António José Seguro, el socialista que dio la sorpresa y disputará a los ultras la presidencia de Portugal
El antiguo líder del PS, que desapareció de escena tras perder las primarias contra António Costa en 2014, apuesta por los mensajes conciliadores frente al populismo de su rival, André Ventura


En política gustan las aves fénix. António José Seguro (Penamacor, 63 años), el socialista que este domingo venció contra pronóstico la primera vuelta de las presidenciales en Portugal, acaba de acceder al reducido club de los políticos con derecho a una segunda oportunidad. El 8 de febrero se enfrentará al populista André Ventura, líder del partido de extrema derecha Chega, para suceder a Marcelo Rebelo de Sousa en la jefatura del Estado durante los próximos cinco años. Dos hombres que están en las antípodas por sus ideas y por sus estilos. Ventura tratará de convertir la campaña en una batalla de gladiadores (“el socialismo mata”, dijo en la noche del domingo), mientras que Seguro no quiere salirse del debate educado. Todo lo que llegó a decir de su adversario en la noche electoral fue que estaban separados por “un océano de diferencias”, además de invitar a los electores a “derrotar a quién siembra odio”.
Nadie lo vio venir. Seguro abandonó la política en octubre de 2014, tras una lucha por el poder interno con António Costa. Un episodio poco elegante. Costa, entonces alcalde de Lisboa y hoy presidente del Consejo Europeo, aprovechó la pírrica victoria socialista en unas elecciones para lanzar la caballería contra el secretario general. Un ataque que Seguro consideró “una traición” a la tradición interna. En respuesta, convocó unas elecciones primarias abiertas a la no militancia y las perdió.
Desapareció de escena. “Durante los primeros años no hablaba de política”, recuerda el socialista Álvaro Beleza, uno de sus mejores amigos. El segurismo, sin embargo, no se extinguió. “Todavía tenía leales en la estructura del PS cuando comenzó a movilizarse para las presidenciales, gente que estaba en el terreno y que había estado callada durante los tiempos de Costa como primer ministro”, destaca la exlíder parlamentaria socialista Alexandra Leitão.
Dentro mantuvo leales y enemigos. Algunos barones cuestionaron su idoneidad para aspirar a la presidencia de la República. “No reúne los requisitos mínimos”, le afeó su colega Augusto Santos Silva, exministro y expresidente del Parlamento, que finalmente acabaría votándolo. El Partido Socialista tardó cuatro meses en expresarle su apoyo explícito. “Fue objeto de críticas por ser discreto y de perfil bajo y no presentar ideas disruptivas para el país. Solo faltó que le dijeran que no podía ser presidente por ser demasiado serio y honesto”, ironizó el director del Diário de Notícias, Filipe Alves.

Lo que le reprochaban como defectos -comedimiento, amabilidad, falta de carisma- acabó siendo la marca que le distinguió de sus rivales. “Es un moderado del que desconfió una parte del partido, pero la única posibilidad de que un socialista pueda ser presidente en estos tiempos es si logra atraer votos de la derecha”, sostiene Álvaro Beleza, que trató de convencerle para postularse en 2014, después de perder las primarias contra Costa. “En aquel momento prefirió alejarse de la política y eso ha sido muy importante porque le dio madurez y conocimiento sobre la vida real de las personas”, añade.
Hasta 2014 su vida había sido la política. Nacido en Penamacor, un pueblo cercano a la Raya, en una entrevista recordaba la influencia de la victoria del socialista Felipe González en España en 1982 en su decisión. Se licenció en Relaciones Internacionales, pero se concentró en la política. Pasó por casi todos los cargos: dirigente juvenil, diputado en Lisboa y Estrasburgo, secretario de Estado, ministro en el Gobierno de António Guterres y secretario general del PS.
En estos 11 años de autoexilio político, se dedicó a dar clases en la Universidad Autónoma de Lisboa y el Instituto Superior de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad de Lisboa. Montó una pequeña empresa turística para gestionar un hotel rural y producir aceite y vino. Está casado con la farmacéutica Margarida Maldonado Freitas, a la que conoció bailando en una discoteca, y tienen dos hijos.
La familia reside en Caldas da Rainha, una pequeña ciudad de 31.000 habitantes, donde celebró la victoria del domingo y donde quiere seguir viviendo aunque se convierta en jefe del Estado. Su negativa a seguir la noche electoral en Lisboa puede considerarse una declaración de intenciones. También su campaña se centró más en el país que vive al margen de la capital, a menudo ensimismada y fascinada consigo misma.
Su candidatura ha concitado apoyos plurales, como la científica Maria do Carmo Seguro (independiente), el coronel Vasco Lourenço (último superviviente del triunvirato que dirigió elgolpe de Estado contra la dictadura en abril de 1974) y personalidades de la derecha descontentas con la apuesta por Luís Marques Mendes como aspirante del centroderecha, vapuleado en las urnas al quedar como quinto en las preferencias de los portugueses.
Tiene la ventaja de que parece nuevo, pero no le falta experiencia institucional. Haber estado fuera de la política una década le permite sacudirse los constantes ataques de Ventura sobre la herencia socialista en la que incluye la corrupción o el caos en la sanidad. “Usted lleva más tiempo en política activa en este siglo que yo”, le dijo en el debate que tuvieron ambos en la primera vuelta. El encuentro es un anticipo de lo que vendrá: una esfinge contra un carro de combate.

Ventura tratará de acorralarlo como heredero de un socialismo que, en su opinión, ha hundido el país, mientras que Seguro se reivindica como un candidato “libre” y sin ataduras partidistas. No deja de ser irónico que tenga que cargar con la mochila de José Sócrates y António Costa, dos líderes que le ningunearon en el pasado. Una rivalidad que nació cuando el actual secretario general de la ONU y entonces primer ministro, António Guterres, nombró secretarios de Estado a tres jóvenes que acabarían escribiendo la historia política en las décadas siguientes: Sócrates, Costa y Seguro.
Sócrates representa un tiempo que todos los socialistas quieren olvidar, pero fue un todopoderoso primer ministro entre 2005 y 2011 que desde hace meses se enfrenta a un juicio por corrupción. Costa recuperó el poder para los suyos en 2015, tras los años difíciles del rescate financiero internacional, gracias a una alianza parlamentaria con los comunistas y el Bloco de Esquerda. Y Seguro, al que todos miraban como un accidente del pasado, es ahora el favorito en las encuestas para convertirse en el próximo presidente de la República, un cargo que no está en manos de la izquierda desde hace dos décadas.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.
Sobre la firma































































