Mona Chollet, ensayista: “A las mujeres se nos valora por nuestra capacidad de borrarnos”
A la autora francosuiza le interesa cuando la intimidad se vuelve política. En su nueva obra analiza el origen social de la culpa, que se ensaña, dice, con mujeres y minorías


La escritora francosuiza Mona Chollet (Ginebra, 52 años) lleva años explorando el punto en que la intimidad se vuelve política. Tras trabajar durante cerca de dos décadas como editora en Le Monde Diplomatique, desarrolló su faceta de ensayista. En libros como En casa (Hekht Libros, 2017), Brujas (Ediciones B, 2019) o Reinventar el amor (Paidós, 2022), ha analizado cómo los mandatos sociales se incrustan en el cuerpo, el deseo, la pareja o el espacio doméstico. En su nuevo ensayo, Contra la culpabilización (Paidós), se adentra en esa voz interior que rebaja, sermonea y descalifica, y que suele sonar con más fuerza en quienes ocupan posiciones de subordinación social, como mujeres, minorías y también niños. La entrevista tuvo lugar la semana pasada en un salón de té de su barrio, cerca de la Bastilla, en París.
Pregunta. En el libro parte de esa voz interior que nos insulta y desautoriza. ¿Cuándo entendió que no era un problema individual, sino colectivo?
Respuesta. Durante años, esa voz me pareció normal. Estaba ahí, pero tardé en reconocerla como algo anómalo, incluso patológico. Escuchar hablar de lo mismo me hizo comprender que no estaba sola, apenas se había escrito sobre ello. No es espíritu crítico ni exigencia, sino puro sabotaje. Cuando me separé, hace unos años, me di cuenta de hasta qué punto me trataba mal. Hasta entonces había vivido en una relación protectora que amortiguaba la violencia interior. Hay que identificar esa voz y restarle poder.
P. ¿De dónde sale la voz culpabilizadora?
R. De varias fuentes. En el caso de las mujeres, y también de otros grupos dominados, minorías raciales y sexuales, nace de la interiorización del rechazo, del desprecio. Aunque una se resista, vivir en una sociedad patriarcal acaba dejando una visión severa y devaluada de una misma.
P. ¿Los varones heterosexuales no sienten culpa?
R. Me consta que también se reconocen en ese sentimiento, pero sospecho que lo viven con menor fuerza.
P. Una de las partes más sugerentes es la dedicada a la infancia, una etapa que no solemos relacionar de entrada con la culpa.
R. No tengo hijos ni he querido tenerlos, pero inevitablemente volví a mi propia infancia y me descubrí sintiéndome siempre culpable. Tengo una madre católica y un padre protestante, he vivido la culpabilización en estéreo. En la tradición cristiana, ha pesado muchísimo la idea de que el niño nace siendo malo y de que hay que convertirlo en un ser civilizado. Ese postulado ha dejado huella en todos nosotros.
P. Define el cristianismo como “la religión de la ansiedad”. ¿Ha sido más culpabilizador que las otras religiones monoteístas?
R. Esa fue la tesis del historiador Jean Delumeau, autor de El miedo en Occidente. El cristianismo desarrolló la amenaza del infierno. San Agustín fue decisivo en la fijación del pecado original como dogma. Durante siglos se inculcó la idea de que incluso un mal pensamiento podía condenarte. Parte de la Iglesia practicó pedagogía del terror.
P. Cuestiona el llamado “síndrome de la impostora” en el mundo laboral.
R. Es una reacción lógica a entornos hostiles o construidos históricamente sin nosotras, que no cambiaron hasta hace muy pocas décadas. No es tarea de las mujeres corregir solas ese malestar, ni sentirse responsables de sentirse mal en él. Es el mundo del trabajo el que debe transformarse.
P. Señala que muchas mujeres entran en la conversación pidiendo perdón de antemano: “No soy una experta, pero…”, “No sé si tiene sentido lo que voy a decir, pero…”.
R. Es otra traducción de ese sentimiento de ilegitimidad. Muchas mujeres acaban pidiendo perdón por existir. En el trabajo, en el espacio público, en la conversación: están educadas para no ocupar espacio, no molestar, no llamar la atención. A nosotras se nos valora por nuestra capacidad de borrarnos. Por eso, cuando tenemos que afirmarnos, a menudo nos sentimos fuera de lugar.
P. Escribe que, cuando eso sucede, enseguida aparecen las etiquetas: “Antipática. Enfadada. Arrogante. Un pendón”.
R. El juicio social es veloz. Si nos disculpamos demasiado, irritamos. Si parecemos seguras de nosotras mismas, también.
P. Un caso muy extremo es el de las víctimas de violencia sexual: se sienten culpables después de una agresión, aun sabiendo que no lo son. ¿Cómo explica esa paradoja?
R. Después de una agresión, se les hacen preguntas que desplazan la culpa, de manera más o menos sutil, hacia ellas: qué bebieron aquella noche, por qué fueron solas por la calle, cómo iban vestidas. Muy pronto se exonera a los demás y la víctima queda sola con la carga de explicarse lo ocurrido.
P. Basta con que una mujer no encaje en la imagen de “buena víctima” para que reaparezca la sospecha. Casi una década después del MeToo, ¿qué ha cambiado?
R. A menudo se dice que el MeToo ha ido demasiado lejos, cuando en realidad no ha ido lo bastante lejos. La justicia sigue siendo un lugar de revictimización. Muchas mujeres renuncian a denunciar, porque saben que el proceso puede convertirse en un segundo trauma. Haga lo que haga la víctima, nunca parece reaccionar de la manera correcta. Si llora, es una histérica que no se sabe contener. Si no llora, será que miente.
P. ¿Cómo analiza el retorno de un imaginario virilista entre muchos líderes de extrema derecha?
R. Resulta lamentable y preocupante que el MeToo haya desencadenado una reacción tan violenta y haya contribuido al auge de las ideas de extrema derecha. Pero forma parte de esa inmensa ola reaccionaria que es, a la vez, colonialista, masculinista, racista, homófoba y tránsfoba. Yo lo veo como un último coletazo del sistema en el que vivimos.
P. ¿Por qué la maternidad sigue siendo un foco de culpa?
R. Desde el nacimiento del bebé, se señala a las mujeres como responsables de un ser completamente dependiente. A la vez, la maternidad tiende a relegarlas y a colocarlas en una posición de fragilidad. Hay una estructura social, sobre todo en las parejas heterosexuales, que refuerza un fuerte desequilibrio de poder. Muchas feministas lo pasan mal, las coloca en un lugar al que siempre se habían opuesto. Además, las injerencias son constantes: se instala en ellas una inseguridad permanente.
P. También aborda la cultura del sobreesfuerzo y la dificultad de descansar sin culpa. ¿De dónde sale esa condena del ocio?
R. Viene, en parte, de la vieja ética del trabajo que Max Weber analizó en La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Con el tiempo, esa lógica se convirtió en una exigencia de rendimiento permanente: aprovechar cada minuto, producir sin parar, ser siempre eficaces. Fenómenos como la miracle morning o “mañana milagrosa”, esa idea de levantarse a las cinco para ganar horas de productividad, son una herencia directa de esa ética. Y, sin embargo, es absurdo: no se puede trabajar ni crear sin pensar, sin detenerse y sin descansar.
P. Los temas de sus libros son muy distintos, del culto a la belleza a la obsesión por la vida en el hogar. ¿Qué hilo los une?
R. Parten de una incomodidad íntima que acaba revelándose política. Sentir que esas preguntas íntimas conectan con una inquietud colectiva me impulsa a escribir. A veces digo, con un ápice de provocación, que hago autoayuda con cariz político.
P. Desde Reinventar el amor, ¿ha observado avances en la manera de pensar y de vivir las relaciones sentimentales?
R. Es difícil decirlo. Los numerosos libros que cuestionan las relaciones heterosexuales están llevando a sus lectoras a reflexionar mucho sobre ello. Pero no veo algo similar en los hombres. Un joven me contó que tiene un club de lectura con amigos y que, al proponer Reinventar el amor, protestaron diciendo que no era para ellos. A veces me dicen, no sé si en broma, que los heterosexuales me leen solo para ligar: les permite hacerse pasar por hombres deconstruidos.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.




























































