Las grandes capitales de Europa se resisten ante el apogeo de la extrema derecha
El auge de los partidos ultras contrasta con la firmeza con la que las fuerzas progresistas mantienen el poder en las ciudades

París, capital entre capitales, ha vuelto a dejar claro que no quiere un alcalde de ultraderecha, ni tampoco uno de perfil conservador más clásico. El socialista Emmanuel Grégoire se impuso el 22 de marzo con una holgura mayor de la prevista en la segunda vuelta de las elecciones municipales. La candidata de la derecha, Rachida Dati, quedó lejos del bastón de mando, y el Reagrupamiento Nacional ―el partido de Marine Le Pen― no obtuvo ni un solo escaño, relegado a un residual 1,6% de los votos. Los resultados confirman que, como regla general, los partidos de extrema derecha aún son minoritarios en las capitales europeas, donde las fuerzas progresistas y ecologistas son las dominantes.
Los recientes comicios en la ciudad más poblada de Francia, potencia económica, política y cultural del Viejo Continente a pesar de los pesares ―que no son pocos―, constituyen la prueba más evidente de que los ultras ganan terreno, y de qué manera, en la esfera continental y comunitaria ―sucedió en la Eurocámara en las últimas elecciones―, pero no en la municipal.
La ola ultra lleva tiempo fraguándose, pero ha ganado fuerza en el último lustro. La extrema derecha gobierna o sostiene ejecutivos en ocho de los 27 países de la Unión Europea, entre ellos Italia, y lidera los sondeos en tres países que son caza mayor: Francia, Alemania y, ya fuera del bloque, el Reino Unido. Ese empuje, innegable, ha encontrado un dique igualmente poderoso en las capitales y en las ciudades más pobladas de los Veintisiete. No gobierna en ninguna de ellas, ni siquiera como socio minoritario en una coalición. Y, a tenor de las encuestas, no parece tener visos de lograrlo a corto o medio plazo.
Los partidos de ultraderecha no han dejado de ganar terreno en los comicios nacionales y europeos, revalidando sus resultados anteriores y sin un techo claro, según los últimos estudios demoscópicos. En las capitales, esas cifras caen en picado: a duras penas superan el doble dígito en la mayoría de grandes urbes continentales. Lo logró la agitadora Sarah Knafo, del xenófobo ¡Reconquista!, en París, por los pelos (10,4%), para después retirarse de la segunda vuelta al constatar que su andadura no tenía visos de llegar a ningún lado. En Berlín, Alternativa para Alemania (AfD) se quedó en el 9%. En Londres, donde los ecologistas amenazan con descabalgar al Partido Laborista de la alcaldía en mayo, las opciones del ultraderechista Reform UK son remotas.
Incluso en Madrid, donde la derecha encadena décadas de gobierno únicamente interrumpidas por los cuatro años de Manuela Carmena (2015-2019), la capacidad de movilización de Vox es pequeña, muy similar a la de AfD en Berlín. No obstante, el panorama político madrileño es una excepción. Los 29 escaños que obtuvo el Partido Popular en las elecciones de 2023 no tienen parangón: es la única formación que dispone de una mayoría absoluta en la Cámara de una capital comunitaria. Además, el caso español es una anomalía en la UE, con el Ejecutivo nacional más escorado a la izquierda que el que gobierna en su capital.
Los gobiernos progresistas son claramente mayoritarios entre las 27 capitales de la Unión. Budapest, Varsovia y Atenas son tres claros ejemplos de que, salvo en contadas excepciones ―como las de Madrid y Lisboa―, los partidos más conservadores en general, y de la ultraderecha en particular, cosechan peores resultados en las principales urbes de Europa.
El contraste geográfico es evidente. La extrema derecha, como el conservadurismo clásico antaño, tiene su gran caladero de voto en las zonas rurales y en aquellas ciudades de tamaño medio o pequeño que más han sufrido el azote del olvido o de la globalización, con severas deslocalizaciones industriales y empleos peor remunerados. Terreno fértil para sus invectivas.
En términos generales, Daphne Halikiopoulou, jefa del área de investigación en Política Comparada de la Universidad de York (el Reino Unido), observa un voto urbano o metropolitano predominantemente a favor de formaciones progresistas o ecologistas, con periferias o áreas netamente rurales inclinándose sin freno hacia la extrema derecha. Son, dice, varios los elementos que explican esto: el medioambiental, con los partidos ultra capitalizando la agenda antiecologista o de quienes se sienten perdedores por las políticas verdes, mientras que en el centro de las ciudades suelen vivir personas con más recursos económicos, cuyo bienestar material no se ve particularmente amenazado.
Son varias las capitales comunitarias gobernadas por fuerzas ecologistas de izquierda. Entre ellas, Copenhague, Ámsterdam y Zagreb (Croacia). El caso de la capital danesa resulta paradigmático. El pasado noviembre, los socialdemócratas, arrollados por partidos a su izquierda, perdieron el control del Ayuntamiento por primera vez en más de un siglo. La Alianza Roji-Verde, el partido más a la izquierda del espectro político de Dinamarca, ganó las elecciones municipales en Copenhague con el 22,1%, mientras que en las parlamentarias del pasado martes obtuvo el 6,3% de los apoyos a escala nacional. De los 55 miembros del Consejo Municipal de la capital danesa, 40 son de fuerzas progresistas y ecologistas, y solo dos representan a la ultraderecha.
“Las capitales y, en general, las grandes áreas urbanas no son inmunes a las tendencias de extrema derecha. Los partidos ultra también han ganado apoyo en muchas ciudades, pero siguen siendo considerablemente más débiles que en otras zonas”, completa Jonna Rickardsson, profesora de la Universidad de Jönköping (Suecia) con varios estudios publicados sobre el tema. Su pronóstico: considera “poco probable” que alguna gran capital europea sea gobernada por la extrema derecha “en un futuro cercano”.
Las capitales, desarrolla Rickardsson por correo electrónico, tienen perfiles demográficos y sociales que no favorecen a los partidos de extrema derecha: sus poblaciones son más diversas, más jóvenes, con un mayor nivel educativo y más liberales en lo social. “Albergan instituciones nacionales clave, como parlamentos, tribunales, palacios reales y grandes organizaciones mediáticas, y a menudo se han beneficiado de una fuerte inversión pública. Esto ha atraído empresas, residentes y capital privado, haciendo que las capitales sean económicamente más fuertes y social y culturalmente más diversas, lo que reduce el atractivo de los mensajes de extrema derecha”, concluye.
Hay más factores. “El aumento de la desigualdad regional impulsa el apoyo a la derecha en las zonas rurales y en ciudades más pequeñas”, subraya Martin Vinaes Larsen, politólogo de la Universidad de Aarhus (Dinamarca). “Mientras, en las grandes ciudades, [esa misma desigualdad] probablemente empuja a los votantes hacia partidos de izquierda y soluciones más radicales en materia de vivienda”.
Una tendencia que cruza el Atlántico
Lejos de ser únicamente europea, la tendencia parece más bien occidental. En Estados Unidos, el resultado de las elecciones municipales del pasado noviembre en Nueva York es el mejor recordatorio tanto de la divergencia en el voto en las grandes urbes y en el resto como de la propia asincronía entre el sufragio en las presidenciales y en las locales. En las primeras, Donald Trump ―neoyorquino de pro― sacó un resultado mucho mejor que el de otros republicanos ―y que él mismo― en citas anteriores. En las segundas, el izquierdista Zohran Mamdani ganó cómodamente. Las ocho mayores ciudades de EE UU están gobernadas por demócratas.

Aún más reciente es el caso de Miami (Florida), donde la demócrata Eileen Higgins obtuvo en diciembre una victoria en las urnas que la convirtió en la primera alcaldesa de la ciudad, poniendo además punto final a tres décadas de dominio republicano. Fue una nueva derrota municipal para el trumpismo más radical, la segunda en pocas semanas. Otro recordatorio de que la arena política municipal poco o nada tiene que ver con la nacional.
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