Elecciones presidenciales en Portugal: la carrera más disputada e imprevisible en los últimos 50 años
El empate entre varios candidatos hace prever una segunda vuelta, donde por vez primera podría figurar un aspirante de la ultraderecha


El primer nombre que aparece en la papeleta de voto para elegir al próximo presidente de la República de Portugal en las elecciones del domingo 18 es un no candidato. El Tribunal Constitucional declaró que ni Ricardo Sousa ni otros dos aspirantes cumplían los requisitos legales para presentarse y los excluyó de la carrera para escoger al jefe del Estado que sustituirá a Marcelo Rebelo de Sousa. La decisión del alto tribunal se anunció el pasado 23 de diciembre, cuando los boletines de voto ya estaban en cocina y así se mantuvieron. Así que ofrecerán 14 opciones a cerca de 11 millones de electores, aunque solo 11 (diez hombres y una mujer, la eurodiputada del Bloco de Esquerda Catarina Martins) serán válidas.
A pesar de esa pequeña criba, estos comicios presidenciales, los undécimos desde la llegada de la democracia, son los más concurridos de la historia en Portugal desde que se votó por vez primera el jefe del Estado en 1976, dos años después de la Revolución de los Claveles. Y esa es la menor de sus singularidades. La imprevisibilidad sobre el resultado es la mayor de siempre, con cuatro candidatos empatados en cabeza. En el cuarteto con más probabilidades de ganar se incluían dos representantes de partidos tradicionales (Luís Marques Mendes del Partido Social Demócrata, centroderecha, y António José Seguro, del Partido Socialista, centroizquierda) y dos que reniegan del sistema (André Ventura, líder del partido ultra Chega, y Henrique Gouveia e Melo, un militar retirado que presume de su desvinculación con los partidos).
La campaña electoral, sin embargo, está provocando cambios en las tendencias de voto y el crecimiento destacado de un quinto aspirante, el eurodiputado liberal João Cotrim de Figueiredo. Tanto él, que cuenta con el apoyo de su partido, Iniciativa Liberal, como el socialista Seguro carecían de pocas opciones de pasar a la segunda vuelta hace pocas semanas, pero en los últimos días parecen desinflarse los dos nombres que lideraron las encuestas durante meses, Marques Mendes y Gouveia e Melo.

Al primero, que durante años fue comentarista político en televisión con una notable audiencia, le está penalizando la cercanía a las políticas del Gobierno —el primer ministro Luís Montenegro le ha apoyado en actos de campaña—y cierta opacidad sobre su pasada actividad profesional. “Es un lobista y un facilitador de negocios”, le espetó en un debate su adversario Gouveia e Melo. “No tiene ni idea del país y se ha especializado en politiquería, está peor que André Ventura”, contraatacó Mendes. Ambos tienen una de las pugnas más enconadas por disputarse un espacio similar del centro hacia la derecha, aunque uno lo haga desde la política tradicional y otro desde la antipolítica. El antiguo almirante Gouveia e Melo, que hace un año aparecía como el favorito por una popularidad construida como eficaz gestor de la campaña de vacunación en pandemia, ha ido perdiendo fuelle conforme era obligado a entrar en charcos políticos.
No obstante, la cifra de indecisos (alrededor del 16%) deja claro que no hay favoritos que puedan sentir asegurada su pase a la segunda vuelta, que ocurrirá el 8 de febrero si ninguno obtiene más del 50% de los votos el próximo domingo. Solo en una ocasión los portugueses tuvieron que acudir a las urnas por segunda vez para decantarse entre el socialista Mário Soares y el conservador Diogo Freitas do Amaral como jefe del Estado en 1986.

Portugal es una república semipresidencialista, que trata de equilibrar los poderes entre la Asamblea de la República (el Parlamento unicameral), el Gobierno y el presidente de la República, dueño de un papel que va más allá del institucional. Puede disolver la Asamblea, destituir al Gobierno, vetar leyes, fijar la fecha de todas las elecciones o indultar presos, además de ser el jefe supremo de las Fuerzas Armadas.
Su intervención en política puede ser decisiva, como ha ocurrido en el segundo mandato de Marcelo Rebelo de Sousa, que disolvió el Parlamento en tres ocasiones y convocó elecciones legislativas anticipadas. Mientras su primer mandato se distinguió por una alianza institucional con el primer ministro socialista, António Costa, pese a pertenecer a partidos rivales, para dar estabilidad al país, en el segundo prefirió resolver las graves crisis políticas desatadas tanto en el Gobierno de Costa como en el de sucesor de centroderecha, Luís Montenegro, con llamadas a las urnas. Estas han sumergido al país en una serie de miniciclos electorales donde el gran vencedor moral ha sido el partido de ultraderecha, Chega, convertido en la segunda fuerza parlamentaria, por delante de los socialistas.
Su líder, André Ventura, decidió presentarse a estas presidenciales más por una cuestión simbólica que por desear el cargo. Su objetivo es convertirse en primer ministro y ganar las próximas elecciones legislativas, pero la votación de este domingo le permitirá comprobar si todavía no ha tocado techo en Portugal. Tiene opciones de disputar la segunda vuelta, lo que sería un triunfo político importante para consolidar una imagen institucional que le permita atraer a votantes que rechazan su histrionismo. Su última polémica fue la colocación de carteles electorales con lemas contra inmigrantes y gitanos que un juzgado le obligó a retirar por discriminatorios. Una de las pocas cosas que los analistas políticos dan por seguras y que se repite en las encuestas es que Ventura perdería en esa segunda vuelta, fuese quien fuese al candidato alternativo al que se enfrentase.

Ventura cuenta con el electorado más fiel, pero es el candidato menos transversal en unas elecciones donde las fronteras partidistas e ideológicas son más tenues. Las candidaturas son personales, aunque puedan recibir el apoyo de sus organizaciones. A veces son candidatos contra el deseo de la organización, como es el caso de António José Seguro, rechazado por una buena parte de los barones socialistas, que trataron de impulsar una alternativa desde dentro del partido. Seguro se apartó de la primera línea política en 2014, cuando era secretario general del PS, tras perder unas primarias contra António Costa en una guerra interna con coletazos que llegan hasta hoy. Nadie contaba con Seguro, totalmente retirado de la política, para esta carrera presidencial, que está realizando muy al margen del aparato. La mejora de sus expectativas en los últimos días está animando a antiguos dirigentes como el exlíder Pedro Nuno Santos a mostrarle su apoyo.
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