Banana negra, frutilesbiana o cuál es el chiste de las frutinovelas
El éxito de un culebrón hecho con IA muestra por qué no conectaremos de forma plena con estas creaciones


“Yo haciendo series para que vos te enganches con las frutas infieles”, publica Netflix Argentina en sus redes sociales. Si pillo el chiste desde España es porque las frutinovelas son un fenómeno global que ha conquistado internet en apenas unos meses. Se trata de breves vídeos de una ficción viral producida con inteligencia artificial, de bajísima calidad y un éxito sin precedentes. Es imposible enfrentarse a la primera dosis de frutas infieles sin sonreír. Lo difícil es saber, dentro del chiste, si los humanos nos reímos de este producto de la IA o si es la IA quien se ha empezado a reír de nosotros.
El contenido es humorístico y combina la estética de la telenovela con personajes antropomorfos —frutas con rasgos humanos— muy sexualizados. Aunque se trate de frutas, presentan proporciones corporales idealizadas, como cinturas estrechas, caderas pronunciadas y pectorales marcados en ambos géneros, todo ello acompañado de un guion melodramático incongruente que refuerza la comicidad. El primer visionado despierta, como todos los productos sintéticos, una mezcla de deslumbramiento y extrañeza. Todo lo que ves te asombra, pero nada de lo que ves te importa. Es un contenido condenado a ser trivial, porque la mirada del espectador parte de la corteza más epidérmica de la mente, el único lugar desde el que estamos dispuestos a relacionarnos con una ficción hecha con IA. Después de años de prensa especializada y gurús prediciendo lo que la IA podría llegar a hacer en el terreno de la creación artística y su terrible amenaza para los humildes artesanos humanos (juntaletras, realizadores, actores…), resulta que las frutinovelas han llegado para señalar el cuerpo desnudo de la IA. Ellas son la prueba no tanto de lo que esta tecnología puede hacer, sino del tipo de atención que los humanos estamos dispuestos a prestarle. Banana Negra, Frutilesbiana y la señora Limón Limoné me han enseñado que la discusión no es lo que puede crear la IA, sino cómo vamos nosotros, los humanos, a relacionarnos con estas creaciones.
La mirada humana está envuelta en capas de complejidad, de memoria, de experiencia, de imaginación, de afectos y de profundidad. Ahora bien, nuestra mirada es selectiva. No miramos igual las Meninas de Velázquez en el Prado que una copia perfecta en la pared de un restaurante. No porque seamos siempre capaces de distinguir lo verdadero de lo falso, sino porque el aura del objeto artístico, su verdad y su humanidad, son lo que dispara en nosotros una atención comprometida y profunda. Esto lo explicó muy bien Walter Benjamin en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, pero las frutinovelas encarnan, de manera inesperada y con mayor difusión, su misma tesis. Lo humano solo se relaciona afectivamente con aquello que considera humano, es decir, con aquello que está cargado de memoria y sensibilidad. La ficción de la IA puede llegar hasta la parodia, el juego, el salseo, pero nunca tendrá una relación de conciencia a conciencia, porque simplemente la humanidad no le ha adjudicado ese privilegio. Eso no significa que sea inocua. La trivialidad puede disfrutarse ocasionalmente, pero abusar de ella es, en el fondo, como someter el alma a una dieta de ultraprocesados, por mucho que el producto se disfrace de saludable fruta.
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