Imposible escribir una novela de amor con esta guerra
En tiempos de caos y ataques bélicos, trabajar en nuestros proyectos puede parecer una labor innecesaria, pero es nuestra mejor defensa

No sé si tiene sentido hablar de los propósitos personales en medio de un conflicto como este. No sé de qué tiene sentido hablar. Tal vez solo de las víctimas, que son números si son iraníes y madres y soldados con historias personales cuando son estadounidenses. No sé de qué tiene sentido hablar porque la guerra distorsiona y destruye nuestra capacidad de simbolizar el mundo, es decir, desdibuja la forma en que lo entendemos. Yo, por ejemplo, estaba escribiendo una novela de amor, tenía mis notas, mis cuadernos, mis desvelos. Pero ya no puedo, ¿cómo hacerlo? Tal vez sea imposible escribir o pensar o ir al trabajo en medio de una guerra como la que ha planteado Estados Unidos: ilegal, impredecible y narcisista.
Si habitamos un mundo donde cualquier ideología frenética puede acabar con todo lo que amamos, se vuelve imposible proyectarnos en él. Porque al no tener sentido el conflicto propio, ¿qué podría tenerlo? Yo intentaba escribir una historia de amor. Un joven se preparaba para los exámenes finales, otra estudiaba sus rigurosas ocho horas de oposición, una pareja buscaba un sofá. Pero ¿ahora qué? ¿Cómo seguimos con los días y las vidas? ¿Qué podemos decirnos a nosotros mismos? No podemos decirnos nada porque la guerra restringe el ámbito lingüístico de la comunicación. No nos decimos nada y, al mismo tiempo, no podemos hablar de otra cosa. La guerra es un sistema de agitación y propaganda de sí misma y de sus propios valores. Y es una propaganda tan perfecta que consume todas las energías del lenguaje. Aquí estoy yo escribiendo de la guerra y no de mis amantes. Se llamaban Izaro y Cruz. ¿Qué será ahora de ellos?
Ahora no es el momento de la escritura sino el de la simplificación de la realidad, es el momento en el que toda la complejidad de las relaciones humanas queda reducida a la composición de los bandos enfrentados. La guerra reduce la visión del mundo a un binarismo de opuestos asesinos. Es un desastre intelectual, además de social y emocional. Pero aceptarlo es dar la razón a los egomaniacos que provocan esta guerra, pues su vocación es la de destruir el sentido de todo. El sentido ha de caer para que la guerra escale. Por eso, tal vez, debamos defenderlo.
Porque otra consecuencia directa de la guerra es la defensa, la necesidad repentina de seguridad. Todos sentimos la necesidad de protegernos, de estar a salvo, de garantizar lo nuestro. La solidaridad entra en cuestión con el conflicto. Y, sin embargo, la única defensa posible es la solidaria. Esa y la defensa decidida de lo humano y lo complejo. A lo mejor defendernos es ir pacíficamente al trabajo, escribir torpemente la novela, congelar los restos de la cena para otro día, seguir creyendo en futuro, no renunciar al sentido.
No sé qué será de mis amantes. Thomas Mann terminó La montaña mágica con Hans Castorp en el campo de batalla, marchando con otros soldados bajo el fuego. La conflagración interrumpió la vida en todos sus términos. Hasta la novela infinita se tuvo que acabar. Pero no sé. Tal vez tenga sentido sostener la escritura. Tal vez tenga valor sostener el sentido de nuestras vidas minúsculas. No caer en el discurso del caos de los egomaniacos y seguir creyendo, con la esperanza entre los dientes (que diría John Berger), en el valor de las palabras.
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