando se estrenó el año pasado la prensa anglosajona la etiquetó como “competence porn, género que se goza viendo a gente eficiente hacer bien su oficio. En detalle, con destreza. Un trabajo complejo basado en la formación, el deber y el sostén colectivo de un equipo. Bien hecho a pesar del ICE, de la estupidez humana, la violencia, la desintegración del Estado y de un sistema sanitario desbordado y cruel que acaba quemando a quien lo da todo por él. Aunque el espectador no salve vidas durante 15 horas al día, cualquiera ha tenido jornadas que arden. Reuniones fallidas, titulares mediocres, clientes insatisfechos, un jefe cruzado… Imagine si el problema es una arteria que se deshace, un niño que no respira o una cabeza reventada por un petardo.

El equipo de día se despide de una jornada de muertes, dolor y deportaciones en la azotea del hospital viendo los fuegos artificiales que celebran un país que está roto porque no cuida a los suyos. Los miran tristes pero juntos al menos. “Todo va a salir bien”, le susurra mientras tanto Robby al bebé en una salita. Internet ha elucubrado que cambiará la moto por la paternidad en la tercera temporada ya anunciada. Ojalá no con esos horarios.

De eso va el final, de poder cuidar y de permitir cuidarse para evitar la quemadura del día a día que arrasa con la vida. Mirando de verdad hacia dentro, tomando decisiones que dan miedo, asumiendo los propios límites, emocionales y físicos. Y a veces haciendo algo mucho más fácil y mucho más tonto. En mitad de los créditos hay un segundo final, aún mejor que el primero: dos compañeras, la más borde y la más maja, que ni siquiera son amigas, acaban en un karaoke cantando a gritos Alanis Morissette. Porque desfogarse también apaga, aunque sea un rato, la llama que quema.

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