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Estados Unidos e Irán afrontan en Islamabad una negociación incierta marcada por la desconfianza

Las delegaciones de ambos países se citan en Pakistán para dialogar desde posiciones muy alejadas sobre la guerra en Oriente Próximo y una posible paz

J. D. Vance saludaba este viernes 10 de abril a la prensa antes de subir al 'Air Force Two' en la base de Andrews (Maryland) rumbo a Pakistán. Associated Press/LaPresse (APN)

El hotel Serena, junto al Ministerio de Asuntos Exteriores en Islamabad, y donde el Gobierno de Pakistán suele mantener algunas de sus reuniones con líderes extranjeros de mayor peso, es desde este viernes una fortaleza inexpugnable. Allí se han dado cita este sábado Estados Unidos e Irán en medio de una desconfianza total, cada uno con su equipo titular de negociadores, para tratar de alcanzar una salida a una guerra que, en sus 40 días de duración hasta el frágil alto el fuego del pasado miércoles, ha matado a unas 6.000 personas (de ellas, más de 3.000 en Irán y al menos 1.500 en Líbano). También ha afectado directamente a 14 países, sobre todo en el golfo Pérsico, alterado la crucial ruta de exportación de hidrocarburos del estrecho de Ormuz y atizado el temor incluso al uso de armas nucleares por parte de Washington.

En torno a la cita abundan las hipérboles y escasean las expectativas. “El reinicio [de unas relaciones geopolíticas] más potente del mundo”, proclamaba este viernes el presidente estadounidense, Donald Trump, en un brevísimo mensaje en sus redes sociales, horas antes de la llegada a Islamabad de la delegación encabezada por el vicepresidente, J. D. Vance, y en la que figuran también los negociadores habituales de Washington, el enviado especial de Trump, Steve Witkoff, y Jared Kushner, yerno del presidente.

Las declaraciones de los líderes de las respectivas delegaciones eran mucho más cautas. A punto de emprender su viaje, Vance matizaba el entusiasmo de su jefe. “Si los iraníes están dispuestos a negociar de buena fe, nosotros desde luego estaremos dispuestos a tenderles la mano”, apuntó. “Pero si intentan jugar con nosotros, encontrarán que el equipo negociador no es tan receptivo”, advertía Vance. “Intentaremos tener unas negociaciones positivas”. El propio Trump, horas después, daba uno de los bandazos que han caracterizado sus posturas durante la guerra, y proclamaba: “¡Los iraníes no parecen darse cuenta de que no tienen cartas, más que la de extorsionar al mundo a corto plazo mediante el uso de aguas internacionales. ¡La única razón por la que están vivos en este momento es para negociar!”.

Por su parte, el presidente del Majlis, el Parlamento iraní, Mohamed Baqer Qalibaf, que representará a su país junto al ministro de Exteriores, Abbas Araghchí, era aún más tajante a la hora de recortar las esperanzas: “Dos de las medidas acordadas mutuamente entre las partes aún no se han puesto en marcha: un alto el fuego en Líbano y la liberación antes del inicio de las conversaciones de los activos iraníes congelados”.

Hasta el último momento, ni siquiera estaba claro que la reunión fuera a tener lugar: Vance tenía ya un pie en la escalerilla del avión mientras Teherán condicionaba el diálogo a que un acuerdo de paz incluya a Líbano, algo a lo que Estados Unidos y, sobre todo, su gran aliado Israel, se niegan. No obstante, anoche, los gobiernos de Líbano e Israel confirmaron el inicio de conversaciones el próximo martes en Washington, aunque el Ejecutivo israelí descartó nuevamente pactar un alto el fuego con Hezbolá. El tiempo apremia: ambas partes se sentarán previsiblemente a la mesa con el mediador paquistaní con un horizonte inicial de dos semanas de tregua ―el plazo empezó a correr el miércoles―, un profundísimo recelo mutuo y posturas aún irreconciliables.

Además, la delicada naturaleza de la reunión y el estilo de diplomacia de la Administración de Trump —poco dado a sutilezas y proclive a proclamar cosas primero y dejar para después el ver cómo lograrlas— hacían que pocas cosas estuvieran claras sobre cómo se desarrollarán los contactos. En víspera de las negociaciones, ni siquiera se sabía este viernes a qué hora está programado el inicio, ni la duración.

Tampoco sobre qué base negociarán las partes. Irán ha asegurado que solo tratará su plan de 10 puntos, que exige un control permanente del estrecho de Ormuz, la retirada de las fuerzas militares estadounidenses de Oriente Próximo y el fin de la guerra en todos los frentes. Teherán aspira a su vez a seguir enriqueciendo uranio —según afirma, con fines pacíficos—; a que Washington rubrique un pacto de no agresión que impida nuevos bombardeos, refrendado luego por una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, y al pago de compensaciones por los daños de la guerra. También reclama el levantamiento de todas las sanciones que pesan contra el país.

Estados Unidos no solo no ha aceptado ese plan, sino que, como a lo largo de toda la guerra, Trump ha dado fuertes giros en sus declaraciones acerca de las demandas de su país. En su mensaje el miércoles para anunciar el alto el fuego, calificó el plan iraní de “viable” y un buen punto de partida. Horas después, su portavoz, Karoline Leavitt, enmendó la plana en su nombre y sostuvo que Teherán había presentado un plan diferente al que se había difundido públicamente, mucho más moderado.

La Casa Blanca exige a Teherán que renuncie a enriquecer uranio y entregue sus reservas de más de 400 kilogramos que posee de ese mineral enriquecido a porcentajes cercanos al necesario para fabricar armas atómicas. Son, en principio, líneas rojas para la República Islámica, sobre todo la primera, pues Irán define ese enriquecimiento como “un derecho soberano”.

Aun así, uno de los principales obstáculos para un acuerdo duradero es ahora mismo Líbano, como ponía de relieve Qalibaf en su mensaje en redes sociales. Irán aboga por un alto el fuego regional, que incluya también a ese país y a su aliado libanés, la milicia Hezbolá, y ha amenazado con romper la tregua si continúan los bombardeos israelíes como el que, solo el miércoles, mató a más de 300 personas. El primer ministro paquistaní, Shehbaz Sharif, coincide con Teherán en que la pausa en los combates debería incluir a ese país fronterizo con Israel.

Estados Unidos, que inicialmente pareció aceptar que el pequeño país árabe estuviera incluido en el acuerdo de alto el fuego, dio luego otro bandazo, otro más, para ponerse del lado israelí y declarar que no. Que Líbano nunca formó parte de la negociación. Sin embargo, cuando las tensiones amenazaron con hacer saltar por los aires ese “reinicio” histórico del que Trump quiere presumir, el presidente estadounidense no dudó en presionar al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, para frenarlo, en una llamada telefónica el miércoles, según ha reconocido el propio inquilino de la Casa Blanca.

El otro gran escollo en la negociación es la apertura del estratégico estrecho de Ormuz, clave para el tránsito de gas, petróleo y otras materias primas imprescindibles en la economía mundial. Irán bloqueó el paso a raíz de la guerra y lo mantiene casi completamente cerrado, pese a que Trump condicionó el alto el fuego a que Teherán franqueara el paso a los buques mercantes.

En mensajes en redes sociales el jueves, el presidente estadounidense lanzó serias advertencias: “Irán está haciendo un muy mal trabajo, deshonroso dirían algunos, para permitir que el petróleo cruce el estrecho de Ormuz. ¡Ese no es el acuerdo que tenemos!”.

También advirtió contra la imposición de mecanismos de peaje en un estrecho de aguas internacionales y en el que, hasta que se lanzó la guerra, se respetaba la libre navegación. En cambio, ahora Irán aspira a arrancar que se reconozca, si no de iure, al menos de facto, su control sobre Ormuz junto con el otro Estado ribereño de esas aguas, Omán.

El aval del líder

Tanto la delegación estadounidense como la iraní presentan importantes novedades respecto a anteriores rondas negociadoras. Por parte de Teherán, la fundamental es que estará encabezada por el presidente del Parlamento Mohamed Baqer Qalibaf, cuyo perfil garantiza la interlocución con el poderoso aparato militar y de seguridad iraní, cuya última palabra será imprescindible para alcanzar un posible acuerdo. Aunque no se ha confirmado si un representante de la Guardia Revolucionaria formará parte de la delegación del país asiático, Qalibaf es un antiguo comandante de ese poderoso ejército paralelo y sus vínculos con él son sólidos.

Este político iraní es un conservador, eterno aspirante a la presidencia del país —los halcones más radicales del régimen lo apodan El Padrino por su implicación en numerosos asuntos de corrupción—, pero también es un pragmático, abierto a acuerdos con Occidente. Y es uno de los pocos jerarcas iraníes con esas características a quien Israel aún no ha matado.

Además, llega a Islamabad con el aval del líder supremo iraní, Mojtaba Jameneí, según ha afirmado este viernes el vicepresidente de la Comisión de Seguridad Nacional y Política Exterior del Parlamento, Mahmoud Nabavian, informa Ali Falahi. Nabavian ha añadido un dato relevante: el líder supremo, en paradero desconocido desde el inicio de la guerra, el 28 de febrero, sigue comprometido con la fetua (dictamen de un jurisconsulto islámico) que prohíbe las armas nucleares de su fallecido padre, Ali Jameneí.

La novedad en el lado estadounidense es la inclusión del vicepresidente Vance, que se atribuye a la desconfianza de Teherán hacia Witkoff y Kushner, ambos de confesión judía y a quienes Irán ve como poco más que títeres de su némesis regional, Israel. El enviado de Trump y su yerno encabezaron la negociación sobre un acuerdo nuclear con Teherán en febrero, cuando Estados Unidos y su aliado israelí iniciaron su ataque contra Irán en pleno diálogo. Vance forma parte, además, del ala del movimiento republicano MAGA (Make America Great Again, Hagamos Estados Unidos Grande de Nuevo) que se ha mostrado recelosa respecto a la guerra. Ese conflicto podría arruinar su posible candidatura a la nominación presidencial republicana.

Ambas delegaciones puede que no lleguen ni a estar en la misma sala del hotel Serena. En las anteriores y frustradas rondas los representantes iraníes han insistido en que las negociaciones con su enemigo estadounidense fueran “indirectas”; que ni siquiera se reunieran en torno a la misma mesa. También en esta ocasión, se espera que iraníes y estadounidenses se sienten en estancias diferentes mientras altos funcionarios del país mediador ―bajo el mando del viceprimer ministro y ministro de Asuntos Exteriores paquistaní, Ishaq Dar― corren de una habitación a otra para transmitir los mensajes de ambos.

La desconfianza es “total” y ni siquiera estuvo claro hasta muy tarde cuándo llegarían los negociadores de Teherán. El viernes a última hora, y después de noticias contradictorias, los medios iraníes confirmaron que la delegación acababa de llegar a Islamabad.

Mientras, Pakistán ha decretado a toda prisa dos días festivos, desplegado efectivos de su ejército en la zona roja de su capital y establecido un perímetro de tres kilómetros alrededor del hotel Serena, cuyos huéspedes han sido desalojados. El recelo es tan profundo que una fuente cercana a las negociaciones ha confirmado a Reuters que aviones de combate paquistaníes escoltarían el avión de los iraníes para garantizar su seguridad.

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