Es más fácil derrocar a un tirano que gobernar un país descabezado
Tras la invasión de Irak de 2003, el mundo tenía un dictador menos, pero era más inseguro. En Venezuela, ni siquiera ha cambiado el régimen


Si alguien tuvo dudas sobre los auténticos motivos de la invasión de Irak de 2003 se disiparon cuando los saqueadores estaban arrasando Bagdad y llevándose piezas milenarias del museo arqueológico de la capital iraquí, mientras las tropas estadounidenses blindaban el Ministerio de Petróleo, el único edificio oficial que no resultó tocado y del que no salió un papel. La desastrosa e ilegal invasión capitaneada por Estados Unidos, con el apoyo militar de Reino Unido y moral de la España de José María Aznar, demostró que es mucho más fácil derrocar a un dictador que gestionar un país descabezado.
Las diferencias entre el ataque estadounidense del sábado pasado contra Venezuela, con la captura de Nicolás Maduro por la Delta Force tras un bombardeo en Caracas, y la invasión de Irak son enormes. Pero da la impresión de que la Casa Blanca ha aprendido alguna lección del cataclismo en Oriente Próximo. La primera medida que tomó en 2003 el entonces virrey de Irak Paul Bremer, un tipo que se paseaba por Bagdad con traje y botas militares mientras jugaba a construir un país que no entendía, fue disolver el Ejército y el partido Baaz de Sadam Husein. Un país profundamente dividido entre una minoría gobernante suní y una mayoría chií sometida quedó en la anarquía total y acabó en una guerra civil con cientos de miles de muertos.
La mayoría de los antiguos soldados del Ejército del tirano se pasaron a la resistencia y la invasión se convirtió en un infierno para los soldados de Estados Unidos, Reino Unido y también España. En las primeras semanas sin Sadam, la sensación de que no había nadie al cargo en ningún lado cristalizó en los inmensos atascos que bloqueaban permanentemente Bagdad: no funcionaban ni los semáforos. De aquella anarquía surgió el Estado Islámico y una desestabilización que se prolonga hasta hoy. Irak es un Estado extremadamente complejo, tanto por lo menos como Venezuela, un país con 28 millones de habitantes y una extensión que dobla a la de España.

La decisión de mantener en el poder el chavismo, con Delcy Rodríguez al frente, alguien que controla los resortes del poder, sobre todo las fuerzas armadas, seguramente sea una lección aprendida en Bagdad, de los errores de aquellos halcones de la Administración Bush que, comparados con los actuales, parecen demócratas convencidos.
La traición a Edmundo González y María Corina Machado, los ganadores legítimos de las elecciones que robó Nicolás Maduro, responde a la misma lógica que llevó a proteger el Ministerio de Petróleo mientras se saqueaba uno de los museos arqueológicos más importantes del mundo —uno de los grandes clásicos de la arqueología se llama La historia empieza en Sumer, de Samuel-Noah Kramer, y una parte de esa historia se perdió en aquellos días infaustos—. La sensación de libertad tras la caída de Sadam Husein, un tirano genocida que no dudó en gasear a su propio pueblo, desapareció rápidamente, al igual que ocurrió en Libia con Muamar El Gadafi.
Forzar a bombazos un cambio de régimen no solo va contra la legalidad internacional, es siempre una pésima idea. Dominique de Villepin, el exministro de Exteriores francés que simbolizó la sensatez durante el proceso que llevó a la invasión de Irak, escribió el domingo en Twitter: “Por muy detestables que sean los gobiernos derrocados, los precedentes demuestran que los cambios de régimen no conducen ni a la democracia ni a la paz, sino al caos, la guerra civil y la dictadura. Basta con fijarse en la situación de Irak o Libia”. Donald Trump está mandando al mundo al siglo XIX, cuando no existía ningún orden internacional y los países poderosos se creían con derecho a tomar aquello que les interesase. La única lección que parece haber aprendido Estados Unidos de aquella nefasta invasión ha sido pragmática. Irak en 2003 dejó un mundo con un tirano menos, pero mucho más peligroso. Algo parecido ocurre en Venezuela: esta vez el tirano no está, pero sigue su régimen.
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