Lo bueno de cumplir años es que aprendes a desdramatizar
Cuando llegamos a cierta edad, aprendemos a mirar nuestras vidas con distancia y con ironía, y esto funciona como una vacuna contra la arrogancia y los delirios de grandeza. Lo explica la filósofa suiza Barbara Bleisch en ‘En medio de la vida’, un libro en el reivindica la lucidez de la madurez y del que ‘Ideas’ publica un adelanto

Cuando contemplo el paisaje de mi vida hasta ahora, mi mirada recorre regiones de lo más diversas. Junto a bosques con abundantes claros se extienden pantanos profundos, suaves colinas que se alzan sobre extensos prados y laderas pedregosas que se alternan con caminos pavimentados. Desde la meseta de la mediana edad es más fácil reconocer por dónde discurren las áreas fronterizas y qué paisajes están delimitados por nítidos contornos; dónde se rompió abruptamente una amistad y dónde se bifurcó un camino... Vistos desde lejos, los periodos que vivimos en su momento como hondos abismos se asemejan hoy más bien a pequeños desfiladeros, y, a vista de pájaro, aquellos tiempos complicados que parecían no tener fin son ahora una breve ruta a través de unos matorrales que, un poco más adelante, desembocará en un precioso paisaje.
En años anteriores rara vez se nos ha concedido una altura tan diáfana en el pensamiento y en el sentimiento. Lo que ocurre, sencillamente, es que se necesita material de vida ya vivida para poder distanciarse de ella. Y solo podrá tomar esta distancia quien se haya separado un poco de los acontecimientos anteriores y haya conocido la experiencia del pasado, quien sabe que todo pasa, incluso la peor de las deshonras, el enfrentamiento más doloroso, pero también las victorias conquistadas y los momentos felices. No podemos aferrarnos a nada, lo cual unas veces nos alivia y otras nos entristece, pero siempre, en cualquier caso, le quita algo de gravedad a la vida y a nuestros afanes. Porque desde la distancia es posible reconocerlo: por mucho que un asunto se exacerbe, los días y los años transcurren, y al final muchas cosas acaban resultando bastante menos dramáticas de lo que parecían al principio. Por eso, una experiencia característica de la mediana edad es, básicamente, y como ya hemos visto, la desdramatización.
Cuidar esta toma de distancia y dejar que sea ella quien lleve las riendas —siempre de manera proporcionada con respecto a la situación— es la virtud o el arte de la ironía. Por ironía se suele entender una figura retórica que expresa un contenido a través de un discurso que aparentemente quiere dar a entender lo contrario. Sócrates dominaba de forma magistral este recurso. De hecho, ante aquellas personas que creían saberlo todo se mostraba no como un maestro, sino como un ingenuo, como un ignorante que tenía la manía de preguntar una y otra vez hasta que sus interlocutores se daban cuenta de que, en realidad, sus certezas no eran más que humo. En cambio, entender la ironía como un arte o como una actitud propia de la mitad de la vida significa concederse a sí mismo un espacio suficiente como para contemplar lo ocurrido desde la distancia apropiada, pero sin ridiculizar jamás el pasado ni despreciarlo cínicamente. Esa forma de la ironía permite a los propios pensamientos y sentimientos “tomar aire”, como lo formuló el filósofo Vladimir Jankélévitch. Quien puede tomar aire no se deja ahogar por la vida, sino que crea un espacio a través de la respiración, un espacio que a muchos les aporta un gran consuelo.
En la mediana edad hemos podido vivir suficientes experiencias como para saber ya que rara vez las cosas son como las pensamos y que incluso las certezas más sólidas pueden venirse abajo. La ironía —entendida como una capacidad para adivinar el abismo que existe entre la pretensión de saber y la parte del contenido de ese saber que realmente tiene validez— inmuniza contra los delirios de grandeza y la arrogancia. Jankélévitch escribe: “La ironía consiste en saber que las islas no son continentes ni los mares, océanos; el marinero que cierto día regresa a su punto de partida descubre que la Tierra es [...] una sencilla esfera”. Tomamos distancia de un “vocabulario definitivo”, en palabras del filósofo Richard Rorty, porque hemos conocido otros vocabularios que también nos han impresionado: otras maneras de hablar acerca de la culpa, la esperanza, el halago, la desesperación y la muerte, y de lidiar con ellas. Yo no creo que todos los temas puedan reclamar la misma validez dentro de mi vocabulario, pero admito que puedo equivocarme y empezar a ver muchas cosas de una manera diferente, y eso forma parte de la ironía que en la mediana edad podemos cultivar mejor que nunca. Una posición como esta se acerca a la que ilustró en forma de parábola el escritor David Foster Wallace en el texto titulado Esto es agua, que se convertiría en su célebre discurso de despedida: “Había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez mayor que nadaba en dirección contraria; el pez mayor los saludó con la cabeza y les dijo: “Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?”. Los dos peces jóvenes siguieron nadando un trecho, por fin uno de ellos miró al otro y le dijo: “¿Qué demonios es el agua?”. Con aquel discurso, Foster Wallace quería dejar patente que “las realidades más obvias, ubicuas e importantes son a menudo las que más cuesta ver y las que más cuesta explicar”. Todos nosotros tenemos “patrones de creencias”, como él mismo los llama, es decir, certezas que damos por sentado sin cuestionar. No solo el agua en la que nadan los dos peces o el aire que respiramos, sino también sentencias internas y prejuicios de toda la vida de los que casi nunca somos conscientes, pese a que constantemente nos regimos por ellos.
La explicación que nos damos acerca de nuestra percepción se apoya con demasiada frecuencia en la errónea convicción de que somos el centro del universo, la medida de todo lo que sucede en este mundo. Nuestra “configuración por defecto” — desde la que solemos observar al resto de las personas y lo que hay a nuestro alrededor— es el egocentrismo. Y este estrechamiento conduce inevitablemente a una percepción muy limitada de todo lo que acontece. No obstante, nadie está aleatoriamente a merced de su “patrón de creencias”, en palabras de Foster Wallace. Porque cuando nos damos cuenta de que nuestra perspectiva no es en modo alguno la única ni tampoco es objetiva, tenemos la posibilidad de empezar a lidiar con ella de una forma lúdica, procurando influir en dónde ponemos nuestra atención y en qué idea nos hacemos de las cosas que nos rodean. De ese modo podemos esforzarnos por tomarnos en serio otras perspectivas y por examinarlas.
A los jóvenes les suele resultar difícil esta ruptura irónica. La mayoría de ellos quieren ir a por todas, obrar sin hacer concesiones, y, en su fuero interno, están convencidos de su propia importancia. Es cierto que diferenciarse de los demás y configurar valiente y libremente una vida propia es una tarea imposible si constantemente se cuestionan los propios principios y no se defiende con suficiente fervor lo que se opina, espera y anhela. La ironía, como el arte y el humor, solo tiene cabida “allí donde cede la urgencia vital”, es decir, en aquellos momentos en los que no nos encontramos en pleno torbellino de la vida, sino cuando ya hemos ganado algo de distancia con respecto a los problemas que padecimos en una determinada época. La actitud irónica puede proporcionarnos alegría y ayudarnos a ser más juguetones e incluso también más valientes. Precisamente cuando no nos tomamos de una manera tan dramática a nosotros mismos y ganamos algo de distancia podemos observar con asombro el espectáculo de la vida y disfrutar de él. Lo más probable es que no dejemos huella en el universo, pero tenemos que aprovechar al máximo nuestra pequeña vida y saborearla hasta en sus aspectos más ocultos...
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