Los “abandonaperros” de Dubái o el “exterminio responsable”
Muchos inmigrantes acomodados que decidieron irse a vivir a Dubái ahora, con la guerra, regresan a sus países, pero sin sus mascotas

Circulan estos días en redes sociales imágenes de perros y gatos abandonados en las calles de Dubái. Sus dueños los dejan porque quieren huir de la guerra y es complicado volar con ellos. Además, el paso a Omán prohíbe el ingreso con animales y los peludos a los que cuidaron como perrijos son ahora un lastre. Quienes los abandonan son propietarios con recursos que, en muchos casos, y según denuncian veterinarios locales, intentan sacrificar a sus mascotas sanas. Solo cuando no han podido matarlas en su doméstica solución final deciden atarlas a un poste de la luz o encerrarlas en la terraza de sus urbanizaciones de lujo y huir. No es un abandono desesperado entre el caos de la guerra, sino una profiláctica y despiadada solución para matar a un miembro de su familia. Lo más aterrador es que a sus propietarios les parecerá, estoy segura, un exterminio responsable. Después de todo, están dispuestos a pagar lo que sea necesario por sus seres queridos. Incluso para aniquilarlos.
¿Qué buscaban los dueños de estos animales cuando eligieron irse a vivir a un país autoritario, sin partidos políticos, con durísimas restricciones a la libertad de expresión? Dinero. ¿Y cuáles eran sus ideales, cuál su ideología, qué clase de cultura política tenían? Dinero. Por eso pensaron que las graves violaciones a los derechos humanos que tienen lugar en Emiratos no los afectarían. Que las detenciones arbitrarias, el trato cruel e inhumano a mujeres y personas del colectivo LGTBIQ+ no les alcanzaría, que la supresión de la libertad de expresión o la violación del derecho a la privacidad no iba con ellos. Los abandonaperros de Dubái son la clase de gente que va a lo suyo, sin hacer daño a nadie.
Los abandonaperros no son monstruos, al contrario, estoy segura de que se consideraban buenas personas, convencidas de que elegir una autocracia tribal en defensa de sus propios intereses sería inocuo para su moral. Pero unos meses o años después se han descubierto a sí mismos intentando matar al animal con quien compartieron sofá, paseos y afecto. Podían y debían haberse llevado a sus mascotas consigo o haberse quedado a cuidarlas, esa era su responsabilidad. Igual que pudieron elegir ganarse la vida en una democracia pero eligieron el dinero salvaje del autoritarismo más atroz. Y por eso, porque tenían dinero y creían en él, pudieron llegar a pensar en que lo mejor para los suyos era una muerte bien pagada, una con todas las garantías, indolora, esa clase que es “lo mejor para todos”. No vayan a pensar que son personas sin corazón. Al contrario, son gente generosa, que pagó caro el precio de sus mascotas y por las que siguen estando dispuestos a pagar tantísimo. Para quien ama el dinero, pagar es una forma de amor. Cuanto más cara sea el sacrificio, más afectuosa, mayor orgullo para el dueño.
La democracia contemporánea ha generado un tipo de sujeto político que se vende exclusivamente por dinero. Un sujeto que no tiene patria, ni vínculos, ni vocación, ni ideología. El dinero se ha convertido en el sujeto. Los sociólogos temen que la IA decida por nosotros en el futuro, sin darse cuenta de que el dinero toma ya las decisiones. El dinero piensa, el dinero actúa, el dinero mata. Lo llaman ideología de ultraderecha pero es un eufemismo: es la ideología de los mataperros, los mataniños, los matahumanos.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.




























































